A 110 días del inicio de la guerra más devastadora que ha conocido Oriente Medio en décadas, Estados Unidos e Irán firmaron este miércoles un memorando de entendimiento que declara el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano. El documento de 14 puntos, rubricado de forma remota por Donald Trump y su homólogo iraní Masoud Pezeshkian, pone fin oficialmente a una contienda que ha dejado más de 3.500 muertos en suelo persa, ha desangrado la economía global con el cierre del estrecho de Ormuz y ha expuesto la fragilidad de un imperio que, tras prometer una guerra relámpago, se vio forzado a negociar desde la debilidad. Mientras Washington presenta el acuerdo como una “victoria” y Teherán lo celebra como una “derrota histórica” del enemigo, la clase trabajadora del mundo asiste a un nuevo capítulo de la comedia burguesa: los mismos que desataron la guerra ahora se arrogan el derecho de ponerle fin, sin que nadie les pida cuentas por los miles de muertos, los millones de desplazados y el saqueo de los recursos públicos que financiaron esta aventura imperialista.**
Por Equipo El despertar
Ginebra. El salón del Burgenstock Resort, en la Suiza alpina, fue el escenario elegido para el acto que cierra uno de los capítulos más sangrientos de la historia reciente de Oriente Medio. El memorando, mediado por las autoridades de Pakistán, establece un alto el fuego inmediato y permanente, la reapertura del estrecho de Ormuz a la libre navegación, el levantamiento de las sanciones económicas contra Irán y el compromiso de Teherán de no desarrollar armas nucleares, con un plazo de 60 días para negociar los detalles del programa nuclear iraní.
La ceremonia, prevista para este viernes 19 de junio, es el desenlace de una guerra que comenzó el 28 de febrero con un ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica. Lo que debía ser una operación quirúrgica para “devolver a Irán a la Edad de Piedra” se convirtió en un pantano de desgaste que ha expuesto las contradicciones internas del imperio y la capacidad de resistencia de un pueblo que se negó a doblegarse.
La farsa de la “victoria” y la derrota silenciosa
Donald Trump, que no ha dudado en calificar la guerra como un éxito militar y en afirmar que “Irán suplicó por un cese al fuego”, enfrenta ahora la realidad de un acuerdo que, lejos de ser una rendición iraní, es el reconocimiento de que la estrategia de la fuerza bruta ha fracasado. El memorando no exige la retirada de Israel del Líbano, un punto que Teherán había planteado como condición innegociable, y que Washington ha decidido obviar para salvar las apariencias.
Israel, por su parte, ha quedado al margen de las negociaciones. El gobierno de Benjamin Netanyahu, que había apostado toda su estrategia a que la guerra desencadenaría una convulsión política en Irán, se enfrenta ahora a un escenario donde sus objetivos estratégicos clave siguen sin alcanzarse. El memorando no aborda de manera inmediata el programa nuclear iraní, y Tel Aviv ha sido excluido del proceso de configuración del nuevo orden en Oriente Medio. Un diplomático israelí describió irónicamente este resultado como un “fracaso glorioso”: una campaña que logró el éxito militar pero que no se tradujo en beneficios estratégicos duraderos.
El costo humano y material de la aventura imperial
El balance de la guerra es devastador. Según cifras oficiales iraníes, más de 3.500 personas han muerto en los bombardeos, la mayoría civiles. El estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial, ha permanecido cerrado durante meses, disparando los precios de la energía y golpeando con crudeza a las economías más vulnerables. La inflación, el desabastecimiento y el encarecimiento de los alimentos han sido la otra cara de esta guerra, una factura que han pagado los trabajadores de todo el mundo mientras los grandes capitales de la industria armamentística y petrolera engrosaban sus arcas.
El memorando, que promete la reapertura del estrecho y el levantamiento de las sanciones, no devolverá la vida a los muertos ni reparará la infraestructura destruida. Tampoco compensará a los millones de personas que han perdido sus hogares o que han visto cómo sus medios de vida eran arrasados por las bombas. La paz que se firma en Ginebra es una paz de los mercados, no de los pueblos.
La hipocresía del “orden internacional”
La comunidad internacional, representada por la ONU y las potencias europeas, ha saludado el acuerdo como un paso hacia la estabilidad en la región. Sin embargo, su silencio durante los 110 días de guerra ha sido ensordecedor. Ninguna sanción, ninguna condena efectiva, ninguna acción concreta para detener la masacre. La misma Europa que hoy aplaude la tregua es la que ha seguido comprando petróleo y armas, la que ha mirado hacia otro lado mientras las bombas caían sobre civiles.
El secretario de Estado estadounidense, que ha participado en las negociaciones, ha declarado que el acuerdo “abre una vía a la paz y a la estabilidad en todo Oriente Medio”. Pero la paz que se construye sobre los escombros de una guerra de agresión, sin justicia ni reparación, es una paz de los vencedores, una paz que perpetúa las mismas condiciones de desigualdad y opresión que generaron el conflicto.
Epílogo: la guerra continúa en las condiciones de vida
El memorando de entendimiento pone fin a las hostilidades militares, pero no a la guerra de clases que subyace a todo conflicto imperialista. La misma lógica que llevó a Washington y Tel Aviv a bombardear Irán es la que sigue impulsando la explotación de los recursos naturales, la dominación de los pueblos y el saqueo de las economías del Sur global. La paz de Ginebra no es más que una tregua para reordenar el tablero geopolítico, para redistribuir las áreas de influencia entre las potencias imperialistas, sin que los pueblos tengan voz ni voto en las decisiones que afectan sus vidas.
La clase trabajadora del mundo no debe confundir el fin de los bombardeos con el fin de la opresión. La guerra continúa en los salarios de hambre, en las condiciones de trabajo precarias, en el desmantelamiento de los servicios públicos y en la criminalización de la protesta social. La paz que necesita el pueblo no se firma en los salones de los hoteles de lujo; se construye en las calles, en las fábricas y en los barrios, con la organización y la lucha consciente contra el sistema que genera las guerras. La tregua de Ginebra es un respiro, no una victoria. Y la lucha por un mundo sin guerras ni explotación sigue siendo la tarea irrenunciable de los de abajo.
