A 36 meses del quiebre del cerco colonial en Gaza, la barbarie desatada por el Estado sionista deja al descubierto la función del militarismo imperialista como garante de la acumulación de capital y la reconfiguración geopolítica en el Oriente Medio.
Por Equipo El Despertar
Transcurridos tres años desde los acontecimientos del 7 de octubre de 2023, la conmemoración de esta fecha hito en la historia contemporánea se halla enmarcada por el despliegue del exterminio más sistemático de lo que va de siglo XXI. Frente al relato hegemónico difundido por las cadenas corporativas de noticias, que insiste en abstraer el conflicto de su matriz histórica para rotularlo bajo el cliché metafísico de «un acto de terrorismo injustificado», la perspectiva crítica de la economía política y el antiimperialismo marxista entiende esta coyuntura como la respuesta inevitable de un pueblo sujeto a décadas de despojo territorial, apartheid y encarcelamiento a cielo abierto bajo la violencia estructural del colonialismo de poblamiento.
La intensificación del genocidio contra el pueblo palestino —perpetrada por la maquinaria bélica del Estado de Israel con el financiamiento y soporte logístico irrestricto de los Estados Unidos y la Unión Europea— ha dejado al descubierto las contradicciones de fondo del sistema imperialista mundial. Como señalaron diversas organizaciones de la resistencia y movimientos sociales de la región en sus pronunciamientos conmemorativos, «el 7 de octubre no constituyó un punto de partida, sino la ruptura dialéctica de un cerco colonial diseñado para invisibilizar la liquidación progresiva de la nación palestina». Esta afirmación desmantela la pretensión del bloque occidental de encubrir la violencia del opresor para criminalizar de manera exclusiva la autodefensa de los oprimidos.
Lejos de tratarse de una disputa estrictamente religiosa o étnica, la agresión perpetrada sobre Gaza y la expansión del conflicto hacia la región responden a determinantes económicos de primer orden. La franja de Gaza y sus costas albergan codiciados yacimientos de gas natural, mientras que la proyección geopolítica imperialista busca consolidar rutas comerciales de circulación de mercancías que aseguren la hegemonía del capital angloamericano frente al ascenso de bloques rivales. En este esquema, el Estado de Israel funciona como un enclave militarizado de vanguardia, un bastión cuya tarea es disciplinar a las poblaciones de la periferia y salvaguardar los intereses de las transnacionales armamentísticas y energéticas.
A tres años de iniciado este ciclo de confrontación, la movilización global de la clase trabajadora y la juventud en los centros metropolíticos demuestra que la causa palestina se ha transformado en el catalizador de la lucha contra el orden imperial. La exigencia de embargo de armas, el boicot al capital sionista y la denuncia del cinismo de las instituciones del derecho burgués internacional confirman que la liberación de Palestina no se obtendrá en las cancillerías de la diplomacia diplomático-imperial, sino mediante la solidaridad de clase e internacionalista y el desmontaje de la maquinaria bélica del capital.
