Este 14 de septiembre se cumplen 66 años del golpe de Estado de 1960 mediante el cual Joseph-Désiré Mobutu “neutralizó” las instituciones políticas del recién independizado Congo y terminó por apartar del poder efectivo al primer ministro Patrice Lumumba. Recordarlo no constituye únicamente un ejercicio de memoria africana. Es recordar uno de los episodios que mejor permiten comprender cómo el colonialismo fue capaz de sobrevivir, bajo nuevas formas, a la independencia formal de los pueblos.
Por Daniel Jadue
El Congo llevaba apenas dos meses y medio de vida independiente. Había dejado atrás décadas de dominación colonial belga, caracterizadas por la explotación brutal de su población y de sus extraordinarias riquezas naturales. Pero independencia política no significaba todavía soberanía económica y Lumumba comprendió esa contradicción.
Su proyecto no consistía simplemente en cambiar una bandera y sustituir funcionarios europeos por africanos. Aspiraba a construir un Congo verdaderamente independiente, capaz de decidir sobre sus recursos, su política exterior y su futuro. Precisamente por eso se convirtió rápidamente en un problema para las potencias occidentales.
El contexto era la Guerra Fría. Washington interpretó la búsqueda de apoyo soviético por parte de Lumumba como evidencia de una posible penetración comunista en África. Pero detrás de aquella lectura ideológica existía también una cuestión profundamente material: el Congo ocupaba una posición estratégica y poseía enormes reservas minerales. Permitir que una de las principales naciones africanas ejerciera plenamente su soberanía podía tener consecuencias mucho más allá de sus fronteras.
Aquí no necesitamos recurrir a especulaciones. Los propios documentos desclasificados de Estados Unidos son suficientemente elocuentes. Un telegrama de la CIA del 27 de agosto de 1960 establecía que la remoción de Lumumba debía constituir un objetivo “urgente” y prioritario de la acción encubierta estadounidense. La historia oficial de las relaciones exteriores de Estados Unidos reconoce además que Washington puso en marcha un programa clandestino destinado a eliminar políticamente a Lumumba y reemplazarlo por dirigentes considerados moderados y favorables a Occidente.
Y ocurrió algo todavía más grave. Décadas después, la investigación del Comité Church del Senado estadounidense estableció que funcionarios del Gobierno de Estados Unidos habían iniciado y participado en planes para asesinar a Lumumba. El proyecto llegó incluso al envío al Congo de sustancias destinadas a posibilitar su asesinato.
Esto importa porque permite distinguir rigurosamente dos afirmaciones que muchas veces se confunden. Está documentado que Estados Unidos conspiró para sacar a Lumumba del poder y que la CIA desarrolló planes para asesinarlo. No está demostrado, en cambio, que agentes estadounidenses ejecutaran personalmente su asesinato final. Lumumba terminó siendo asesinado el 17 de enero de 1961 en Katanga, después de haber sido capturado y trasladado allí, en un crimen en el que la responsabilidad belga y congoleña ha sido ampliamente investigada. Los propios documentos estadounidenses registran que fue ejecutado por fuerzas katangueñas con participación de un oficial belga.
Pero eso tampoco exonera políticamente a Washington. Después del golpe de Mobutu del 14 de septiembre, la estación de la CIA proporcionó fondos clandestinos al nuevo gobierno y desarrolló acciones de propaganda contra Lumumba. Dos días después del golpe, una comunicación de la estación estadounidense seguía considerando necesario apartarlo definitivamente de la escena política.
La cuestión de fondo, por tanto, supera incluso la responsabilidad individual en un asesinato. Estamos ante la arquitectura política del neocolonialismo. Las potencias coloniales comenzaron a comprender que ya no necesitaban necesariamente gobernar directamente los territorios para conservar su influencia. Podían aceptar banderas nacionales, himnos, parlamentos y presidentes mientras conservaran capacidad suficiente para condicionar gobiernos, recursos naturales, fuerzas armadas y decisiones económicas.
Frantz Fanon, precisamente en aquellos años de las grandes luchas de liberación africanas, advirtió sobre este peligro: una independencia que no transformara las estructuras económicas coloniales podía terminar reproduciendo la dependencia bajo nuevas élites y nuevas instituciones.
Eso era precisamente lo que Lumumba amenazaba con romper. Por eso su historia pertenece también a América Latina.
¿Cuántas veces nuestro continente ha vivido la misma contradicción? Países formalmente soberanos cuyos recursos estratégicos quedan subordinados a intereses externos; gobiernos populares sometidos a presiones económicas, operaciones encubiertas o desestabilización cuando intentan modificar la distribución de la riqueza; élites locales dispuestas a asociarse con poderes extranjeros antes que aceptar transformaciones impulsadas por sus propios pueblos.
Desde Guatemala en 1954 hasta Chile en 1973 encontramos contextos diferentes que no deben confundirse históricamente, pero también una pregunta común: ¿hasta dónde están dispuestas a tolerar las grandes potencias la autodeterminación de los pueblos cuando ésta afecta sus intereses estratégicos?
Lumumba comprendió que la soberanía política sin soberanía económica podía convertirse en una ficción. Y esa reflexión conserva una extraordinaria actualidad. África posee hoy minerales indispensables para baterías, telecomunicaciones, transición energética y tecnologías avanzadas. América Latina posee cobre, litio, agua, biodiversidad, energía y enormes reservas alimentarias. Las formas de dominación han cambiado, pero la disputa acerca de quién controla los recursos y quién se apropia del valor que producen permanece en el centro de la economía mundial.
Por eso conmemorar el golpe contra Lumumba no significa únicamente recordar una injusticia ocurrida hace 66 años. Significa recordar que la descolonización quedó inconclusa. Significa comprender que no existe verdadera independencia mientras las decisiones fundamentales de un pueblo puedan ser condicionadas desde centros de poder externos. Y significa también recuperar la figura de Patrice Lumumba no simplemente como mártir, sino como dirigente de una generación africana que se atrevió a pensar que sus pueblos tenían derecho a gobernarse sin pedir autorización a sus antiguos colonizadores.
El golpe consiguió apartarlo del poder. Meses después consiguieron acabar con su vida. Pero no consiguieron destruir la pregunta que Lumumba dejó planteada. ¿De qué sirve tener una bandera propia si otros siguen decidiendo sobre nuestras riquezas, nuestra economía y nuestro destino? Sesenta y seis años después, esa pregunta continúa recorriendo África, América Latina y todo el Sur Global.
Y mientras no seamos capaces de responderla mediante soberanía efectiva, cooperación entre los pueblos y control democrático de nuestras riquezas estratégicas, Lumumba seguirá siendo mucho más que una figura del pasado: seguirá siendo un contemporáneo nuestro.
