Lenin no escribió ¿Qué hacer? para justificar la política de alianzas. Lo escribió para impugnar el espontaneísmo y el economicismo, para argumentar que la conciencia de clase no emerge automáticamente de las condiciones materiales de explotación, sino que requiere un trabajo político deliberado, una organización que lleve la perspectiva socialista a las luchas que de otro modo permanecen en el terreno de las reivindicaciones inmediatas.
Por Equipo El Despertar
Hay frases dentro de la izquierda que funcionan como escudos para evitar la autocrítica. Se pronuncian para protegerse de una pregunta que incomoda, para no responderla. La “vocación de mayoría” que el Partido Comunista reivindica como rasgo histórico propio pertenece a esa categoría cuando se la invoca para justificar cada nueva ronda de alianzas con partidos y liderazgos que no comparten nuestro programa, que desconfían de nuestra clase y que, llegado el momento de gobernar, nos necesitan lo suficiente para sentarse con nosotros, pero no lo suficiente para ceder en nada sustancial. La pregunta que esa frase evita es precisamente la que más importa: ¿de qué mayoría estamos hablando, y cómo se construye?
Porque hay dos respuestas posibles a esa pregunta, y no son equivalentes. La primera es la construcción de mayorías electorales mediante la suma aritmética de partidos, liderazgos y electorados que permitan ganar una elección. La segunda es la construcción de una fuerza política propia, orgánicamente arraigada en la clase trabajadora, capaz de transformar la correlación de fuerzas desde abajo antes de que ningún resultado electoral la exprese desde arriba. La primera es más fácil, más inmediata y produce, algunas veces, resultados medibles en porcentajes de votos. La segunda es difícil, lenta, a menudo invisible para los medios y los encuestadores, y sus resultados se miden en décadas, no en ciclos electorales. Lo que el marxismo tiene para decir sobre cuál de las dos es la correcta es bastante claro. Lo que la práctica del PC chileno ha hecho con esa claridad teórica es bastante más ambiguo.
Lenin no escribió ¿Qué hacer? para justificar la política de alianzas. Lo escribió para impugnar el espontaneísmo y el economicismo, para argumentar que la conciencia de clase no emerge automáticamente de las condiciones materiales de explotación, sino que requiere un trabajo político deliberado, una organización que lleve la perspectiva socialista a las luchas que de otro modo permanecen en el terreno de las reivindicaciones inmediatas.
El partido de vanguardia que Lenin postula no es el partido que negocia con otros partidos en nombre de la clase obrera. Es el partido que está dentro de la clase obrera, que la conoce desde adentro, que tiene presencia en sus espacios de vida y de trabajo, que es capaz de vincular cada reivindicación concreta con el horizonte más amplio de la transformación del sistema. Eso es vocación de mayoría en sentido leninista: la construcción paciente y orgánica de una fuerza que eventualmente se convierte en mayoría porque representa los intereses reales de la mayoría.
La otra interpretación, la que reduce la vocación de mayoría a una aritmética electoral, puede encontrar apoyos textuales en Lenin, pero solo si se extrae de su contexto la discusión sobre tácticas parlamentarias que aparece en El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. Ahí Lenin defiende la participación en elecciones burguesas y la construcción de acuerdos con otras fuerzas políticas como tácticas subordinadas al objetivo estratégico de construcción del poder obrero. El problema no es que Lenin hable de alianzas. El problema es la jerarquía: en Lenin, las alianzas son instrumentos al servicio de la construcción de la fuerza propia, nunca sustitutos de esa construcción. Cuando la práctica invierte esa jerarquía, cuando las alianzas se convierten en el método principal de construcción política y el trabajo de masas queda subordinado o directamente abandonado porque “no hay tiempo” o “no es el momento,” lo que se está haciendo no es aplicar a Lenin sino desfigurarlo.
Rosa Luxemburgo lo pone de otra manera, más visceral y más precisa a la vez. En La huelga de masas muestra que la acción política de la clase trabajadora no es una táctica que el partido decide desde arriba y baja a las bases para su ejecución. Es una expresión orgánica del conflicto de clase que el partido debe acompañar, potenciar y ayudar a dotar de perspectiva política. La huelga de masas no se convoca: emerge. El partido que pretende representar a la clase sin estar dentro de sus luchas reales no la representa, la sustituye, y esa sustitución tiene un costo político enorme porque produce una organización que habla en nombre de la clase desde fuera de ella, que conoce sus estadísticas pero no sus urgencias cotidianas, que tiene posiciones sobre sus problemas pero no raíces en sus espacios de vida.
En Reforma o Revolución, Luxemburgo diagnosticó con treinta años de anticipación el camino que el revisionismo abriría: la acumulación de reformas parciales como sustituto de la transformación estructural, la participación institucional como fin en sí mismo, el parlamento como el horizonte máximo de la acción política. No lo describió como una opción legítima, lo describió como una deformación que conduce inevitablemente a la integración del movimiento obrero en el orden burgués que ese movimiento pretendía superar.
Lo que tanto Lenin como Luxemburgo tienen en común, por encima de sus diferencias sobre organización y espontaneidad, es el rechazo del fetichismo institucional. La participación en las instituciones del Estado burgués, en los parlamentos, en los gobiernos de coalición, en los sindicatos con dirigencia reformista, puede tener sentido táctico cuando sirve para conectar con sectores de la clase que de otro modo no alcanzaría la organización revolucionaria, para exponer ante esos sectores las insuficiencias del reformismo, para ganar influencia que fortalezca la fuerza propia. Pero cuando la participación institucional se convierte en el objetivo en lugar de en el instrumento, cuando el partido organiza toda su actividad política en función de la próxima elección y no en función de la construcción de poder popular, entonces ya no está aplicando ninguna táctica leninista sino practicando exactamente el oportunismo que Lenin combatió.
La experiencia chilena de los últimos quince años ofrece dos casos de estudio sobre este problema que difícilmente podrían ser más ilustrativos.
El primero es el período de la Nueva Mayoría, durante el segundo gobiernos de Michelle Bachelet, de participación directa del PC en el ejecutivo. El partido ingresó a ese gobierno con un programa de reformas estructurales que incluía educación gratuita y de calidad, reforma tributaria, nueva Constitución y reforma laboral. El argumento para participar en esa coalición, que incluía a la Democracia Cristiana como socio central, era exactamente el argumento de la vocación de mayoría: solos no se podía ganar, era necesario sumar para llegar al gobierno, y desde el gobierno se podría avanzar. Lo que ocurrió fue lo contrario. Cada reforma fue sometida a un proceso de negociación interna que la vaciaba antes de que llegara al Congreso, donde la volvía a vaciar la oposición de derecha. La reforma tributaria perdió recaudación y ganó exenciones. La reforma laboral mantuvo el reemplazo en huelga disfrazado bajo la figura de los servicios mínimos y no tocó la negociación ramal. La reforma educacional amplió la cobertura de la gratuidad sin transformar el carácter mercantil del sistema. La nueva Constitución no llegó siquiera a ser convocada bajo Bachelet porque la DC la bloqueó en el congreso. El PC permaneció en el gobierno durante todo ese proceso, ocupando ministerios, aportando lealtad institucional y legitimando con su presencia un período que terminó con el modelo neoliberal intacto en sus fundamentos y con el movimiento social más fragmentado y agotado que al comenzar. El resultado fue entregar el gobierno a la derecha para el segundo gobierno de Piñera.
El segundo caso es más reciente y más doloroso precisamente porque las condiciones iniciales eran mejores. El gobierno de Gabriel Boric comenzó en marzo de 2022 con el mayor mandato de transformación que Chile había otorgado en décadas: una nueva Constitución en proceso, un programa que prometía Estado de bienestar, reforma tributaria, reforma de pensiones y fin del modelo extractivista. El PC formaba parte de la coalición de gobierno como socio del Frente Amplio, con ministros en carteras relevantes y con la posición pública de ser el actor que empujaría al gobierno hacia la izquierda cuando la coalición tendiera al centro. Lo que siguió fue la demostración más costosa disponible de los límites de la participación institucional sin fuerza propia suficiente para sostener el programa.
El plebiscito de salida de septiembre de 2022, que rechazó la propuesta constitucional con el 62% de los votos, desencadenó un proceso de recentramiento sistemático del gobierno que el PC no pudo detener ni significativamente ralentizar. El giro no fue solo de comunicación política sino de sustancia programática: el gobierno redujo sus compromisos tributarios bajo presión empresarial, postergó la reforma de pensiones hasta hacerla irreconocible, cedió en materia de seguridad adoptando el marco conceptual de la derecha, y construyó una narrativa de “responsabilidad fiscal” que contradecía en los hechos las promesas de expansión del Estado que habían llevado a ese bloque al gobierno.
El PC mantuvo a sus ministros en el gabinete a través de las sucesivas crisis, acumulando la cuota de responsabilidad institucional que corresponde a quien participa en un gobierno sin poder determinar su rumbo. La pregunta que esa experiencia plantea es: ¿para qué exactamente sirve la presencia del PC en un gobierno cuyo programa se aleja progresivamente del programa del PC?
La respuesta honesta es que no sirve para nada que beneficie a la clase trabajadora. Sirve para mantener al PC en el mapa político institucional, para que sus dirigentes conserven acceso a recursos y espacios de poder, para que el partido pueda decir que “está en el gobierno” sin tener que responder por qué el gobierno no hace lo que el partido dice que habría que hacer. Es decir, sirve a los intereses de la organización como estructura, no a los intereses de la clase que esa organización dice representar. Y sirve, además, para reproducir exactamente el ciclo que describí antes: cada vez que el PC participa en un gobierno de coalición y ese gobierno renuncia al programa transformador, el partido termina el período más alejado de la clase trabajadora que al comenzarlo, porque la clase trabajadora comprueba en los hechos que el PC en el gobierno produce resultados que no se distinguen cualitativamente de los que produciría cualquier otro partido de centro-izquierda.
El problema de fondo es que la correlación de fuerzas que justifica cada nueva ronda de alianzas nunca cambia favorablemente porque no se hace el trabajo que la cambiaría. Esta es la trampa circular del oportunismo que tanto Lenin como Luxemburgo diagnosticaron: el argumento para no construir fuerza propia es siempre la correlación de fuerzas actual, pero esa correlación no cambia precisamente porque no se construye la fuerza que la cambiaría. El resultado es un movimiento que vive perpetuamente en la táctica sin estrategia, que gana elecciones sin acumular poder, que ocupa gobiernos sin transformar el Estado, que habla en nombre de la mayoría sin ser mayoría en ningún sentido que no sea el aritmético de la noche electoral.
La construcción de fuerza propia que la alternativa leninista postula no es un camino sin alianzas. Lenin nunca dijo eso y sería un error leerlo así. Pero sí es un camino en que las alianzas son consecuencia de la fuerza acumulada, no sustituto de ella. Un partido que tiene presencia orgánica en los sindicatos, en los territorios populares, en los movimientos sociales, en los espacios de educación popular, que es reconocido por la clase trabajadora como su referente político porque está en sus luchas y las acompaña con consecuencia, ese partido puede negociar alianzas desde una posición en que tiene algo propio que aportar y que perder, en que puede imponer condiciones programáticas mínimas no negociables sin que la otra parte simplemente lo reemplace por otro socio más dócil. Un partido que depende de las alianzas para existir políticamente, que no tiene presencia real en los espacios donde vive y trabaja la clase, negocia siempre desde la debilidad y obtiene siempre lo que la debilidad puede obtener: participación sin poder, presencia sin incidencia, visibilidad institucional sin capacidad de transformación.
Luxemburgo entendió este problema con particular agudeza porque lo vivió desde adentro de la socialdemocracia alemana, que en su tiempo era el partido obrero más grande y mejor organizado del mundo. Lo que vio fue que el crecimiento electoral y el éxito parlamentario de ese partido lo habían convertido en una máquina perfectamente adaptada para funcionar dentro del sistema que decía querer superar. Cuanto más exitoso era electoralmente, más dependía de no asustar a sectores de clase media que necesitaba para ganar, más suavizaba su programa, más naturalizaba las reglas del juego parlamentario, más se alejaba de las luchas reales de la clase obrera que en teoría representaba. No era una cuestión de traición individual de sus dirigentes sino de la lógica estructural que produce el fetichismo institucional: cuando el partido organiza toda su vida en función de las instituciones del Estado burgués, termina adoptando la lógica de esas instituciones como propia, porque la reproducción de la organización dentro de ese marco requiere adaptarse a sus reglas, y esa adaptación progresiva es la que Luxemburgo llamó integración al orden burgués.
El PC chileno no es la socialdemocracia alemana de 1910, pero el mecanismo es reconocible. Cada ciclo electoral reproduce la misma secuencia: se construye una alianza amplia para ganar, se gana, se entra al gobierno, se abandona el programa en la negociación con los socios, se termina el período más institucionalizado y más alejado de la clase que al comenzarlo, y se inicia el siguiente ciclo con el mismo argumento de la correlación de fuerzas que exige la misma alianza amplia. La correlación de fuerzas que exige esa alianza no cambia porque nadie hace el trabajo que la cambiaría, y nadie hace ese trabajo porque toda la energía está puesta en la próxima alianza. Es un círculo vicioso que se autoreproduce precisamente porque produce resultados medibles en el corto plazo, victorias electorales que permiten decir que la estrategia funciona, mientras el indicador que realmente importa, la fuerza propia acumulada, la densidad organizativa en la clase trabajadora, la capacidad de movilización autónoma, se deteriora silenciosamente.
¿Qué significa entonces la vocación de mayoría si se la toma en serio como proyecto político y no como coartada?
Significa exactamente lo que dice: la voluntad de convertirse en la expresión política de la mayoría social, que en Chile como en cualquier sociedad capitalista es la clase trabajadora en su sentido amplio. Pero esa conversión no ocurre mediante la suma de porcentajes electorales. Ocurre mediante el trabajo de inserción real en los espacios donde esa mayoría vive, trabaja, se organiza y lucha: los sindicatos, los territorios populares, las organizaciones de base, los movimientos sociales, los espacios de educación popular, las redes de solidaridad y cuidado comunitario. Es un trabajo que no produce titulares ni encuestas favorables. Produce algo más difícil de medir y más importante de construir: reconocimiento de clase, la percepción de que el partido está ahí cuando la clase lo necesita, no solo cuando necesita sus votos.
Un partido con esa presencia puede hacer política de alianzas sin disolverse en ellas, porque tiene algo propio que lo sostiene independientemente de los resultados electorales de cualquier ciclo. Puede entrar a un gobierno de coalición con la capacidad de imponer líneas rojas programáticas porque tiene una base social que lo respalda si decide salir cuando esas líneas son cruzadas. Puede, en suma, hacer exactamente lo que Lenin describe en El izquierdismo: usar las instituciones sin fetichizarlas, construir acuerdos sin subordinar el programa a ellos, mantener la presencia institucional como un instrumento de construcción política y no como un fin en sí mismo.
La vocación de mayoría que el partido dice tener como rasgo histórico propio solo puede ser real si se construye de esa manera. Todo lo demás es matemática electoral disfrazada de política de clase. Y la diferencia entre las dos no es solo teórica: la experiencia de los últimos quince años en Chile la hace visible con una claridad que ningún argumento abstracto podría igualar.
La pregunta entonces no es si el PC tiene vocación de mayoría. Es cuál mayoría, construida cómo y para qué. Y mientras esa pregunta no tenga una respuesta que no sea la próxima alianza con los mismos partidos que nos necesitan para ganar y nos sobran para gobernar, la respuesta honesta es que no tenemos vocación de mayoría sino vocación de participación. Son cosas muy distintas.
