El gobierno de José Antonio Kast anunció este sábado el cierre definitivo de la embajada de Chile en Teherán —la única misión diplomática chilena en Asia Occidental—, que cesará sus funciones a partir del 31 de agosto. Oficialmente, la Cancillería esgrime un “reordenamiento operativo” y “factores de seguridad” para justificar la medida, pero la decisión deja al descubierto la subordinación inconfesa del gobierno chileno a la estrategia imperialista de Donald Trump en la región. La maniobra se produce apenas seis meses después de que el gobierno de Gabriel Boric ordenara el retiro de los agregados militares de Tel Aviv —un gesto de desapego del sionismo—, y consolida un giro que alinea a Chile con la política de aislamiento y asfixia que Washington impone sobre la República Islámica, mientras la guerra imperialista ya ha dejado más de 3.400 muertos en territorio iraní. La clase trabajadora asiste, una vez más, a la confirmación de una verdad incómoda: para el gobierno de los patrones, la soberanía es un concepto que se negocia cuando los intereses del capital y el imperio así lo exigen.
Por Equipo El Despertar
Santiago de Chile. La mañana del sábado 22 de agosto, el Ministerio de Relaciones Exteriores emitió un comunicado escueto que, sin embargo, ha resonado con fuerza en los círculos diplomáticos y en la izquierda chilena. “El Ministerio de Relaciones Exteriores informa que ha dispuesto el término de las funciones y actividades de la Embajada de Chile en la República Islámica de Irán, el que se hará efectivo a contar del 31 de agosto de este año”, señaló la cartera liderada por Francisco Pérez Mackenna.
La Cancillería justificó la decisión apelando a un “reordenamiento operativo” que busca “optimizar los recursos destinados a las misiones de Chile en el extranjero” y a “factores de seguridad” en Medio Oriente. Sin embargo, la letra chica del comunicado revela una contradicción: el cierre de la embajada no implica el cese de las relaciones diplomáticas entre ambos países. Es decir, Kast ha decidido cerrar la representación física, pero mantener el vínculo formal, una operación que, en los hechos, es un gesto de desprecio hacia la nación persa, no un acto de ruptura soberana.
El gesto de sumisión: del retiro de agregados militares al cierre de la embajada
La decisión de Kast contrasta radicalmente con la política exterior del gobierno anterior. En enero de 2026, el entonces presidente Gabriel Boric ordenó el retiro de los agregados militares chilenos acreditados en Israel, en un gesto de desapego explícito del gobierno israelí y su ofensiva genocida en Gaza. Aquella medida, aunque simbólica, representó una postura de principios: Chile se desmarcaba del conflicto y se negaba a legitimar la maquinaria bélica del sionismo.
El cierre de la embajada en Teherán, en cambio, es una señal de signo opuesto. No se trata de una ruptura con Israel ni de un distanciamiento de la OTAN, sino de un repliegue que favorece al bloque imperialista. Al cerrar su única misión diplomática en la región, Chile se sumerge en la estrategia de aislamiento que Washington y sus aliados han desplegado contra Irán desde el inicio de la guerra el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel asesinaron al líder supremo Alí Jamenei. El gesto de Kast es, en los hechos, un alineamiento con la política de “máxima presión” que Trump ha impulsado para estrangular la economía iraní y forzar un cambio de régimen.
La función de clase del “reordenamiento operativo”
La excusa del “reordenamiento operativo” y la “optimización de recursos” es una coartada que no resiste el más mínimo análisis de clase. La misma administración que encontró tiempo y recursos para aprobar una megareforma que transfiere 4.000 millones de dólares anuales a las grandes empresas, que recortó la gratuidad universitaria y desfinanció la salud pública, que autorizó un aumento del 14,4% en los sueldos de los consejeros del Banco Central, ahora dice no tener recursos para mantener una embajada en Teherán. La hipocresía es monumental: el “reordenamiento” no es una medida de eficiencia, sino un gesto político. Es la confirmación de que, para el gobierno de Kast, la soberanía nacional es un concepto que se sacrifica en el altar de los intereses del imperio.
El ministro de Relaciones Exteriores, Francisco Pérez Mackenna, ha sido el encargado de ejecutar este giro. La misma Cancillería que en 2025, bajo el gobierno de Boric, impulsó una política exterior basada en el respeto al derecho internacional y la defensa de los derechos humanos, ahora se pliega a la lógica de la guerra imperial. Los trámites consulares que se realizaban en Teherán serán reasignados al Consulado de Chile en Ankara, Turquía. Es decir, Chile seguirá atendiendo a sus ciudadanos en la región, pero desde territorio de la OTAN, no desde la República Islámica. La señal es inequívoca: el gobierno de Kast prefiere estar cerca de sus aliados occidentales que de un país que resiste la agresión imperialista.
El silencio cómplice y la guerra que no cesa
La decisión de Kast se produce en un contexto en que la guerra contra Irán ya ha dejado más de 3.400 muertos, la mayoría civiles, según cifras oficiales del gobierno iraní actualizadas a abril de 2026. El estrecho de Ormuz permanece bloqueado, el precio del petróleo se dispara y la amenaza de una conflagración regional se cierne sobre millones de personas. Mientras los misiles caen sobre Teherán y las bases estadounidenses en el Golfo, el gobierno chileno ha decidido cerrar su embajada, es decir, retirar su presencia diplomática del país que está siendo bombardeado. La medida no es una “precaución” por la seguridad del personal, como alega la Cancillería; es un acto de alineamiento con el agresor.
La clase trabajadora chilena no debe dejar que la retórica de la “optimización de recursos” y los “factores de seguridad” la distraiga del verdadero significado de este gesto. El cierre de la embajada en Teherán no es un acto de soberanía; es un acto de sumisión. Es la confirmación de que el gobierno de Kast, al igual que los gobiernos de la ultraderecha latinoamericana, ha decidido subordinar la política exterior chilena a los intereses del imperio estadounidense. Mientras los diplomáticos se repliegan, los bombardeos continúan. Mientras Kast habla de “reordenamiento”, los pueblos de Asia Occidental siguen pagando con su sangre el costo de la guerra imperial.
Epílogo: la retirada de los patrones
El cierre de la embajada de Chile en Teherán no es el fin de la historia, sino un nuevo capítulo de la sumisión de la derecha chilena a los designios de Washington. La misma administración que se llena la boca con discursos de “soberanía” y “defensa de la democracia” es la que, en los hechos, se pliega a la estrategia imperialista de Trump y Netanyahu. La clase trabajadora no debe olvidar que, en el Chile de los patrones, la soberanía es un concepto que se negocia en los despachos de la Cancillería, no en las calles de los pueblos que resisten.
Mientras los diplomáticos chilenos abandonan Teherán, los misiles siguen cayendo sobre las viviendas, las escuelas y las bodas de Irán. El gobierno de Kast ha decidido de qué lado está: del lado del imperio, del lado de la guerra, del lado de los que bombardean. La clase trabajadora, como siempre, debe estar del otro lado: del lado de la paz, del lado de la soberanía, del lado de los pueblos que se niegan a ser sometidos.
