El impacto de proyectiles balísticos y drones sobre la infraestructura estratégica de la dinastía Al Saud en Riad resquebraja la fachada de seguridad del régimen saudí, evidenciando que la resistencia popular yemení puede golpear las arterias de la acumulación energética global.
Por Equipo El Despertar
La recrudescencia de los ataques de las fuerzas armadas de Ansar Allah (conocidas como los hutíes) contra el aeropuerto internacional de Riad y las instalaciones de la estatal petrolera Saudi Aramco, acompañada de la promesa explícita de intensificar las operaciones en el corazón del reino, ha desatado una ola de alarma en los centros financieros occidentales. Fiel a su rol de vocera de los sectores dominantes, la prensa corporativa internacional ha desplegado un enmarcado propagandístico que rotula estos actos como «provocaciones terroristas destabilizadoras», descontextualizando la respuesta yemení de la prolongada agresión militar, el bloqueo económico y la catástrofe humanitaria infligida por la coalición saudí-estadounidense contra el pueblo yemení.
Desde la perspectiva del materialismo histórico y la crítica del imperialismo, las acciones militares de Ansar Allah sobre la capital saudí no representan un exabrupto irracional, sino un golpe estratégico a la retaguardia de la monarquía teocrática que opera como gendarme regional del capital angloamericano. El régimen de Riad, lejos de ser un actor neutral en el tablero internacional, funciona como una petro-monarquía parasitaria cuya reproducción depende de la exportación masiva de crudo, la compra millonaria de armamento a los complejos industriales de Estados Unidos y Europa, y la contención coercitiva de los movimientos populares en la Península Arábiga.
En sus pronunciamientos públicos tras los recientes bombardeos, las vocerías de la resistencia yemení enfatizaron que «mientras continúe el asedio, el bloqueo a nuestros puertos y la agresión criminal coordinada desde las capitales de la coalición, los centros económicos y las arterias vitales del agresor seguirán siendo objetivos legítimos y permanentes». Esta declaración desmantela la pretensión de las potencias imperialistas de mantener una «guerra de baja intensidad» confinada a las fronteras yemeníes, trasladando de manera directa el costo del conflicto a las infraestructuras de extracción y transporte que garantizan las superganancias de los oligopolios energéticos transnacionales.
El fracaso de los sofisticados y multimillonarios sistemas de defensa antiaérea suministrados por Washington a la autocracia saudí evidencia la vulnerabilidad de la arquitectura de dominación imperial en la región. Las amenazas de las potencias occidentales de incrementar las intervenciones militares directas para restaurar el «libre flujo de mercancías» no hacen más que confirmar que la guerra en Yemen es, en última instancia, una disputa entre el derecho a la autodeterminación de los pueblos de la periferia y la necesidad del capital financiarizado de asegurar sus nodos de extracción energética a costa del sometimiento de la clase trabajadora yemení.
