El desplome del indicador mensual de actividad económica desmiente las promesas de dinamismo del modelo neoliberal chileno, revelando cómo la desaceleración de la acumulación es utilizada por la burguesía para intensificar la precarización, contener los salarios y preservar la tasa de ganancia.
Por Equipo El Despertar
Las crónicas financieras de la prensa corporativa y los analistas del gran capital han reaccionado con alarma ante la vertiginosa caída del Indicador Mensual de Actividad Económica (IMACEC) en Chile, apresurándose a catalogar el fenómeno como un “freno inesperado”, un “deterioro de las expectativas” o el resultado de un “mal clima para las inversiones”. Sin embargo, la economía política marxista exige rasgar el velo de la retórica monetarista. El desplome de la producción no es un mero desajuste coyuntural ni un accidente macroeconómico, sino el síntoma visible de las contradicciones estructurales del capitalismo primario-exportador chileno, cuya incapacidad para sostener la tasa general de ganancia termina saldándose, invariablemente, mediante el estrangulamiento de las condiciones de vida de la clase trabajadora.
El estancamiento o la contracción en sectores clave como la industria manufacturera, el comercio y la construcción expone los límites de un modelo fundado en la reprimarización extractivista y el endeudamiento de los hogares. Mientras los voceros de las patronales —como la Sofofa y la CPC— utilizan las cifras negativas del IMACEC para presionar por nuevas “reformas de flexibilidad laboral”, rebajas tributarias al capital y el desmantelamiento de regulaciones ambientales, la realidad para el proletariado es el aumento incesante de la desocupación abierta y el encubrimiento del desempleo mediante el empleo informal precarizado. En El Capital, Karl Marx ponía al descubierto la función que cumple la desaceleración productiva dentro del ciclo económico:
“El ejército industrial de reserva, durante los períodos de estancamiento y de prosperidad media, ejerce una presión sobre el ejército de trabajadores activos, al paso que pone un freno a sus exigencias durante los períodos de superproducción y de paraclismo.”
En el Chile contemporáneo, la caída del IMACEC opera exactamente bajo esta lógica de clase. La sombra de la recesión es instrumentalizada por las cúpulas empresariales como una disciplina disciplinadora contra el movimiento sindical: se congelan las negociaciones colectivas, se justifican despidos masivos bajo la premisa de las “necesidades de la empresa” y se impone un estancamiento del salario real que no logra compensar el costo del costo de la vida. Para la masa asalariada, el “mal rendimiento económico” no se traduce en pérdidas de abultados dividendos como los de los grandes grupos económicos, sino en la imposibilidad de llegar a fin de mes, en el sobreendeudamiento bancario para cubrir bienes de primera necesidad y en la precarización de la salud y la vivienda.
Frente a la narrativa hegemónica que llama a la clase trabajadora a “apretarse el cinturón” en nombre del “crecimiento nacional”, el análisis materialista reafirma que no existe una comunidad de intereses entre explotadores y explotados. La crisis de rentabilidad del capital no debe ser amortiguada a costa de la miseria obrera. La respuesta ante la caída de los indicadores económicos del régimen burgués no puede ser la resignación ni el sacrificio popular para salvar los beneficios patronales, sino la organización autónoma de las y los trabajadores para exigir que la crisis la paguen los grandes grupos monopolistas y para avanzar decididamente hacia el control de la producción en función de las necesidades sociales.
