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El sueño de la reactivación se esfuma: la industria chilena se hunde un 5,1% y el gobierno de los patrones se queda sin argumentos

Ago 31, 2026

El Índice de Producción Industrial (IPI) registró en julio una caída interanual del 5,1%, la segunda más profunda de 2026, interrumpiendo el único respiro de junio y confirmando que el modelo de la derecha no genera crecimiento, sino destrucción. Mientras el biministro Daniel Mas intentaba vender señales de reactivación, la minería retrocedió un 7,2% y la manufactura encadenó su séptimo mes consecutivo a la baja, arrastradas por el desplome del 25,9% en la refinación de petróleo. La clase trabajadora, que ya soporta un desempleo del 9,4% y una inflación que devora sus salarios, paga el costo de una política que privilegia el saqueo fiscal por sobre la soberanía productiva.

Por Equipo El Despertar

Santiago de Chile. Poco duró el espejismo. Tras el alza del 1,3% de junio —el único mes en azul de los últimos diez—, la producción industrial chilena volvió a desplomarse con una contundencia que debería hacer reflexionar a los tecnócratas de La Moneda. El Instituto Nacional de Estadísticas (INE) informó este lunes que el IPI retrocedió un 5,1% interanual en julio, la segunda contracción más profunda de 2026, solo superada por el 7,5% de mayo, y deja el acumulado enero-julio con una caída del 3,2%.

La noticia, conocida un día antes de que el Banco Central publique el Imacec de julio, desbarata cualquier intento del gobierno de José Antonio Kast de instalar la narrativa de la “reactivación”. Las expectativas del mercado, que antes de los datos sectoriales proyectaban un crecimiento en torno al 1%, ahora deberán ajustarse a una realidad mucho más sombría.

La debacle de la minería y la manufactura: el corazón del modelo extractivista se para

El desplome del IPI fue liderado por dos de los tres sectores que lo componen. La minería, el sector estrella del modelo extractivista chileno, cayó un 7,2% interanual, con la minería metálica retrocediendo un 10,7% debido a una menor extracción y procesamiento de cobre. El INE atribuyó la caída a “condiciones climáticas desfavorables en la zona norte” y a “mantenciones en importantes faenas”. Pero la explicación técnica no oculta la vulnerabilidad estructural de una economía que depende de un solo metal para sostener su crecimiento.

La industria manufacturera, por su parte, encadenó su séptimo mes consecutivo de caídas interanuales, un registro que no se veía desde el período entre abril de 2022 y mayo de 2023. El IPMan retrocedió un 4,9%, con 14 de las 20 divisiones que lo componen en terreno negativo. El golpe más duro vino de la fabricación de coque y productos de la refinación del petróleo, que se desplomó un 25,9% debido a factores climáticos que afectaron la producción de gasolinas y diésel. La fabricación de maquinaria y equipo también cayó un 20%, asociada a un descenso en las ventas provenientes de adjudicaciones.

La hipocresía de la “reactivación”: un plan que no existe para una crisis que no quieren ver

El biministro de Economía, Daniel Mas, ha intentado instalar la narrativa de que el gobierno tiene un plan de reactivación. En abril, durante una visita al Biobío, prometió medidas como la rebaja del impuesto corporativo al 23% y la simplificación administrativa para “romper la inversión”. En julio, el gobierno anunció un plan para crecer al 4% y generar 300 mil empleos. Pero las cifras del IPI demuestran que la “reactivación” es un espejismo que se estrella contra la realidad de un modelo que prioriza el extractivismo por sobre el desarrollo productivo.

La paradoja es brutal. La misma administración que encontró tiempo y recursos para aprobar una megareforma que transfiere 4.000 millones de dólares anuales a las grandes empresas, que recortó la gratuidad universitaria y desfinanció la salud pública, que anunció un ajuste fiscal de 6.000 millones de dólares, ahora no tiene respuestas para una industria que se desangra. La rebaja del impuesto corporativo no ha generado inversión productiva; ha engrosado las ganancias de los grupos económicos que ya controlan el país. La simplificación administrativa no ha destrabado proyectos; ha allanado el camino para el saqueo de los recursos naturales.

La clase trabajadora paga el costo de la debacle

Detrás de las cifras del IPI hay una realidad que la prensa hegemónica prefiere ignorar. La caída de la producción industrial no es un fenómeno abstracto; se traduce en despidos, en cierre de fábricas, en precarización de las condiciones de trabajo. La clase trabajadora, que ya soporta un desempleo del 9,4% —el más alto en cinco años— y una inflación que devora sus salarios, es la principal víctima de un modelo que privilegia la extracción de recursos por sobre la creación de valor agregado.

La dependencia del cobre y del litio no es una estrategia de desarrollo; es una condena de clase. Cuando el precio del cobre sube, los grupos económicos engordan sus ganancias. Cuando baja o la producción se resiente, toda la economía se tambalea y los trabajadores pagan el ajuste. El 25,9% de caída en la refinación de petróleo no es un problema técnico; es la manifestación de una política energética que ha entregado el control de los recursos estratégicos al capital privado.

La función de clase del modelo extractivista

Desde una perspectiva marxista, la debacle industrial de julio no es un accidente ni un fenómeno climático. Es la consecuencia lógica de un modelo económico que ha priorizado la extracción de recursos naturales por sobre el desarrollo productivo, la concentración de la riqueza por sobre la distribución, y la ganancia del capital por sobre el bienestar de la clase trabajadora. El gobierno de Kast, al profundizar el modelo extractivista y regalar el Estado al capital, no está gestionando una crisis; está profundizando un sistema de explotación.

El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, afirmó hace unos días que “la economía ha pasado a repuntar en el último trimestre” y que “no hay ninguna necesidad de bajar la tasa de interés”. Pero las cifras del IPI desmienten su optimismo. El repunte de junio fue un espejismo, un rebote aislado que no logró sostenerse. La economía chilena sigue atrapada en la lógica del “serrucho”, con caídas y alzas que no modifican la tendencia de fondo: un modelo que no puede generar crecimiento sostenido que beneficie a la mayoría.

Epílogo: el ajuste de los de arriba y el abandono de los de abajo

La caída del 5,1% en la producción industrial es una derrota para el gobierno de Kast, pero no es el fin de la crisis. La misma lógica que guió la megareforma tributaria es la que ha llevado a la debacle industrial: la prioridad del capital por sobre el trabajo, de la extracción por sobre la producción, de la ganancia por sobre la vida. La clase trabajadora no debe dejarse engañar por las promesas de reactivación de un gobierno que no tiene plan ni voluntad para cambiar el rumbo.

Mientras los ministros celebran el “punto de inflexión” y los grupos económicos se embolsan el botín de la megareforma, los trabajadores siguen esperando que sus salarios alcancen para llegar a fin de mes. La caída de la producción industrial no es un fenómeno natural; es el resultado de décadas de políticas que han entregado la riqueza del país a los grupos económicos. La única salida no es esperar que el capital resuelva la crisis, sino organizarse para construir un modelo económico que ponga la vida de los de abajo por encima de las ganancias de los de arriba.

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