Mié. Sep 30th, 2026

Pactos entre potencias: La respuesta de Washington a Teherán y la administración de la violencia en Oriente Medio

Sep 30, 2026

El intercambio diplomático sobre la tregua de siete días expone la estrategia del imperialismo estadounidense para ganar tiempo táctico, estabilizar los mercados energéticos y reordenar sus fuerzas en la región.

Por Equipo El Despertar

La respuesta formal emitida por el gobierno de Estados Unidos a la propuesta iraní de un cese al fuego de siete días no debe interpretarse a través del prisma de la diplomacia burguesa como un gesto de “búsqueda de la paz” o un triunfo del “diálogo multilateral”. Mientras los medios hegemónicos presentan la negociación como un dilema moral entre la moderación y la beligerancia, el análisis desde el materialismo histórico revela que el intercambio de notas diplomáticas es simplemente la continuación de la guerra por otros medios. La pausada respuesta de Washington responde a una necesidad estrictamente táctica: recalibrar el despliegue de sus activos militares, dar respiro al capital financiero expuesto a la volatilidad de los precios del petróleo y coordinar los siguientes pasos con sus aliados subimperiales en la región, sin alterar en lo más mínimo la estructura de dominación que ahoga a los pueblos de la zona.

Para el imperialismo norteamericano, las treguas temporales y los periodos de “desescalada” no son compromisos definitivos con el bienestar de la población civil, sino instrumentos para administrar los costes económicos de la confrontación militar. Como explicaba Vladimir Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo, “las alianzas pacíficas preparan las guerras y, a su vez, surgen de las guerras, condicionándose recíprocamente y engendrando una alternancia de formas de lucha pacífica y no pacífica sobre una misma base de relaciones imperialistas”. En este sentido, la propuesta de siete días aceptada o condicionada por la administración estadounidense funciona como un paréntesis de reorganización logística que preserva intacta la hegemonía del capital transnacional sobre las rutas marítimas estratégicas y los yacimientos de hidrocarburos.

Por su parte, Teherán utiliza estas iniciativas diplomáticas para aliviar la presión militar externa y desactivar momentáneamente la crisis socioeconómica interna que afecta a la clase trabajadora iraní, castigada tanto por las sanciones económicas de Occidente como por la explotación de su propia burguesía nacional. Lejos de representar un polo revolucionario o antiimperialista consecuente, la cúpula gobernante en Irán negocia las condiciones de la tregua para consolidar su posición de fuerza en la mesa de reparto regional. La supuesta búsqueda de “estabilidad” por ambas partes no busca más que proteger las tasas de ganancia de los respectivos bloques de capital y evitar un colapso generalizado que pueda desencadenar la insurrección de las masas desposeídas.

En última instancia, la tregua formalizada bajo el patrocinio de las potencias no transformará las condiciones de opresión ni detendrá la maquinaria de guerra mientras el Próximo Oriente siga subordinado a la lógica de la acumulación imperialista. Como señalaba Karl Marx en El Capital, “el capital tiene un solo impulso vital: el impulso de valorizarse, de crear plusvalor”, un objetivo que el complejo militar-industrial y las corporaciones multinacionales persiguen tanto mediante la destrucción bélica como mediante la reconstrucción posterior. La verdadera desescalada de la violencia no vendrá de los acuerdos firmados en los despachos diplomáticos de Washington o Teherán, sino de la solidaridad internacional de la clase trabajadora y de su capacidad para combatir, de manera independiente, a todas las burguesías que lucran con la guerra.

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