Goya y Gramsci vivieron separados por más de cien años, pero ambos conocieron momentos en que una promesa de racionalidad parecía perder su capacidad para ordenar el mundo. Goya habitó el tiempo de la Ilustración, de su confianza en la razón, la ciencia y el progreso, pero también contempló las guerras, las supersticiones, el absolutismo y las violencias que convivían con aquella promesa. Gramsci asistió a otra crisis: la del orden europeo que atravesó la Primera Guerra Mundial, las convulsiones sociales posteriores y el nacimiento del fascismo.
Por Jorge Coulon
En 1799 Francisco de Goya publicó Los Caprichos. Entre sus grabados había uno destinado a atravesar los siglos: un hombre duerme inclinado sobre una mesa mientras a sus espaldas emergen búhos, murciélagos y criaturas de la noche. Al pie, una frase: «El sueño de la razón produce monstruos».
Más de un siglo después, desde una cárcel fascista, Antonio Gramsci escribía acerca de otro momento poblado de criaturas inquietantes. Su frase ha llegado hasta nosotros en una versión que habla de un viejo mundo que muere, un mundo nuevo que tarda en nacer y monstruos que aparecen en el claroscuro. Gramsci, en realidad, no escribió exactamente eso. Habló de una crisis en la que lo viejo muere mientras lo nuevo no puede nacer y en cuyo interregno se producen los más variados «fenómenos morbosos».
La infidelidad de la traducción produjo, sin embargo, una fidelidad inesperada. Alguien convirtió los fenómenos morbosos de Gramsci en monstruos y, al hacerlo, acercó involuntariamente al pensador sardo al pintor aragonés.
La coincidencia merece algo más que curiosidad.
Goya y Gramsci vivieron separados por más de cien años, pero ambos conocieron momentos en que una promesa de racionalidad parecía perder su capacidad para ordenar el mundo. Goya habitó el tiempo de la Ilustración, de su confianza en la razón, la ciencia y el progreso, pero también contempló las guerras, las supersticiones, el absolutismo y las violencias que convivían con aquella promesa. Gramsci asistió a otra crisis: la del orden europeo que atravesó la Primera Guerra Mundial, las convulsiones sociales posteriores y el nacimiento del fascismo.
Los monstruos aparecen en ambos paisajes.
Hay una tentación de leer a Goya como si hablara solamente del individuo: un hombre abandona la vigilancia racional, se duerme y su inconsciente se puebla de criaturas. Pero Los Caprichos hablan persistentemente de la sociedad. Sus brujas, asnos, frailes, petimetres y viejas poseen cuerpos individuales, mientras aquello que encarnan —ignorancia, superstición, servilismo, abuso, fanatismo— circula colectivamente.
Goya representa como partículas fenómenos ondulatorios.
El monstruo tiene cuerpo. La monstruosidad, en cambio, se propaga.
Un personaje permite dibujar aquello que carece de rostro. La superstición no tiene nariz; el fanatismo no posee manos; el miedo colectivo carece de ojos. El artista debe darles un cuerpo para hacerlos visibles. Confundir después ese cuerpo con el fenómeno sería tomar la representación por aquello que representa.
Gramsci realiza, en cierto sentido, el movimiento contrario. Su interés se dirige hacia el campo. Quiere comprender las condiciones que permiten la aparición de determinados fenómenos históricos. Cuando un orden pierde la capacidad de organizar la experiencia colectiva y otro todavía no consigue establecer una nueva hegemonía, se abre el interregno.
El monstruo deja entonces de ser una explicación para convertirse en un síntoma.
Esta inversión resulta particularmente importante cuando intentamos comprender épocas de crisis. La mirada tiende a concentrarse en las partículas: el tirano, el demagogo, el fanático, el caudillo. Sus rostros concentran nuestra atención y ofrecen una explicación tranquilizadora. Si el monstruo es la causa de la monstruosidad, bastaría eliminarlo para restablecer la normalidad.
Pero ¿qué ocurre si invertimos la relación?
Quizás no sea el monstruo quien curva el campo. Quizás una determinada curvatura del campo hace posible la trayectoria del monstruo.
Los individuos importan, naturalmente. Actúan, deciden, dañan, gobiernan. Pero su aparición histórica requiere condiciones que los preceden: miedos acumulados, humillaciones, desigualdades, frustraciones, transformaciones tecnológicas, pérdida de legitimidad de las instituciones, desplazamientos culturales, nuevas formas de comunicación. Una multitud de interferencias termina modificando la geometría dentro de la cual las sociedades piensan y actúan.
Lo que ayer parecía inadmisible comienza a parecer discutible.
Después, posible.
Finalmente, razonable.
Y aquí la sentencia de Goya revela una profundidad particular. Goya no escribió que la ausencia de razón produce monstruos.
Escribió el sueño de la razón.
La diferencia es enorme.
Cuando alguien duerme, no deja de existir. El sueño es un estado posible de la vigilia. Durante él continúan actuando recuerdos, imágenes, deseos y temores, pero sus relaciones cambian. Causalidades imposibles durante la vigilia adquieren una extraña evidencia. El sueño posee incluso su propia coherencia.
Tal vez ocurra algo semejante con las sociedades.
La sinrazón no sería entonces aquello que comienza donde termina la razón.
La sinrazón es un estado de la razón.
Una sociedad puede conservar universidades, científicos, tribunales, ministerios, estadísticas, ingenieros y tecnologías extraordinariamente sofisticadas mientras cambia profundamente la forma mediante la cual organiza racionalmente su experiencia.
El monstruo moderno incluso puede ser un excelente administrador.
La historia del siglo XX obliga a abandonar cualquier identificación ingenua entre racionalidad y bondad. Las mayores barbaries pudieron utilizar burocracias eficientes, sistemas jurídicos, tecnologías avanzadas, medios de comunicación masivos y complejas organizaciones industriales. La razón instrumental podía funcionar impecablemente mientras la razón que establecía sus fines había cambiado de estado.
Aquí Goya encuentra a Gramsci y, detrás de ambos, asoma Hegel.
La sinrazón deja de ser el exterior absoluto de la razón. Aparece como una de sus posibilidades, una forma nacida dentro de sus propias contradicciones. El monstruo tampoco viene necesariamente desde afuera. Puede haber permanecido en latencia dentro del orden que después pretende destruir.
Por eso los interregnos son peligrosos.
Cuando una geometría histórica pierde gravedad, las trayectorias se vuelven inciertas. Aquello que permanecía en los márgenes puede desplazarse hacia el centro. Lo excepcional busca normalizarse. Viejas palabras adquieren nuevos sentidos y otras, que parecían enterradas, regresan al vocabulario cotidiano.
Quizás estemos viviendo uno de esos momentos.
No porque los monstruos regresen puntualmente cada cien años. La historia carece de semejante reloj. Pero nuestro tiempo exhibe síntomas de una transformación profunda del campo: instituciones que pierden autoridad, tecnologías que modifican nuestra relación con la verdad, algoritmos que fragmentan el espacio público, desigualdades persistentes, guerras que parecían pertenecer a otro tiempo, incertidumbre frente al futuro y una creciente dificultad para construir una experiencia común de la realidad.
Sería demasiado sencillo escoger algunos rostros contemporáneos y llamarlos monstruos.
Goya y Gramsci parecen pedirnos algo más difícil.
Mirar la onda antes que la partícula.
Preguntarnos qué deseos, temores, frustraciones y formas de pensamiento están circulando por nuestras sociedades; qué interferencias están modificando el campo; qué cosas que ayer resultaban impensables comienzan hoy a adquirir sentido.
Porque cuando el monstruo finalmente adquiere rostro, una parte importante del acontecimiento ya ha ocurrido.
El campo ha cambiado.
La razón ha cambiado de estado.
Quizás por eso la pregunta decisiva de nuestro tiempo no sea quiénes son nuestros monstruos.
Es otra, mucho más incómoda:
¿Qué estado de nuestra razón los está haciendo posibles?
