A una semana de las Fiestas Patrias, la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP) confirmó un nuevo golpe al bolsillo de los trabajadores: las gasolinas subirán $35 por litro y el diésel, el combustible que mueve el transporte de carga y pasajeros, se disparará $89 por litro a partir de este jueves 10 de septiembre. Mientras el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, declara que “empatizamos con las familias” al traspasar los precios, los trabajadores del transporte advierten que el impacto es “perjudicial” y que las pequeñas empresas del sector “no tienen caja para afrontar la situación actual”. La clase trabajadora asiste, una vez más, a la confirmación de una verdad incómoda: cuando los precios suben, la culpa es de la guerra; cuando las ganancias crecen, el mérito es de las políticas del gobierno. La guerra de los patrones la pagan los de abajo.
Por Equipo El Despertar
Santiago de Chile. A una semana de las celebraciones de Fiestas Patrias, el gobierno de José Antonio Kast ha entregado un regalo envenenado a la clase trabajadora. La Empresa Nacional del Petróleo (ENAP) confirmó este miércoles un nuevo incremento en el precio de los combustibles que comenzará a regir desde la medianoche del jueves 10 de septiembre. Las gasolinas de 93 y 97 octanos subirán $35 por litro, mientras el diésel registrará un alza de $89 por litro, su mayor salto de las últimas semanas.
El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, había anticipado el golpe: “Probablemente esta semana tengamos un alza en el diésel del orden de los $80 y tantos pesos, y en la bencina de $30 y algo más”, declaró en entrevista con Radio Bío Bío. La confirmación de ENAP superó incluso sus propias proyecciones. La justificación oficial es la misma de siempre: el recrudecimiento del conflicto bélico en Medio Oriente, que ha elevado el precio del barril Brent por sobre los US$89 y ha disparado el costo del diésel en los mercados internacionales.
La hipocresía del “traspaso de precios”
La declaración del ministro Quiroz es una confesión de clase: “Tuvimos que tomar la difícil, muy difícil decisión, y empatizamos con las familias en esto, de traspasar los precios”. La “empatía” del gobierno de Kast es la empatía de los patrones: una empatía que reconoce el dolor, pero no hace nada para aliviarlo. La misma administración que encontró tiempo y recursos para aprobar una megareforma que transfiere 4.000 millones de dólares anuales a las grandes empresas, que recortó la gratuidad universitaria y desfinanció la salud pública, que autorizó un aumento del 14,4% en los sueldos de los consejeros del Banco Central, ahora dice que no puede contener el alza de los combustibles.
La hipocresía alcanza niveles grotescos cuando se recuerda que el propio gobierno de Kast, en marzo de 2026, había decretado un alza histórica de más del 40% en la gasolina y superior al 60% en el diésel. En aquella ocasión, el Presidente defendió la medida con el mismo argumento: la guerra en Irán. Siete meses después, la guerra continúa, los precios siguen subiendo y los trabajadores siguen pagando.
El ministro Quiroz ha señalado que el ordenamiento de las cuentas fiscales permite hoy al Ejecutivo “resistir de mejor forma los nuevos incrementos internacionales”. Pero la “resistencia” del gobierno no se traduce en medidas concretas para aliviar el bolsillo de los trabajadores. El Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (Mepco), la herramienta que suaviza las variaciones más bruscas, sigue siendo insuficiente. El gobierno prefiere “graduar y espaciar más las alzas”, es decir, administrar el dolor de los trabajadores en lugar de eliminarlo.
El impacto en la clase trabajadora: el transporte como termómetro de la explotación
El alza del diésel, de $89 por litro, es el golpe más duro. El diésel es el combustible que mueve el transporte de carga y de pasajeros. Su encarecimiento no solo afecta a los camioneros y transportistas, sino a toda la cadena logística que sostiene la economía del país. La Confederación Nacional de Dueños de Camiones de Chile (CNDC) fue categórica: el aumento “es perjudicial para el transporte de carga y, por extensión, para la cadena logística. Estamos absorbiendo todos los costos”. El presidente del gremio, Juan Araya, advirtió que estos aumentos continuos “van dejando fuera de mercado a las pequeñas empresas del sector, que no tienen caja para afrontar la situación actual”.
La clase trabajadora no es solo la que conduce los camiones; es la que consume los productos que esos camiones transportan. Cada alza del diésel se traslada al precio de los alimentos, de la ropa, de todos los bienes que llegan a los barrios populares. El IPC de agosto ya había registrado un alza del 0,6%, con la gasolina subiendo un 0,9% y acumulando un incremento de 17,6% desde diciembre. La inflación anual ya alcanza el 4,1%. El nuevo golpe de septiembre solo profundizará la crisis del costo de la vida.
El alcalde de Maipú, Tomás Vodanovic, ya había anticipado en marzo la lógica de clase de estas medidas: el gobierno “carga la mano a las familias trabajadoras”. Los taxistas y trabajadores independientes advirtieron entonces que el incremento “golpea directamente su fuente de ingresos y pone en riesgo la continuidad de sus actividades”. Siete meses después, la advertencia se ha cumplido.
La función de clase de la “guerra externa”
El gobierno de Kast ha construido su narrativa en torno a la idea de que la inflación y el alza de los combustibles son fenómenos externos, producto de la guerra en Medio Oriente. El ministro de Economía, Daniel Mas, atribuyó el IPC de agosto a “alzas en los precios de los combustibles producto del conflicto internacional en Medio Oriente”. El ministro Quiroz ha señalado que el alza del diésel responde a “daños de refinería en Rusia, daños de refinería en Medio Oriente”.
Pero la clase trabajadora no debe dejarse engañar. La guerra en Medio Oriente no es un fenómeno natural; es el producto de la política imperialista de Estados Unidos e Israel, que el gobierno de Kast ha apoyado con su silencio y su alineamiento. La misma administración que hoy atribuye el alza de los combustibles a la guerra es la que ha cerrado la embajada en Teherán, se ha alineado con la estrategia de Washington y ha guardado silencio ante los bombardeos que ya han dejado miles de muertos en Irán.
El ministro Quiroz ha declarado que “empatizamos con las familias en esto de traspasar los precios”. Pero la “empatía” del gobierno de Kast es la empatía de los patrones: una empatía que reconoce el dolor, pero no hace nada para aliviarlo. La guerra de los patrones, la guerra que el imperialismo libra por el control de las rutas energéticas y la hegemonía regional, la pagan los trabajadores.
Epílogo: la fiesta de los de arriba y el hambre de los de abajo
A una semana de las Fiestas Patrias, el gobierno de Kast ha entregado su regalo a la clase trabajadora: un alza de $89 en el diésel y de $35 en las bencinas. Mientras los ministros celebran la “graduación” de las alzas y los grupos económicos se embolsan las ganancias de la megareforma, los trabajadores del transporte ven cómo sus costos se disparan, los pequeños empresarios del sector enfrentan el riesgo de la quiebra, y las familias trabajadoras ven cómo el precio de los alimentos sigue subiendo.
El ministro Quiroz ha dicho que “vamos a ir graduando porque hoy podemos hacerlo”. La “graduación” de los precios es la graduación de la explotación: el gobierno de Kast no está administrando la crisis; está administrando el dolor de los trabajadores. Mientras los consejeros del Banco Central reciben aumentos del 14,4% y los 1.500 contribuyentes más ricos se embolsan más de $400 millones anuales gracias a la megareforma, los trabajadores pagan $89 más por cada litro de diésel.
La clase trabajadora no debe dejarse engañar por el discurso de la “guerra externa”. La verdadera guerra no es la de Medio Oriente; es la guerra de los patrones contra los de abajo. Una guerra que se libra en los precios de los combustibles, en los salarios que no alcanzan, en los recortes que desangran la salud y la educación. La fiesta de los de arriba es el hambre de los de abajo. Y la historia, como siempre, la escribirán los que resisten.
