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Editorial / Mozambique, 25 de septiembre: cuando la descolonización quiso transformar también las relaciones de poder

Sep 25, 2026

El 25 de septiembre de 1964 comenzó la lucha de liberación dirigida por FRELIMO contra el colonialismo portugués en Mozambique. Vista desde una perspectiva marxista y decolonial, aquella experiencia permite estudiar algo mucho más profundo que la sustitución de una bandera: la relación entre colonialismo, explotación del trabajo, apropiación de la tierra, dominación cultural y construcción de soberanía.

Por Daniel Jadue

El 25 de septiembre de 1964, el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO), dirigido entonces por Eduardo Mondlane, inició la lucha de liberación nacional contra la administración colonial portuguesa. El propio Gobierno de Mozambique sitúa el comienzo de esta etapa de la lucha en Chai, provincia de Cabo Delgado. Diez años después llegarían los Acuerdos de Lusaka y, finalmente, el 25 de junio de 1975 Mozambique proclamaría su independencia bajo la presidencia de Samora Machel. Por eso, hasta nuestros días, el 25 de septiembre permanece inscrito en el calendario oficial mozambiqueño como una fecha vinculada a la lucha de liberación nacional.

Pero reducir esta historia a una sucesión de fechas sería perder precisamente aquello que la vuelve tan significativa. Desde una lectura marxista, el colonialismo portugués en Mozambique no puede comprenderse solamente como la dominación política de una potencia extranjera sobre un territorio africano. Fue también un sistema económico, una determinada organización del trabajo y de la tierra, una forma de apropiación del excedente y una manera de insertar coercitivamente territorios y poblaciones dentro de una economía colonial.

La investigación histórica ha mostrado cómo el Estado colonial portugués recurrió a impuestos, migraciones laborales y distintas formas de trabajo coercitivo para incorporar a las poblaciones africanas a una economía organizada fundamentalmente de acuerdo con las necesidades coloniales. En determinadas regiones, compañías concesionarias asumieron además importantes funciones económicas y administrativas. Estudios especializados sobre la formación del Estado colonial portugués muestran precisamente que las autoridades adaptaron y promovieron prácticas de migración y trabajo forzado como instrumentos para obtener ingresos y disminuir costos, mientras determinadas zonas del centro de Mozambique estuvieron fuertemente condicionadas por compañías concesionarias y sistemas coercitivos de trabajo.

Aquí aparece una pregunta elemental del análisis materialista: ¿quién trabajaba, quién controlaba los medios y recursos fundamentales, quién se apropiaba del excedente y hacia dónde terminaba fluyendo la riqueza producida? Mirado desde esta perspectiva, detrás del lenguaje colonial sobre la civilización y el progreso existían relaciones materiales concretas entre tierra, fuerza de trabajo, empresas y Estado.

Sin embargo, la dominación colonial tampoco terminaba en la economía. Y es precisamente allí donde una lectura marxista puede dialogar con las perspectivas decoloniales. El colonialismo también construyó jerarquías culturales y epistemológicas. Determinó qué conocimientos eran considerados legítimos, qué formas de organización social eran calificadas como primitivas, quién estaba supuestamente capacitado para gobernar y qué modelo de sociedad debía presentarse como universal.

Frantz Fanon comprendió esta dimensión con extraordinaria profundidad. La colonización no afectaba solamente las instituciones políticas o las relaciones económicas; penetraba también en la cultura y en la subjetividad de los pueblos colonizados. Eduardo Mondlane desarrolló sus ideas desde una trayectoria intelectual y política diferente, pero el movimiento que encabezó también entendió que la independencia implicaba un proceso de construcción nacional. FRELIMO había nacido en 1962 a partir de la unificación de UDENAMO, MANU y UNAMI y fue convirtiéndose posteriormente en la principal organización de la lucha contra el dominio portugués.

Por eso la experiencia de Mozambique puede estudiarse junto con las luchas encabezadas por Amílcar Cabral en Guinea-Bissau, Patrice Lumumba en el Congo y numerosos movimientos africanos de liberación, aun reconociendo las enormes diferencias existentes entre sus organizaciones, programas políticos y contextos históricos. Todos ellos, de maneras distintas, colocaron sobre la mesa una de las grandes preguntas del siglo XX: ¿es suficiente conquistar la independencia política cuando sobreviven estructuras económicas construidas durante el colonialismo?

Samir Amin desarrollaría posteriormente este problema mediante su análisis de las relaciones entre centro y periferia. Desde esa perspectiva, la dominación colonial no desaparece necesariamente en todas sus dimensiones cuando termina formalmente la administración colonial. Un país puede disponer de bandera, gobierno, Constitución, fronteras reconocidas y representación internacional y, al mismo tiempo, continuar ocupando una posición subordinada dentro de la división internacional del trabajo. La soberanía jurídica y la soberanía material, por tanto, no son necesariamente equivalentes.

La experiencia mozambiqueña proporciona abundante material histórico para esa discusión. El colonialismo había construido economías regionales diferenciadas: zonas fuertemente relacionadas con la migración laboral hacia las minas sudafricanas, territorios dominados por concesiones empresariales y regiones campesinas vinculadas parcialmente a economías de subsistencia. Investigaciones sobre el período han mostrado que estas estructuras dejaron importantes desequilibrios fiscales y territoriales al Estado que surgió después de la independencia. La descolonización, por tanto, no comenzó sobre una hoja en blanco. Heredó una economía y un territorio profundamente configurados por las necesidades del sistema colonial.

Eduardo Mondlane no alcanzó a presenciar el desenlace de aquel proceso. Fue asesinado en febrero de 1969. Después de diferentes disputas internas en FRELIMO, Samora Machel terminaría encabezando el movimiento y se convertiría posteriormente en el primer presidente del Mozambique independiente. Bajo su conducción, el nuevo Estado adoptaría una orientación socialista e impulsaría políticas destinadas a modificar algunas de las estructuras económicas y sociales heredadas del colonialismo.

Pero recordar esta historia exige también evitar su idealización. La independencia no resolvió automáticamente las contradicciones de la sociedad mozambiqueña. Hubo esfuerzos de construcción estatal y profundas transformaciones sociales, pero también autoritarismo, dificultades económicas, desplazamientos y posteriormente una devastadora guerra entre FRELIMO y RENAMO. El conflicto se prolongó durante años hasta los acuerdos de paz de 1992. Reconocer estas contradicciones no disminuye la importancia histórica de la independencia ni de la derrota del colonialismo portugués. Al contrario, permite comprender la complejidad real de los procesos revolucionarios sin transformarlos en mitología.

El marxismo pierde capacidad explicativa precisamente cuando sustituye el análisis concreto por la veneración. Una revolución puede ser estudiada simultáneamente como proceso emancipador y como experiencia atravesada por contradicciones, errores y conflictos. Esa mirada resulta particularmente importante para comprender las independencias africanas, porque los nuevos Estados heredaron fronteras, instituciones, economías y desigualdades producidas durante décadas —y en algunos casos siglos— de dominación colonial.

Esta historia tiene además una resonancia especial para América Latina. José Carlos Mariátegui había comprendido tempranamente que el socialismo latinoamericano no podía construirse como simple reproducción de experiencias europeas. Amílcar Cabral formularía décadas después, desde África, un desafío comparable: las categorías revolucionarias debían dialogar con las estructuras sociales, culturales y económicas concretas de los pueblos colonizados. No podía existir una receta universal aplicada mecánicamente desde fuera de la historia particular de cada sociedad.

Es justamente allí donde marxismo y pensamiento decolonial pueden encontrarse sin necesidad de convertirlos en tradiciones idénticas. Ambos pueden interrogar las relaciones de poder ocultas detrás de aquello que suele presentarse como natural. ¿Quién posee la tierra? ¿Quién controla los recursos? ¿Quién organiza el trabajo? ¿Quién determina el destino del excedente económico? ¿Quién decide qué conocimiento merece ser reconocido como conocimiento? ¿Quién establece qué significa progreso y qué significa atraso? ¿Quién tiene finalmente la capacidad material de decidir qué modelo de desarrollo seguirá una sociedad?

Son preguntas que conectan Mozambique con África, pero también con América Latina y con buena parte del llamado Sur Global. Porque detrás de la independencia formal aparece inevitablemente otra discusión: la posibilidad real de ejercer soberanía económica, política y cultural en un sistema internacional caracterizado por enormes asimetrías de poder.

Sesenta y dos años después de aquel 25 de septiembre de 1964, recordar Mozambique no significa convertir una experiencia histórica específica en una receta política para nuestro presente. Significa comprender cómo colonialismo y economía estuvieron profundamente entrelazados. La investigación contemporánea muestra que la administración portuguesa utilizó impuestos y distintos sistemas laborales para movilizar fuerza de trabajo africana y organizar territorios de acuerdo con las necesidades de la economía colonial. Desde una interpretación marxista, ese proceso puede analizarse como una articulación entre poder político y extracción económica. Desde una perspectiva decolonial, puede estudiarse además como una estructura que jerarquizó pueblos, culturas y conocimientos. Otras corrientes historiográficas ponen mayor énfasis en factores nacionalistas, institucionales o geopolíticos. Observar conjuntamente estas dimensiones permite comprender mejor la complejidad del proceso.

El 25 de septiembre de 1964 abrió una lucha que contribuiría, once años después, al final de siglos de dominación portuguesa sobre Mozambique. Pero aquella victoria dejó planteada una pregunta mucho más difícil y duradera, una pregunta que atravesó las independencias africanas y que todavía reaparece en las discusiones contemporáneas sobre soberanía y desarrollo: ¿cuándo termina realmente una relación colonial?

¿Termina cuando desaparece la bandera del imperio? ¿Cuando nace un nuevo Estado? ¿Cuando se consigue reconocimiento internacional? ¿O solamente cuando una sociedad adquiere capacidad efectiva para decidir sobre su territorio, su trabajo, sus recursos, su cultura y las condiciones materiales de su propio futuro?

La independencia mozambiqueña respondió históricamente a algunas de esas preguntas. Las demás continúan abiertas. Y quizás allí radique la vigencia más profunda del 25 de septiembre: en recordarnos que la independencia política puede conquistarse en una fecha determinada, mientras la construcción de una soberanía efectiva constituye un proceso histórico mucho más largo, contradictorio y difícil.

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