La retirada de la potencia norteamericana marca el agotamiento del modelo de ocupación militar directa para dar paso a una reconfiguración de la explotación periférica y a una agudización de las disputas interimperialistas.
Por Equipo El Despertar
El anuncio de la retirada definitiva de las fuerzas militares de Estados Unidos de suelo iraquí no debe interpretarse como un acto de benevolencia ni como el fin de la injerencia extranjera, sino como el reconocimiento implícito de los límites del capital financiero globalizado y de su aparato militar para sostener consensos por la vía de la fuerza bruta. Transcurridas más de dos décadas desde la invasión de 2003 —emprendida bajo el ropaje ideológico de la “democratización” pero orientada en verdad a la apropiación de los recursos hidrocarburíferos y al control geopolítico de las rutas del comercio energético—, la burguesía estadounidense se ve obligada a replegar sus tropas terrestres. Este movimiento obedece tanto al desgaste estructural de su hegemonía interna como a la incapacidad de resolver las contradicciones locales generadas por el propio régimen semicolonial que Washington instaló, el cual sumió al pueblo iraquí en la fragmentación sectaria y la miseria social para garantizar la extracción de plusvalía.
Desde la perspectiva del materialismo histórico, las intervenciones de las potencias centrales no responden a imperativos éticos ni a la “seguridad global”, sino a las necesidades del ciclo de acumulación. Al respecto, conviene recordar lo planteado por Vladimir Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo, donde advertía que “los capitalistas se reparten el mundo no por su maldad particular, sino porque el grado de concentración a que se ha llegado les obliga a seguir este camino para obtener beneficios”. En el contexto contemporáneo, el coste económico y político de mantener una presencia militar permanente en Irak ha dejado de saldar rentablemente los intereses del complejo militar-industrial y de las corporaciones petroleras angloamericanas. El repliegue físico, por ende, no es un abandono de la dominación, sino una transición hacia formas indirectas de control económico, financiero y tecnológico, que desplazan la violencia explícita hacia mecanismos de sometimiento por la vía de la deuda externa y la dependencia estructural.
El vacío que deja la presencia directa de las tropas norteamericanas acelera un reordenamiento de la geopolítica regional, transformando a Irak en el centro de gravedad donde colisionan las ambiciones de burguesías emergentes e imperialismos competidores. Por un lado, la influencia de Teherán se afianza a través de redes políticas y paramilitares integradas en el propio aparato estatal iraquí, mientras que potencias como China amplían agresivamente su penetración mediante inversiones en infraestructura y contratos energéticos a largo plazo. Este escenario desmiente las narrativas burguesas occidentales que presentan la salida de EE.UU. como un triunfo automático del “caos” o de la “libertad”; por el contrario, lo que se configura es una redistribución de las zonas de influencia entre bloques de capital rivales, donde la clase trabajadora local continúa excluida del control sobre sus propios medios de producción y sus recursos naturales.
En última instancia, el impacto de este reordenamiento no alterará la condición periférica de la región mientras las clases dominantes árabes, persas y turcas sigan actuando como intermediarias del capital transnacional. Como señalaba Karl Marx en El Capital, “el monopolio del capital se convierte en un grillete del modo de producción que ha florecido con él y bajo él”. La verdadera emancipación del pueblo iraquí y del Próximo Oriente no vendrá de la mano de la sustitución de un amo imperialista por otro, sino de la capacidad de las masas trabajadoras para superar las divisiones étnicas y religiosas impuestas desde arriba, recuperando la soberanía sobre sus recursos y desarticulando el entramado de explotación que las burguesías local e internacional han perpetuado a costa de su desarrollo social.
