La administración Trump confirmó esta semana la imposición de un arancel del 25% sobre la mayoría de los productos brasileños que ingresan a Estados Unidos, en una escalada que golpea de lleno la economía popular brasileña y busca inclinar la balanza electoral a favor de la ultraderecha local. La medida, que afectará a más de 3.000 artículos y pone en riesgo más de US$11.000 millones en exportaciones, ha sido denunciada por el gobierno de Lula da Silva como una acción “injusta”, “ilegal” y políticamente motivada por la alianza entre la Casa Blanca y la familia Bolsonaro. Mientras el imperio estadounidense utiliza su poderío económico como un ariete para condicionar la soberanía de las naciones y someter a los gobiernos que no se pliegan a sus designios, la clase trabajadora brasileña asiste a una nueva demostración de que el libre mercado es un mito: el capital solo cree en la libertad cuando le conviene, y cuando no, recurre al proteccionismo, la coerción y el chantaje para imponer sus intereses.
Por Equipop El Despertar
Brasilia. El miércoles 15 de julio de 2026 quedará grabado en la historia de las relaciones entre Brasil y Estados Unidos como un “hito lamentable”. Ese día, la administración Trump confirmó la aplicación de un arancel del 25% sobre la mayoría de los productos brasileños, una medida que el propio gobierno de Lula calificó como un acto de “agresión comercial” sin justificación.
El golpe no es menor. La medida, que entrará en vigor el 22 de julio, afecta a aproximadamente 3.000 productos y representa cerca del 18% de las exportaciones de Brasil, un impacto estimado en US$7.400 millones** según datos del ministerio de Industria. La Cámara de Comercio Americana en Brasil elevó la cifra a más de **US$11.000 millones en exportaciones industriales y del agronegocio afectadas. La Casa Blanca justificó el tarifazo bajo la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, argumentando que Brasil mantiene prácticas “irrazonables” que restringen el comercio estadounidense.
La lógica del saqueo: el imperio contra la soberanía
Lo que la retórica oficial de Washington oculta es la verdadera naturaleza de esta ofensiva: un acto de coerción imperialista para doblegar a un gobierno que se niega a subordinarse a los intereses del capital estadounidense. El gobierno de Trump, que ha hecho del unilateralismo y la agresión comercial su sello de fábrica, busca castigar a Brasil por no plegarse a sus exigencias.
El canciller brasileño, Mauro Vieira, fue categórico al denunciar que Estados Unidos exigió una “capitulación” durante las negociaciones. “Claramente, lo que incomoda al gobierno de Estados Unidos es el hecho de que Brasil no se haya doblegado a las pretensiones desmedidas y a las demandas irrazonables”, declaró. Y añadió que el secretario de Estado, Marco Rubio, había realizado declaraciones “inaceptables, ofensivas para el gobierno y el pueblo brasileño”.
El comunicado de la Presidencia brasileña fue lapidario: “No existe justificación para adoptar medidas unilaterales contra nuestro país. Según estadísticas del propio Gobierno estadounidense, Estados Unidos acumuló en los últimos 15 años un superávit de 424.500 millones de dólares en el comercio con Brasil”. Además, recordó que en 2025, el 76% de las importaciones desde Estados Unidos entraron a Brasil libres de aranceles, y que el gravamen promedio aplicado a productos estadounidenses fue de apenas el 3.1%. La acusación de “prácticas desleales” es, en los hechos, una farsa.
La traición de la élite: los Bolsonaro como lacayos del imperio
El arancel no es solo una agresión externa; es también el resultado de una alianza interna entre la ultraderecha brasileña y la Casa Blanca. Lula ha sido explícito al señalar a la familia Bolsonaro como los responsables del “tarifazo”. En julio de 2025, Trump ya había impuesto aranceles de hasta el 50% como represalia por el juicio en el que Jair Bolsonaro fue condenado a 27 años de prisión por intentar un golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022. La ofensiva arancelaria, entonces como ahora, tuvo una clara motivación política: castigar a Lula y favorecer a los Bolsonaro.
El senador Flávio Bolsonaro, principal opositor de Lula en la carrera presidencial de octubre, no perdió tiempo en sumarse al coro de Washington. En redes sociales, calificó a Lula como un “peligro para nuestra nación” y lo acusó de ser un “Biden de mal humor”. La Federación de Industrias de São Paulo (FIESP), una de las principales asociaciones empresariales de Brasil, también apuntó sus dardos contra el mandatario, acusándolo de generar “fricciones diplomáticas innecesarias” y carecer de “alineamiento político con Washington”.
La hipocresía es total. Los mismos que se llenan la boca con discursos de “libre mercado” y “libertad económica” aplauden ahora las medidas proteccionistas de Trump, siempre que estas sirvan para debilitar a un gobierno progresista. Para la élite empresarial brasileña, la soberanía nacional es un concepto intercambiable: se defiende cuando conviene a sus negocios, y se sacrifica cuando se trata de alinearse con el imperio.
La respuesta de la dignidad: Lula y la “guerra de la verdad”
Lejos de arrodillarse, el gobierno de Lula ha respondido con la entereza de quien sabe que la historia lo respalda. El mandatario anunció que Brasil iniciará “inmediatamente” los trámites para aplicar la Ley de Reciprocidad, aprobada por el Congreso en abril de 2025, que autoriza restricciones a las importaciones desde países que adopten medidas unilaterales. Además, el país recurrirá al mecanismo de solución de controversias de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
Pero Lula ha ido más allá de las medidas técnicas. Ha planteado la disputa en el terreno de las ideas, en lo que ha llamado una “guerra de la verdad”. “Brasil no tiene ningún interés de hacer la guerra. Aquí somos gente de paz. La guerra que quiero hacer con él (Trump) es la guerra de la narrativa, es la guerra de la verdad”, afirmó en Río de Janeiro. En un gesto de dignidad que contrasta con la arrogancia de Washington, invitó a Trump a explicar públicamente el arancel: “Voy a esperar para hablar del ‘tarifazo’, (lo haré) cuando Trump lo haga. Cuando Trump hable, yo hablaré. Si Trump no habla, no hablaré porque vamos a demostrar que, en lo que respecta a Brasil, nadie gana mintiendo”.
La función de clase del arancel
Desde una perspectiva marxista, esta escalada arancelaria no es un conflicto entre dos naciones en pie de igualdad, sino la expresión de la lucha interimperialista por el control de los recursos y los mercados. Estados Unidos, en su rol de potencia hegemónica, utiliza su poderío económico para disciplinar a los países que desafían su dominio y para proteger los intereses de sus corporaciones.
El ataque de Washington no es contra el “libre comercio”, sino contra la soberanía de Brasil. Las exenciones otorgadas a 2.100 productos —entre ellos carne, café, petróleo y tierras raras— revelan la verdadera agenda: proteger los intereses del capital estadounidense mientras se castiga a un gobierno que ha osado defender su soberanía y su sistema de pagos PIX, precisamente uno de los blancos de la investigación de la USTR. El PIX, un sistema de pagos electrónicos que democratizó el acceso financiero en Brasil, es una amenaza para la hegemonía de las grandes corporaciones financieras estadounidenses.
La respuesta de Lula, lejos de ser una provocación, es un acto de resistencia. Al negarse a capitular, el mandatario brasileño está defendiendo no solo los intereses de su país, sino también la posibilidad de que las naciones del Sur Global ejerzan su soberanía sin la tutela del imperio. La clase trabajadora brasileña y latinoamericana debe leer esta disputa con otros ojos: no se trata de un conflicto comercial abstracto, sino de una lucha de clases a escala global, donde el capital financiero estadounidense intenta imponer su dominio por la fuerza.
