El Informe de Política Monetaria expone el drástico tijeretazo a las proyecciones de crecimiento del PIB, confirmando que la parálisis de la inversión estatal y la contracción de la demanda interna sacrifican la actividad productiva en el altar del ajuste fiscal patronal.
Por Equipo El Despertar
La publicación del último Informe de Política Monetaria (IPoM) por parte del Banco Central —que redujo violentamente la proyección de expansión del Producto Interno Bruto (PIB) para el año 2026 a un paupérrimo rango de entre 0,25% y 0,75%— ha sido interpretada por las usinas de propaganda del capital y los analistas de la plaza financiera como un “deterioro de las condiciones externas” o una “desaceleración cíclica imprevista”. La narrativa hegemónica intenta camuflar las cifras apelando a tecnicismos sobre la confianza empresarial, silenciando deliberadamente la causa material dominante: el severo ajuste presupuestario y el congelamiento de la inversión pública ejecutados por la administración de José Antonio Kast durante su primer semestre de gobierno.
Desde la perspectiva del materialismo histórico y la economía política, la radiografía brindada por el organismo emisor devela el fracaso del dogma monetarista e ideológico del neoliberalismo tardío. El régimen de la extrema derecha justificó la poda del gasto público bajo la promesa de que la “disciplina fiscal” y la desregulación atraerían un aluvión de capitales privados. Sin embargo, los datos del propio Banco Central confirman que la contracción del gasto público en infraestructura y obras sociales no fue compensada por la burguesía privada —la cual mantuvo postergadas sus decisiones de inversión—, provocando una caída simultánea en la Formación Bruta de Capital Fijo y un enfriamiento generalizado del consumo interno.
El repliegue del Estado como agente inversor ha tenido un impacto fulminante en la economía real, contrayendo la actividad en sectores intensivos en mano de obra como la construcción y empujando la tasa de desempleo por sobre el 9,5%. La política de austeridad no hace más que alimentar las filas del ejército industrial de reserva para abaratar la fuerza de trabajo, mientras encarece el costo de vida de la clase trabajadora mediante el desempleo y la persistencia de presiones inflacionarias. Como explicara Karl Marx al analizar la dinámica de la acumulación en El Capital: «El capitalista no invierte para satisfacer necesidades sociales ni para garantizar el pleno empleo, sino para maximizar la tasa de ganancia; cuando el Estado abandona la inversión pública en nombre del equilibrio presupuestario, contrae el mercado interno y destruye las condiciones materiales de reproducción de la fuerza de trabajo».
El veredicto técnico del IPoM expone la bancarrota del modelo que pretende subordinar el bienestar colectivo a los dictámenes de las agencias clasificadoras y las metas de ajuste fiscal. Pretender salir de la parálisis insistiendo en la desregulación ambiental y en más franquicias tributarias para los grupos económicos es profundizar la reprimarización y la vulnerabilidad del país. Para la clase trabajadora y los sectores populares, los resultados del primer semestre confirman que no hay “chorreo” posible bajo la lógica del gran capital: la reactivación real exige romper con la camisa de fuerza de la austeridad patronal y restituir la inversión estatal para poner los recursos del país al servicio de las mayorías.
