La reciente travesía del jefe de la diplomacia estadounidense por Colombia, Ecuador y Perú devela el intento de Washington por disciplinar su Patio Trasero mediante tratados de dependencia militar, subordinación tecnológica y la contención de la influencia del capital asiático.
Por Equipo El Despertar
El recorrido oficial del secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, por la franja andina y sudamericana no representa una inocente misión de “cooperación bilateral” ni un gesto desinteresado de “asistencia técnica”. Desde la perspectiva del materialismo histórico, el despliegue del máximo operador diplomático del imperio norteamericano constituye la actualización contemporánea de la Doctrina Monroe. Ante la pérdida de viabilidad del orden unilateral anglosajón, Washington busca recomponer a la fuerza su zona de influencia exclusiva en Nuestra América, instrumentalizando la retórica del “combate al narcotráfico” y la “seguridad regional” para garantizar el control sobre los recursos estratégicos, los mercados cautivos y las rutas comerciales del continente.
La dinámica de las reuniones con gobiernos serviles en Bogotá, Quito y Lima expone con claridad la función de los Estados periféricos como administradores subordinados del capital transnacional. Bajo la excusa de la contención del crimen organizado, la gira se tradujo en compromisos millonarios de compra de armamento —como la adquisición de cazas F-16 y la modernización de infraestructura portuaria militar en Perú—, así como en la firma de acuerdos que imponen la transferencia de datos y la adopción exclusiva de plataformas de inteligencia artificial desarrolladas por monopolios de Silicon Valley. Estas medidas no buscan resolver la violencia estructural que desgarra a las clases populares sudamericanas, sino asegurar la penetración del complejo militar-industrial estadounidense y el sometimiento cibernético-tecnológico de las instituciones locales.
En el fondo de esta embestida diplomática subyace la contradicción inter-imperialista que enfrenta a los centros del capital occidental contra la expansión económica de la República Popular China y el bloque del BRICS en la región. Como señalara Vladimir Lenin en su célebre análisis sobre el imperialismo como fase superior del capitalismo: «El capital financiero no quiere la libertad, sino la dominación; busca la posesión de las fuentes de materias primas y la hegemonía sobre los territorios para neutralizar a sus competidores en la repartición del mundo». El condicionamiento impuesto a los gobiernos locales para desplazar las inversiones extrahemisféricas es la prueba palmaria de que el imperialismo no tolera la soberanía nacional de los pueblos cuando esta amenaza las tasas de ganancia y el dominio geopolítico del dólar.
Frente a la narrativa hegemónica que intenta presentar la presencia norteamericana como un bálsamo de estabilidad, las protestas populares que recibieron al funcionario estadounidense desnudaron la memoria resistente de las masas. La presencia y la proyección imperial en nuestro continente no son un dato inmutable de la causa, sino un fenómeno de dominación de clase que se sostiene a costa de la devastación socioambiental y la represión a las organizaciones sociales. Romper las cadenas del neocolonialismo exige develar estas giras panamericanistas como lo que son: maniobras desesperadas de un imperio en decadencia para amarrar la soberanía del continente a sus intereses corporativos.
El contenido de las negociaciones de seguridad, venta de armamento y acuerdos bilaterales sostenidos durante este despliegue regional fue cubierto por Llegada de Marco Rubio, secretario de Estado de EE. UU. a Colombia, video que resulta directamente relevante para apreciar los aspectos protocolares y la cobertura mediática de la llegada de la comitiva imperial al territorio sudamericano.
