La muerte de Sliman Mansour, ocurrida este lunes a los 79 años en el Hospital Al-Makassed de Jerusalén Este, no es solo la pérdida de un pintor. Es el cierre de un capítulo en la lucha cultural de un pueblo que, durante más de siete décadas, ha visto cómo su territorio, su historia y hasta su memoria han sido sistemáticamente borrados por la ocupación sionista. Mansour, fundador del movimiento Nuevas Visiones y autor del icónico “Camello de cargas”, convirtió el arte en un acto de resistencia. Sus olivos, sus mujeres con trajes bordados, sus terrazas de piedra y la Jerusalén dorada que pintó con barro y henna no son solo imágenes: son la prueba de que Palestina existe, a pesar de todos los intentos por hacerla desaparecer. La clase trabajadora del mundo pierde a un artista que supo poner su oficio al servicio de la memoria de los de abajo, y que nos recordó que la cultura también es un campo de batalla en la lucha contra la dominación.
Por Equipo El Despertar
Jerusalén Este. La tarde del lunes 24 de agosto, la familia de Sliman Mansour publicó un mensaje en su cuenta de Instagram que, en su brevedad, condensaba la grandeza de una vida dedicada a la resistencia cultural: “Se ha escrito el capítulo final. Con los corazones encogidos que las palabras no pueden expresar, compartimos que nuestro querido padre ha muerto” . Horas antes, ya habían anunciado que el artista se encontraba en estado crítico.
El pintor y escultor, una de las figuras artísticas más importantes para Palestina en las últimas décadas, murió a los 79 años en el Hospital Al-Makassed de Jerusalén Este, tras más de seis décadas de trayectoria artística . “Para el mundo, deja una vida llena de belleza, memoria y un legado que seguirá vivo a través de todos aquellos a quienes tocó. Pero para nosotros, hemos perdido a un padre, nuestra fuente de amor, fuerza y hogar” , escribió la familia.
El arte como territorio: la vida de un testigo de la Nakba
Mansour nació en 1947 en la localidad cisjordana de Birzeit, apenas unos meses antes de la creación del Estado de Israel y los sucesos de la Nakba (catástrofe) de su pueblo. Fue testigo de la ocupación israelí de Cisjordania en la Guerra de los Seis Días (1967), un acontecimiento que estructuraría toda su obra. Estudió en la Academia Bezalel de Jerusalén entre 1967 y 1970, pero pronto comprendió que su misión debía ir más allá de los circuitos académicos tradicionales: su papel era registrar la memoria colectiva de un pueblo amenazado por el desarraigo.
Su universo visual se convirtió en un diccionario de la cultura palestina. “Con olivos, representa la tierra ocupada en 1967. Con mujeres vestidas con trajes bordados tradicionales, representa la tierra palestina y la revolución palestina. Con el paisaje de Palestina y sus terrazas de piedra, representa la marca de los agricultores palestinos en la tierra” , recoge su biografía. Y, como escribió el Museo de Palestina: “Sliman Mansour pintó esta tierra y la llevó consigo: su tierra y su gente, sus aldeas y ciudades, sus olivos, sus hogares y sus caras” .
El “Camello de cargas” y la metáfora del exilio
Su obra más reconocida, “Camello de cargas” (1973), es quizás la mejor síntesis de su visión del mundo. La pintura muestra a un anciano cargador, encorvado bajo el peso de una gigantesca carga con forma de ojo, en cuyo interior resplandecen la ciudad de Jerusalén y la Cúpula de la Roca. La imagen se ha convertido en la metáfora universal del peso del exilio y el anhelo del retorno. Reproducida como póster, trascendió las galerías para convertirse en un símbolo del sumud –la firmeza y resiliencia palestina– en los hogares y espacios públicos del pueblo.
En una entrevista de 2024, Mansour explicó su concepción del arte como resistencia: “Como artistas y personas que trabajan con la cultura, nuestro papel es rehumanizar al pueblo palestino” , en medio de los intentos de “israelíes y Occidente” por deshumanizarlos. Y añadió: “En mi arte no hay mensaje de odio. Es belleza y amor” .
La revolución del barro: Nuevas Visiones como resistencia anticolonial
Uno de los capítulos más significativos de su vida artística fue la fundación, junto a Vera Tamari, Tayseer Barakat y Nabil Anani, del movimiento Nuevas Visiones en 1987, como respuesta a la Primera Intifada. El movimiento llamaba a boicotear el uso de materiales provenientes de Israel y abogaba por utilizar materiales autóctonos y naturales como el café, la henna o la arcilla.
Mansour eligió el barro. “Capturó la esencia del arraigo palestino y la fragmentación del panorama político y la geografía palestinos, que se reflejaban en las grietas que se abrían en el barro a medida que se secaba” , recoge su perfil. El barro se convirtió en una declaración política: el material de la tierra, que se agrieta como el territorio palestino, pero que no se desmorona.
La censura que sufrió es la prueba de que su arte era una amenaza para el ocupante. En una exposición de 1980 en Ramala, el ejército israelí cerró la muestra después de tres horas. Dos semanas después, los artistas fueron citados y advertidos contra la producción de pinturas políticas. “Nos dijeron que pintar la bandera palestina estaba prohibido, pero también los colores estaban prohibidos” , recordó Mansour. Incluso la sandía, símbolo de resistencia, fue objeto de censura.
La función de clase del arte de Mansour
Desde una perspectiva marxista, la obra de Sliman Mansour cumple una función que la prensa hegemónica y el mercado del arte suelen ignorar. Su arte no es un producto para el deleite estético de la burguesía; es un instrumento de lucha de clases y de liberación nacional. Al pintar la tierra, los olivos, las mujeres y los campesinos palestinos, Mansour estaba construyendo una memoria visual que el colonialismo sionista ha intentado borrar.
El capital y el imperio necesitan que los pueblos oprimidos olviden su historia para poder dominarlos. La cultura de la resistencia, como la de Mansour, es una forma de lucha contra ese borrado. Sus cuadros, que hoy cuelgan en el Museo Británico de Londres, el Mathaf de Doha y el Guggenheim de Abu Dabi, son la prueba de que Palestina no es un problema “humanitario”, sino una nación con una cultura, una historia y una memoria que la ocupación no ha podido aniquilar.
Epílogo: el legado que no se apaga
“Deja atrás una vida llena de belleza, memoria y un legado que seguirá viviendo a través de aquellos a quienes emocionó” , escribió su familia. Y tiene razón. La muerte de Mansour no es el fin de su obra. Como el barro que se agrieta pero no se rompe, su legado perdura en cada joven palestino que levanta un pincel, en cada refugiado que cuelga una reproducción del “Camello de cargas” en su hogar, en cada manifestante que ondea la bandera que él no pudo pintar.
La clase trabajadora del mundo pierde a un artista que supo poner su oficio al servicio de la memoria de los de abajo. Pero la resistencia, como el arte de Mansour, no se rinde. “Don’t forget Palestine and Palestine is beautiful” , dijo en una de sus últimas entrevistas. Su mensaje, como sus pinturas, seguirá vivo. Porque mientras haya un solo palestino que recuerde su tierra, la obra de Sliman Mansour seguirá siendo una trinchera.
