Para quienes nos formamos en el materialismo histórico y en la convicción de que la transformación social exige un análisis riguroso de la realidad concreta, Cabral sigue siendo una luz imprescindible. Su aguda lectura como profesional de la tierra le permitió comprender que la liberación no se importa ni se copia mecánicamente de las recetas de los centros industriales. Exige conocer la estructura productiva, las contradicciones de clase, las alianzas entre el campesinado, la juventud y las capas populares. Y, sobre todo, exige hacerse la pregunta que la socialdemocracia y el liberalismo siempre buscan eludir: ¿quién controla las condiciones materiales de existencia al día siguiente de la proclamación jurídica?
Por Daniel Jadue
Cada 24 de septiembre no solo recordamos un episodio heroico en la geografía del África occidental; conmemoramos una lección urgente de dignidad y teoría revolucionaria para todos los pueblos del Sur Global. Hace más de cinco décadas, en las zonas liberadas de Boé, la Asamblea Nacional Popular convocada por el PAIGC proclamó la independencia de Guinea-Bissau frente al colonialismo portugués. No se trató de un acto protocolar concedido por la metrópoli en los salones de Europa, sino de un acto de soberanía popular conquistado con la fuerza de las masas y la lucidez ideológica.
Ocho meses antes de esa alborada, las balas del imperialismo cobraron la vida de Amílcar Cabral. Creyeron que asesinando al agrónomo, al estratega, al marxista africano, liquidaban el proyecto emancipador. Qué profunda ceguera. Cabral ya había sembrado en el pueblo guineano una verdad que trasciende continentes y épocas: la descolonización no se agota jamás en el recambio de una bandera colonial por una bandera nacional, ni en la sustitución de administradores extranjeros por burócratas locales.
Para quienes nos formamos en el materialismo histórico y en la convicción de que la transformación social exige un análisis riguroso de la realidad concreta, Cabral sigue siendo una luz imprescindible. Su aguda lectura como profesional de la tierra le permitió comprender que la liberación no se importa ni se copia mecánicamente de las recetas de los centros industriales. Exige conocer la estructura productiva, las contradicciones de clase, las alianzas entre el campesinado, la juventud y las capas populares. Y, sobre todo, exige hacerse la pregunta que la socialdemocracia y el liberalismo siempre buscan eludir: ¿quién controla las condiciones materiales de existencia al día siguiente de la proclamación jurídica?
Esta es la misma encrucijada que cruza la historia de Nuestra América, desde las reflexiones de José Carlos Mariátegui hasta las luchas contemporáneas de nuestros pueblos. La independencia formal es un paso necesario, pero sin soberanía económica, sin autodeterminación sobre nuestros recursos naturales y sin la destrucción de las relaciones de dependencia con el capital transnacional, la soberanía se convierte en una cáscara vacía. La experiencia posterior de Guinea-Bissau —con los cercos económicos y los límites impuestos por el orden neocolonial— demuestra con dolorosa claridad que el imperialismo no se retira, solo muta de forma.
A esto se suma la dimensión cultural que Cabral y Frantz Fanon denunciaron con fuerza. El colonialismo no solo despoja tierras y explota brazos; busca intencionadamente mutilar la identidad, infundir un complejo de inferioridad y subordinar la cultura popular a los valores de la clase dominante. Romper esas cadenas exige una “reconexión con la propia historia”, una batalla de ideas crítica donde el pueblo no solo recupere su memoria, sino que decida de manera autónoma su propio horizonte de desarrollo.
Mirar hoy el 24 de septiembre de 1973 desde Chile y Latinoamérica no es un ejercicio de nostalgia historiográfica; es un imperativo político. En tiempos donde el capital transnacional intenta reimponer doctrinas de seguridad y tutelas geopolíticas sobre nuestros territorios, la figura de Amílcar Cabral nos recuerda que la verdadera independencia es un proceso continuo de construcción de poder popular. Conquistar la soberanía política es apenas el comienzo; convertirla en justicia social, pan, cultura y capacidad real de nuestro pueblo para decidir su destino es la tarea que sigue pendiente.
