La renuncia acorralada del Mandatario no responde a una “salida institucional pacífica” ni a un “gesto republicano”, sino a la huelga general y al desborde callejero de campesinos, estudiantes y obreros que hicieron ingobernable el régimen de la burguesía agroexportadora.
Por Equipo El Despertar
La abrupta dimisión del Presidente de la República del Paraguay, tras semanas de una incesante oleada de movilizaciones sociales y paralizaciones de actividades en los principales centros urbanos y rurales del país, constituye un hito de ruptura política en el Cono Sur. Desmintiendo la versión de la prensa corporativa y los aparatos diplomáticos de la región —que apuran una narrativa basada en la “transición democrática ordenada”, el “renunciamiento patriótico” o la “búsqueda de consenso entre las fuerzas políticas tradicionales”—, la lectura desde el materialismo histórico exige nombrar los hechos con precisión: el régimen de extrema derecha no cayó por convicción institucional, sino sepultado por la acción directa de la clase trabajadora y las masas campesinas empobrecidas.
La administración saliente, esa que fue definida par el Presidente de Chile, José Antonio Kast como un ejemplo a seguir, constituida como el brazo político del latifundio, el agronegocio transnacional y las fracciones más reaccionarias del capital financiero, profundizó durante su mandato un modelo de despojo brutal. La entrega irrestricta de tierras a las corporaciones del monocultivo de soya y ganadería, la exoneración tributaria a la oligarquía exportadora y la devastación de la agricultura familiar se combinaron con un endurecimiento del aparato represivo sobre el campesinado sin tierra y la juventud combativa. La retórica chauvinista y la apelación a la “mano firme” pretendieron ocultar el vaciamiento de la hacienda pública y la entrega de la soberanía a los dictados de Washington y las multilaterales, sumiendo al proletariado paraguayo en niveles insostenibles de precarización, desempleo y encarecimiento del costo de la vida.
La chispa de la rebelión, dinamizada por la convergencia entre la huelga del transporte, los bloqueos de rutas por parte del movimiento campesino y la ocupación de universidades por el estudiantado, quebró la capacidad de contención del Estado burgués. Frente al intento desesperado del oficialismo y los partidos tradicionales por desviar el malestar hacia reformas cosméticas o un recambio gerencial en el Gabinete, los sectores en lucha rechazaron los cantos de sirena de la “paz social”. Desde la dirección de la Federación Nacional Campesina y los sindicatos combativos de Asunción se afirmó con nitidez: “La renuncia del Presidente es la victoria de la calle, no un favor del Congreso ni de la oligarquía agroexportadora. El pueblo no se movilizó para cambiar un rostro en el Palacio de López mientras el 1% de los latifundistas sigue adueñándose de más del 80% de las tierras cultivables del país. La caída de este gobierno es solo el primer paso para desmantelar la impunidad de las clases dominantes”.
Desde la perspectiva de la lucha de meollos estructurales y la dialéctica de clases, el colapso del gobierno de extrema derecha en Paraguay expone los límites infranqueables del modelo neoliberal extractivista cuando choca contra el desborde popular. La burguesía paraguaya y el imperialismo intentarán ahora recomponer su hegemonía utilizando los engranajes de la democracia burguesa —preparando pactos parlamentarios y un recambio de figuras orientadas a aplacar la indignación social— para resguardar la propiedad privada de la tierra y las ganancias del gran capital. Para la vanguardia obrera y campesina, la tarea histórica exige no caer en la trampa del pacto institucional ni en el pacificador discurso de la reconciliación nacional: se trata de consolidar la autoorganización de masas, sostener el Plan de Luchas en los territorios y transformar esta derrota de la élite en un proceso revolucionario que cuestione la estructura del latifundio y dispute el poder real para las y los trabajadores.
