La ministra del Deporte, Natalia Duco, y su subsecretario, Andrés Otero, presentaron sus renuncias este jueves, acorralados por la evidencia de que utilizaron un vehículo fiscal para asistir a una fiesta privada con asado, karaoke y bebidas, en lugar de la “reunión de trabajo” que alegaron ante la Contraloría . La salida de la exatleta, que apenas duró cinco meses en el cargo, la convierte en la tercera ministra en dejar el gabinete de José Antonio Kast, sumando su nombre a la lista de una administración que ya ha visto caer a Trinidad Steinert y Mara Sedini. La hipocresía es monumental: la misma derecha que predica la “austeridad” y el “orden fiscal” para justificar el recorte del gasto social, que exige sacrificios a los trabajadores y desfinancia la salud y la educación, ahora se ve obligada a reconocer que sus propias filas utilizan los recursos del Estado como botín personal. La clase trabajadora asiste, una vez más, a la confirmación de una verdad incómoda: en el Chile de los patrones, la “mano dura” es para los de abajo, y la impunidad es para los de arriba.
Santiago de Chile. Lo que debía ser una anécdota menor se ha convertido en el nuevo escándalo que sacude al gobierno de José Antonio Kast. La renuncia de la ministra del Deporte, Natalia Duco, y de su subsecretario, Andrés Otero, fue confirmada este jueves por La Moneda. La causa: un video que los muestra en una celebración privada con asado, karaoke y bebidas en el sector de Lo Curro, el pasado 23 de abril . Frente a la Contraloría, la Subsecretaría del Deporte había defendido el uso del vehículo fiscal argumentando que se trataba de una “reunión de trabajo sostenida con ambos gabinetes ministeriales en el domicilio particular de una exservidora”. Pero las imágenes, que muestran a la autoridad cantando en un karaoke y rodeada de botellas, desmintieron esa versión.
La salida de Duco no es un hecho aislado. Es la tercera ministra que abandona el gabinete en menos de seis meses, tras las remociones de la exministra de Seguridad, Trinidad Steinert, y la exportavoz, Mara Sedini. La rotación de figuras, lejos de ser un síntoma de “renovación”, es el reflejo de una administración que ha priorizado el discurso de la “mano dura” y la “austeridad” para disciplinar a los de abajo, mientras sus propias filas se sirven del erario con total impunidad.
La hipocresía del “orden fiscal”
La paradoja de este escándalo es la misma que atraviesa todo el gobierno de Kast: la derecha chilensis predica la austeridad para los trabajadores, pero se aplica una vara distinta cuando se trata de los suyos. La misma administración que encontró tiempo y recursos para aprobar una megareforma que transfiere 4.000 millones de dólares anuales desde el Estado hacia las grandes empresas, que recortó la gratuidad universitaria y desfinanció la salud pública, que anunció un ajuste fiscal de 6.000 millones de dólares y que recortó 125 mil millones de pesos a los municipios, ahora se ve obligada a reconocer que sus propias autoridades utilizan los recursos del Estado para asistir a fiestas privadas.
La defensa inicial del gobierno, que intentó calificar la celebración como una “reunión de trabajo”, es una muestra de la doble moral que guía al Ejecutivo. Mientras los trabajadores son sometidos a un régimen de precarización y ajuste, los ministros y subsecretarios se desplazan en vehículos fiscales para asistir a asados con karaoke. La Contraloría, que ha sido utilizada como un instrumento de persecución política contra los funcionarios de base y los dirigentes sociales, ahora investiga a una ministra por el mal uso de un auto fiscal. La ironía es brutal: la misma institución que persigue a los pobladores por una toma de terreno y a los trabajadores de la salud por una licencia médica, ahora se enfrenta a un caso de corrupción que, en cualquier otro contexto, habría sido minimizado por el propio gobierno.
La función de clase del escándalo
Desde una perspectiva marxista, el caso de Natalia Duco no es una anomalía, sino la expresión de la lógica de clase que gobierna el Estado chileno. El capitalismo chileno necesita un discurso de “austeridad” y “orden fiscal” para justificar el saqueo de los recursos públicos y su transferencia hacia los grupos económicos. La “mano dura” contra la corrupción es una herramienta para disciplinar a los de abajo, no para perseguir a los de arriba. Cuando un ministro o una ministra es sorprendido en una falta, el sistema se moviliza para protegerlo, y la renuncia se convierte en una solución de compromiso que permite salvar las apariencias sin afectar realmente el poder de la clase dominante.
La renuncia de Duco no es una derrota para la derecha; es una operación de contención de daños. La exministra, que llegó al cargo con una aprobación de apenas el 30% según la encuesta Cadem, era un lastre para la imagen del gobierno [8†L26-L28]. Su salida permite a Kast deshacerse de un problema sin tener que enfrentar las consecuencias políticas de su propia incompetencia. Pero la clase trabajadora no debe dejarse engañar: la renuncia de Duco no es un triunfo de la transparencia, sino una confesión de que el gobierno de Kast no tiene ningún problema en utilizar los recursos del Estado para beneficio de sus propias filas, mientras exige sacrificios a los de abajo.
El costo de la farsa
El escándalo de Duco no es un hecho aislado; es la continuación de una larga lista de casos de corrupción y mal uso de recursos públicos que han salpicado al gobierno de Kast. La diferencia es que, en este caso, la evidencia era tan abrumadora que el gobierno no pudo seguir ocultándola. El video del karaoke, que muestra a la ministra y a su equipo en una celebración privada, es la prueba de que la “austeridad” que predica la derecha es solo un discurso para los trabajadores.
Mientras los municipios populares ven reducidos sus recursos, mientras los estudiantes pierden la gratuidad, mientras los adultos mayores esperan en las listas de espera de la salud pública, los ministros y subsecretarios del gobierno de Kast se desplazan en vehículos fiscales para asistir a fiestas con asado y karaoke. La clase trabajadora paga el costo de esta farsa con sus impuestos, con sus derechos recortados y con su dignidad. La renuncia de Duco no es el fin del problema; es su continuación. Mientras el Estado siga siendo un botín para las élites, la corrupción seguirá siendo la regla, no la excepción.
