Sáb. Jul 18th, 2026

Editorial | Gladys Marín, la mujer que hizo de la esperanza una forma de lucha

Jul 18, 2026

Gladys conoció el exilio interior de la clandestinidad, el dolor de la desaparición de su compañero Jorge Muñoz, la persecución política, la prisión y la difamación. Sin embargo, jamás permitió que el odio sustituyera a la convicción. Comprendía que la fuerza de una causa no reside en la capacidad de destruir al adversario, sino en la posibilidad de construir un país más justo para todos. Su lucha nunca estuvo impulsada por el resentimiento; estuvo guiada por una profunda confianza en el ser humano y en la capacidad del pueblo organizado para transformar la historia.

Por Editor El Despertar

Cada 18 de julio no recordamos únicamente el nacimiento de Gladys Marín Millie. Recordamos el nacimiento de una manera de entender la política; aquella que no se mide por los cargos alcanzados ni por los triunfos electorales, sino por la consecuencia con que se enfrenta la injusticia y por la capacidad de mantener la esperanza incluso cuando todo parece perdido.

En tiempos donde la política suele confundirse con cálculo, marketing o administración de lo posible, la figura de Gladys emerge con una fuerza extraordinaria. No porque perteneciera a un pasado idealizado, sino porque encarnó una ética cuya vigencia resulta hoy más necesaria que nunca. Su vida fue la demostración de que la coherencia no es una consigna, sino una práctica cotidiana. Nunca renunció a sus convicciones para hacerlas compatibles con la comodidad del momento. Prefirió asumir los costos de defender a los trabajadores, a los pobres y a los perseguidos antes que transar los principios que daban sentido a su militancia.

Gladys conoció el exilio interior de la clandestinidad, el dolor de la desaparición de su compañero Jorge Muñoz, la persecución política, la prisión y la difamación. Sin embargo, jamás permitió que el odio sustituyera a la convicción. Comprendía que la fuerza de una causa no reside en la capacidad de destruir al adversario, sino en la posibilidad de construir un país más justo para todos. Su lucha nunca estuvo impulsada por el resentimiento; estuvo guiada por una profunda confianza en el ser humano y en la capacidad del pueblo organizado para transformar la historia.

Su vida constituye una síntesis de algunas de las mejores tradiciones del movimiento popular chileno. La convicción de Luis Emilio Recabarren respecto de la organización consciente de la clase trabajadora; la certeza de Salvador Allende de que la democracia debía servir para ampliar derechos y no para administrarlos; la firmeza internacionalista que hizo de la solidaridad con todos los pueblos una obligación ética y política.

Cuando la dictadura intentó borrar la memoria de Chile mediante el terror, Gladys fue una de las voces que se negó a aceptar el silencio. Mientras muchos optaban por la resignación o el acomodo, ella sostuvo que la defensa de los derechos humanos no podía ser objeto de negociación. Comprendió que sin verdad y sin justicia no existe reconciliación posible, porque la paz fundada sobre la impunidad termina siendo apenas una prolongación de la violencia por otros medios.

Pero reducir su legado a la resistencia contra la dictadura sería cometer una injusticia histórica. Gladys también fue una crítica temprana del neoliberalismo, al advertir que la democracia pierde contenido cuando la riqueza se concentra en pocas manos, cuando la salud, la educación o la vivienda se convierten en mercancías y cuando el mercado pretende ocupar el lugar que corresponde a la política. Su defensa de los derechos sociales no respondía a una aspiración asistencialista; nacía de la convicción de que la dignidad humana no puede depender del tamaño del ingreso ni de la posición que cada persona ocupa dentro del mercado.

En una época marcada por la fragmentación social y por el individualismo, su ejemplo vuelve a interpelarnos. Nos recuerda que ningún algoritmo reemplaza la conversación cara a cara, que ninguna red social sustituye el trabajo territorial y que ninguna estrategia comunicacional puede reemplazar el vínculo permanente con el pueblo organizado. Gladys entendía que la política comienza escuchando, continúa organizando y sólo después se expresa en las instituciones.

También nos enseñó que el internacionalismo no constituye una abstracción doctrinaria. Lo practicó defendiendo la autodeterminación de los pueblos, denunciando el bloqueo contra Cuba, solidarizando con Palestina y levantando la voz allí donde el imperialismo pretendía convertir la fuerza en derecho. Para ella, la solidaridad no conocía fronteras porque la dignidad humana tampoco las conoce.

Las nuevas generaciones, que no tuvieron el privilegio de verla recorrer poblaciones, sindicatos, universidades y plazas públicas, pueden encontrar en su historia una brújula moral para tiempos inciertos. No porque deban repetir mecánicamente sus respuestas, sino porque pueden aprender de su método. Escuchar antes de hablar. Organizar antes que improvisar. Estudiar antes de decidir. Actuar con consecuencia incluso cuando el costo personal sea elevado.

Chile necesita recuperar esa forma de hacer política. Una política que vuelva a hablar de comunidad en lugar de competencia; de derechos en lugar de privilegios; de solidaridad en lugar de egoísmo; de pueblo en lugar de consumidores. Una política capaz de mirar más allá del próximo titular o de la próxima elección.

A veinte años de su partida, y en un nuevo aniversario de su nacimiento, Gladys Marín sigue caminando junto a quienes creen que la historia no está escrita de antemano. Su ejemplo continúa recordándonos que los derechos nunca han sido regalos de los poderosos, sino conquistas de los pueblos organizados. Y que la esperanza, cuando se convierte en acción colectiva, deja de ser un sentimiento para transformarse en una fuerza capaz de cambiar la realidad.

Ese es, quizás, el mayor legado de Gladys. Enseñarnos que la consecuencia puede ser revolucionaria; que la dignidad nunca pasa de moda; y que mientras exista un solo ser humano dispuesto a luchar por un mundo más justo, su voz seguirá resonando en la memoria de Chile y en el corazón de quienes entienden que la política sólo tiene sentido cuando se pone al servicio de la emancipación humana.

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