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Editorial / Mientras haya un desaparecido, la humanidad seguirá incompleta

Ago 30, 2026

“La desaparición forzada no termina cuando se secuestra a una persona. Comienza allí una violencia infinita que se prolonga sobre su familia, sobre su comunidad y sobre la memoria de un pueblo.”

Por Editor El Despertar

Cada 30 de agosto, el mundo conmemora el Día Internacional de las Víctimas de las Desapariciones Forzadas. No es una efeméride más en el calendario de las Naciones Unidas. Es un recordatorio de uno de los crímenes más atroces que ha conocido la humanidad: aquel en que el poder no se conforma con asesinar a una persona, sino que pretende borrar toda huella de su existencia, negarle incluso el derecho a la muerte y condenar a quienes la aman a una espera interminable.

Porque la desaparición forzada posee una crueldad singular. El asesinato termina con una vida; la desaparición prolonga el sufrimiento indefinidamente. No hay duelo posible cuando no existe un cuerpo que despedir. No hay justicia completa mientras el Estado niega la verdad. No hay paz cuando una madre continúa preguntándose, décadas después, dónde están los restos de su hijo.

América Latina conoce demasiado bien ese horror.

Las dictaduras militares que asolaron nuestro continente durante la segunda mitad del siglo XX hicieron de la desaparición forzada una política sistemática de terrorismo de Estado. No buscaban únicamente eliminar opositores. Buscaban sembrar el miedo, destruir la organización popular y demostrar que el poder podía actuar sin límites, incluso contra la propia condición humana.

Chile fue uno de los escenarios más dolorosos de esa barbarie. Más de mil compatriotas permanecen aún en condición de detenidos desaparecidos. Hombres y mujeres cuyo único delito fue soñar con un país más justo, organizar sindicatos, militar en partidos políticos, defender la democracia o creer que los derechos sociales debían prevalecer sobre los privilegios de unos pocos.

Pero la desaparición forzada nunca fue un exceso aislado. Formó parte de un proyecto histórico.

Como escribió Eduardo Galeano, “el miedo mira por encima del hombro, porque sabe que alguien puede estar mirándolo”. El terrorismo de Estado buscó precisamente eso: instalar el miedo como forma de gobierno. No bastaba con encarcelar o asesinar. Había que convertir la incertidumbre en un instrumento permanente de dominación. Había que hacer desaparecer personas para intentar hacer desaparecer también las ideas que esas personas representaban.

Sin embargo, la historia terminó demostrando el fracaso de ese propósito. Los desaparecidos nunca desaparecieron de la memoria de los pueblos. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en Argentina, la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Chile, los familiares de Guatemala, El Salvador, Uruguay, Brasil y tantos otros países transformaron el dolor en organización y la memoria en una forma extraordinaria de resistencia democrática. Allí donde las dictaduras quisieron imponer el silencio, ellas respondieron con verdad. Allí donde intentaron borrar nombres, ellas los pronunciaron una y otra vez hasta convertirlos en patrimonio de la humanidad.

No es casual que quienes luchaban por encontrar a sus hijos terminaran enseñándole al mundo entero el verdadero significado de la dignidad.

Marx escribió que la historia de todas las sociedades es la historia de las luchas entre clases. Pero esa lucha no se libra únicamente en las fábricas o en los parlamentos. También se libra en la memoria. Porque cada proyecto de dominación necesita controlar el pasado para legitimar el presente. Quien consigue imponer el olvido obtiene una victoria política mucho más profunda que cualquier triunfo militar.

Por eso la memoria constituye una forma de emancipación. Recordar a los desaparecidos no significa permanecer prisioneros del pasado. Significa impedir que el pasado vuelva a repetirse. Significa afirmar que ningún proyecto político, ninguna doctrina de seguridad nacional, ninguna razón de Estado puede situarse por encima de la dignidad humana.

Hoy, cuando en distintos lugares del mundo resurgen discursos autoritarios que relativizan las violaciones a los derechos humanos, justifican dictaduras o presentan el terrorismo de Estado como una respuesta legítima frente a conflictos políticos, esta conmemoración adquiere una vigencia inquietante.

El fascismo nunca comienza con los campos de concentración. Comienza cuando se normaliza el odio. Cuando se deshumaniza al adversario. Cuando se instala la idea de que existen personas cuyos derechos pueden suspenderse en nombre del orden. Cuando la verdad deja de importar y la violencia comienza a presentarse como solución. La desaparición forzada representa el punto extremo de ese proceso de deshumanización.

Pero esta fecha también interpela nuestro presente desde otra dimensión. Las desapariciones continúan ocurriendo en numerosos países del mundo. Defensores de derechos humanos, dirigentes sociales, periodistas, líderes indígenas y opositores políticos siguen siendo víctimas de este crimen que el derecho internacional considera, cuando es sistemático, un crimen de lesa humanidad. La lucha contra la desaparición forzada no pertenece únicamente a la memoria latinoamericana; constituye un compromiso universal con la democracia y los derechos humanos.

Como afirmaba el jurista Luigi Ferrajoli, la verdadera medida de una democracia no reside en el poder que posee el Estado, sino en los límites que ese Estado reconoce para proteger la dignidad de las personas. Allí donde el poder puede hacer desaparecer a un ser humano sin responder ante la justicia, desaparece también el Estado de derecho.

Por eso, cada 30 de agosto no solo recordamos a quienes fueron arrancados de sus hogares y de sus familias. Recordamos también una obligación ética que sigue vigente: la de construir sociedades donde nunca más el poder pueda ejercer violencia desde la impunidad.

Mientras exista una madre buscando a su hijo. Mientras haya archivos ocultos. Mientras persistan pactos de silencio. Mientras un solo desaparecido continúe sin nombre, sin tumba y sin justicia. La tarea seguirá inconclusa. Porque los desaparecidos no son únicamente una deuda con el pasado. Son una responsabilidad con el futuro.

Y porque, como enseñaron las madres que jamás dejaron de buscarlos, la memoria no es el lugar donde descansan los muertos; es el lugar desde donde los pueblos aprenden a defender la vida.

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