Su ubicación sobre el estrecho de Bab el Mandeb, una de las principales puertas de entrada al Mar Rojo y al Canal de Suez, convierte al país en un territorio decisivo para el comercio mundial. Millones de barriles de petróleo y una parte significativa del intercambio entre Asia y Europa atraviesan diariamente ese corredor marítimo. Controlar Yemen significa influir sobre una arteria fundamental del capitalismo global.
Por Daniel Jadue
Durante demasiado tiempo Yemen ha sido presentado ante el mundo como una guerra civil entre facciones religiosas, un conflicto tribal o un escenario periférico dentro de las tensiones del Medio Oriente. Esa lectura, repetida hasta el cansancio por buena parte de los grandes medios occidentales, cumple una función ideológica muy precisa; ocultar que detrás de la tragedia yemení opera una de las expresiones más nítidas del imperialismo contemporáneo y de la disputa por el control de una de las posiciones geoestratégicas más importantes del planeta.
Desde una perspectiva marxista, las guerras nunca constituyen simples explosiones irracionales de violencia. Son la continuación de las contradicciones económicas por otros medios. Como señalaba Lenin, el imperialismo representa la fase superior del capitalismo precisamente porque la acumulación monopolista obliga a las grandes potencias a disputar mercados, materias primas, rutas comerciales y zonas de influencia. Yemen se encuentra exactamente en ese punto de convergencia.
Su ubicación sobre el estrecho de Bab el Mandeb, una de las principales puertas de entrada al Mar Rojo y al Canal de Suez, convierte al país en un territorio decisivo para el comercio mundial. Millones de barriles de petróleo y una parte significativa del intercambio entre Asia y Europa atraviesan diariamente ese corredor marítimo. Controlar Yemen significa influir sobre una arteria fundamental del capitalismo global.
Por eso la guerra jamás ha sido únicamente una cuestión interna.
La realidad actual muestra un país cuya vida política continúa determinada por la confrontación regional. Desde la perspectiva del gobierno establecido en Saná, Yemen ha dejado de concebirse como un conflicto exclusivamente nacional para integrarse explícitamente a una confrontación más amplia entre el denominado Eje de la Resistencia e Israel, Estados Unidos y sus aliados. El liderazgo político afirma que cualquier agresión contra Irán, el Líbano o Palestina forma parte de un mismo proyecto geopolítico y declara que Yemen responderá dentro de esa lógica regional.
Desde un enfoque marxista, este desplazamiento posee una explicación material. Ningún Estado actúa en el vacío. Las alianzas internacionales expresan también relaciones económicas, militares y estratégicas. En un escenario caracterizado por la decadencia relativa de la hegemonía estadounidense y la emergencia de un orden internacional más multipolar, Yemen aparece crecientemente integrado a las redes políticas y militares que buscan limitar el predominio occidental en la región.
Pero reducir el análisis únicamente a la geopolítica sería un error. La verdadera tragedia se expresa en la vida cotidiana de millones de trabajadores. Un análisis de la actualidad muestra una economía profundamente devastada. Los salarios del sector público permanecen suspendidos desde hace años para amplios sectores de la población, obligando a mecanismos de pagos parciales o intermitentes. Esa situación ha erosionado el poder adquisitivo, ampliado la pobreza y debilitado las redes de protección social. Documentos oficiales del gobierno de Sana atribuye esta realidad al bloqueo económico y a la prolongación de la guerra.
Desde una lectura marxista, el salario constituye mucho más que una remuneración. Representa el mecanismo mediante el cual el trabajador reproduce su fuerza de trabajo. Cuando millones de personas dejan de percibir ingresos estables durante años, no sólo se produce una crisis económica. Se destruye la capacidad misma de reproducción de la sociedad.
Esa destrucción aparece reflejada también en la magnitud de las pérdidas acumuladas que el informe atribuye a once años de guerra. Telecomunicaciones, agricultura, pesca, electricidad, agua, turismo, seguridad social y finanzas públicas muestran daños de enorme magnitud, mientras el documento denuncia intentos de apropiación de recursos minerales y el saqueo continuado del patrimonio arqueológico yemení.
La guerra, entonces, no destruye únicamente edificios. Destruye infraestructura productiva, memoria histórica, instituciones públicas y capacidades futuras de desarrollo.
Marx observaba que el capital necesita transformar continuamente el espacio para asegurar nuevas condiciones de acumulación. En Yemen esa lógica adquiere una forma particularmente brutal. La devastación de las capacidades productivas incrementa la dependencia externa y facilita el control político y económico de un territorio estratégico.
El drama alcanza su expresión más dolorosa en el plano humanitario.
Informes que recogen cifras de Naciones Unidas estiman que 22,3 millones de personas necesitan asistencia humanitaria, 18,6 millones padecen inseguridad alimentaria aguda y millones enfrentan graves dificultades para acceder a agua potable, atención sanitaria o nutrición adecuada. También señala que menos del sesenta por ciento de los centros de salud funcionan plenamente y que enfermedades prevenibles continúan propagándose en un contexto de deterioro de la infraestructura.
Estos datos recuerdan una de las observaciones más profundas de Rosa Luxemburgo. El imperialismo no sólo conquista territorios. También reorganiza las condiciones materiales de existencia de pueblos enteros, subordinándolas a la lógica de la acumulación y del poder geopolítico.
La dimensión humana del conflicto aparece condensada en los testimonios de la gente común y corriente. Funcionarios públicos que llevan años sin recibir salario, padres obligados a vender alimentos en la calle para sobrevivir, intelectuales que venden sus bibliotecas personales para alimentar a sus familias. Estas historias muestran que la guerra deja de ser una categoría militar para convertirse en una experiencia cotidiana de degradación de la vida.
Sin embargo, una lectura marxista rigurosa también debe evitar simplificaciones.No basta con denunciar el imperialismo.
También resulta necesario preguntarse qué proyecto de reconstrucción social podrá ofrecer Yemen cuando cesen los combates. La derrota del bloqueo, por sí sola, no resolverá automáticamente las contradicciones de clase existentes dentro del propio país. La reconstrucción exigirá instituciones capaces de garantizar derechos sociales, recuperar la capacidad productiva nacional, distribuir equitativamente los recursos y construir formas efectivas de soberanía económica.
Ése será probablemente el verdadero desafío histórico. La experiencia demuestra que las guerras contemporáneas no terminan cuando cesan los bombardeos. Continúan bajo la forma de endeudamiento, dependencia financiera, privatización de recursos estratégicos y subordinación tecnológica.
Por eso Yemen representa hoy mucho más que un conflicto regional. Constituye un espejo donde se reflejan algunas de las contradicciones centrales del capitalismo contemporáneo. Allí convergen la disputa imperial por corredores estratégicos, la militarización del comercio mundial, la destrucción sistemática de capacidades productivas nacionales y la utilización del sufrimiento humano como instrumento de presión política.
Mientras el mundo observa Yemen como una tragedia distante, el país pone de manifiesto una verdad que Marx había anticipado hace más de siglo y medio. El capital jamás organiza el espacio según las necesidades de los pueblos. Lo organiza según las necesidades de la acumulación. Cuando ambas entran en contradicción, la historia demuestra que las víctimas suelen ser siempre las mismas; los trabajadores, los campesinos, los niños y las mayorías populares que, sin haber decidido la guerra, terminan pagando íntegramente su costo.
Yemen constituye hoy una de las expresiones más dramáticas de esa lógica. Comprenderlo exige ir más allá de las explicaciones religiosas o geopolíticas aisladas. Exige reconocer que, detrás de la devastación, continúa operando una disputa por el poder económico y estratégico característica del capitalismo en su fase imperialista. Sólo desde esa comprensión será posible pensar una paz fundada en la soberanía de los pueblos y en la justicia social, y no únicamente en un alto el fuego entre actores militares.
