El colapso en los fondos de asistencia de la ONU no responde a una súbita “falta de recursos globales”, sino a la decisión calculada de las potencias centrales de reorientar el plusvalor público hacia el complejo militar-industrial y la salvaguardia del capital financiero.
Por Equipo El Despertar
La narrativa hegemónica difundida por la diplomacia occidental y las agencias internacionales intenta encuadrar la dramática parálisis de la ayuda humanitaria como un trágico “desinterés global”, una “fatiga de los donantes” o una desafortunada coincidencia de crisis simultáneas. Sin embargo, el examen de este fenómeno desde las premisas del materialismo histórico desmiente tales abstracciones morales. La brecha histórica en el financiamiento de las Naciones Unidas no es un accidente operativo; es la manifestación concreta de cómo la diplomacia del asistencialismo burgués naufraga cuando el capital monopolista exige concentrar todos los recursos estatales en la preparación de conflictos interimperialistas y en la preservación de las tasas de ganancia en los países centrales.
Las instituciones multilaterales creadas tras la Segunda Guerra Mundial han operado históricamente como dispositivos de contención social y apaciguamiento en la periferia agredida por el capitalismo global. La llamada “ayuda humanitaria” funciona como un paliativo asistencial que atenúa de forma temporal los efectos más devastadores de la acumulación por desposesión, el despojo colonial y las guerras de rapiña. Cuando los presupuestos estatales de las potencias imperialistas recortan drásticamente sus aportes a estos fondos, se pone al desnudo el carácter instrumental de la caridad institucional: la vida de las poblaciones precarizadas en el Sur Global solo es objeto de “atención” cuando su sostenimiento mínimo sirve para estabilizar los mercados locales o sofocar revueltas que amenacen la circulación mercantil.
La supuesta “escasez de fondos” alegada por los gobiernos del centro imperialista contrasta de forma escandalosa con los desembolsos multimillonarios destinados al rearmamento y al subsidio de corporaciones energéticas y tecnológicas. Como señalaba Karl Marx en el tomo I de El Capital: «El capital no experimenta el menor reparo ante la salud y la duración de la vida del trabajador, a menos que la sociedad lo obligue a ello». En la etapa actual de decadencia sistémica, los Estados que integran el núcleo del capital transnacional han decidido canalizar la plusvalía capturada mediante la tributación directamente hacia la industria bélica y el pago de intereses de sus deudas soberanas, transfiriendo el coste de la austeridad fiscal tanto a su propia clase trabajadora como a los pueblos reducidos a la miseria por sus políticas neocoloniales.
Para el proletariado internacional y los pueblos desposeídos, la quiebra del modelo humanitario de la ONU contiene una lección política fundamental. La supervivencia y el bienestar de las masas no pueden depender de las migajas excedentes de la burguesía mundial ni de la caridad calculada de las potencias que provocan el despojo. Frente a las ilusiones de una “paz” administrada por la burocracia de las Naciones Unidas, se vuelve imprescindible la organización autónoma de la clase trabajadora a escala transnacional para combatir la raíz última de la miseria social: la lógica inclemente de la acumulación capitalista y la dominación imperialista.
