Mientras las bombas del Imperio Estadounidense caen sobre Irán y el estrecho de Ormuz permanece sellado, la clase trabajadora global ya está pagando el costo de esta nueva aventura del imperialismo. El precio del petróleo supera los US$100 por barril, la inflación global se acerca al 6%, los fertilizantes escasean y el fantasma del hambre se cierne sobre el Sur Global. Mientras los grandes capitalistas especulan con la crisis y los países del Norte buscan blindarse, los obreros de Asia, África y América Latina ven cómo sus salarios se esfuman, sus empleos peligran y sus familias pasan hambre. La guerra que Donald Trump y Benjamín Netanyahu iniciaron el 28 de febrero no es un conflicto lejano: es una declaración de guerra contra los bolsillos de los trabajadores de todo el planeta.
Por Equipo El Despertar
El estrecho de la discordia: el arma de estrangulamiento masivo
El corazón de la catástrofe económica es el estrecho de Ormuz. Por esa angosta vía marítima, de apenas 21 millas náuticas en su punto más angosto, transita aproximadamente el 20% del petróleo y el gas natural licuado del mundo. Desde el inicio de la guerra, Irán ha bloqueado de facto el paso, y el 15 de julio de 2026, la Guardia Revolucionaria Islámica anunció su cierre indefinido. La respuesta de Estados Unidos no ha sido desescalar, sino imponer su propio bloqueo naval a los puertos iraníes y amenazar con cobrar un peaje del 20% a todo buque que intente cruzar.
El resultado es una crisis energética sin precedentes. La disrupción representó la paralización efectiva de unos 15 millones de barriles diarios de crudo que dejaron de llegar a los mercados globales. El precio del Brent saltó de menos de US$70 por barril el 27 de febrero a casi US$120 en la primera semana de guerra. Aunque ha fluctuado, el crudo se mantiene por encima de los US$100, un nivel que el Fondo Monetario Internacional ya había advertido que podría desencadenar una recesión global.
La inflación como impuesto de clase: los pobres pagan dos veces
El encarecimiento de la energía no es un fenómeno abstracto. Cada dólar adicional que sube el barril de petróleo se traduce en gasolina más cara, electricidad más costosa y transporte más oneroso. Y eso, a su vez, encarece todo lo demás. El FMI proyecta que la inflación global podría escalar al 6% en 2026, un golpe directo al poder adquisitivo de los trabajadores.
Pero la inflación no es un fenómeno neutral: es un impuesto regresivo que castiga con más fuerza a quienes menos tienen. Los trabajadores de bajos ingresos destinan una proporción mucho mayor de su presupuesto a alimentos, transporte y energía. Cuando estos precios suben, son ellos quienes sienten el golpe primero y con más fuerza. Mientras los grandes capitalistas pueden proteger sus activos, los obreros ven cómo sus salarios reales se derrumban.
El Banco Mundial ya ha advertido que la inflación global subirá del 3,3% en 2025 al 4% en 2026, “en gran parte como resultado de los mayores costos de la energía y los fertilizantes”. En el escenario más severo del FMI —con el petróleo a US$110 este año y US$125 el próximo— el crecimiento global caería al 2%, “cerca de una recesión global”.
El hambre como arma de guerra: el asedio a los fertilizantes
El impacto va mucho más allá de la gasolina. La guerra está estrangulando la producción mundial de alimentos. El estrecho de Ormuz es la ruta de un tercio del suministro mundial de fertilizantes. Omán, Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos son cuatro de los mayores exportadores de fertilizantes nitrogenados del mundo, que se producen a partir de gas natural. Pero el cierre del estrecho ha paralizado las exportaciones, mientras que los ataques con drones y misiles iraníes han obligado a Qatar Energy, una de las principales productoras de urea, a suspender sus operaciones.
El resultado es un cóctel letal. Sin fertilizantes, la productividad agrícola se desploma. Los cultivos que producen la mitad de los alimentos del mundo dependen de estos insumos. La jefa del Programa Mundial de Alimentos de la ONU ha advertido que la guerra ya está impulsando “niveles históricos globales de hambre”, con 363 millones de personas en riesgo de hambre aguda en todo el mundo, 45 millones de ellas a causa del conflicto. En África, en particular, existen “temores generalizados” de que la escasez de fertilizantes pueda desencadenar un hambre generalizada.
La geografía del saqueo: el Sur Global como carne de cañón
El imperialismo siempre ha externalizado los costos de sus guerras. Como señala un análisis de The News Nigeria, “el Sur Global se ve nuevamente socavado por una guerra que no ha provocado”. Los países de Asia son, en general, grandes importadores de petróleo, y los más pobres de ellos están siendo duramente golpeados por la escasez de combustible, lo que ha llevado a “jornadas reducidas e incluso despidos en algunos países”.
India y Japón son “excesivamente dependientes” de las importaciones de petróleo y gas del Golfo. Más de 400.000 toneladas métricas de arroz indio permanecen varadas en los puertos, sin poder ser exportadas. Cada barril de petróleo que no llega a las refinerías asiáticas significa un trabajador que pierde su empleo, una familia que no puede pagar la electricidad, un niño que come menos.
Incluso en los países más ricos de Europa, “ya hay un impacto negativo significativo en el nivel de vida, y los pobres y los mal pagados son los más afectados”. En Gran Bretaña, el 65% de la población desaprueba la guerra, y “casi 9 de cada 10 personas están preocupadas por el impacto en el costo de vida”. Pero la maquinaria del imperialismo no se detiene por la opinión pública.
Los ganadores y perdedores de la guerra de clases
Como en toda guerra imperial, hay quienes se benefician. Países como Rusia, Canadá y Noruega han visto incrementados sus ingresos por la crisis energética. Las grandes petroleras y los fabricantes de armas engordan sus beneficios mientras el mundo arde. Pero para la inmensa mayoría de la humanidad, la guerra es una condena.
La pregunta que la clase trabajadora debe formularse es simple: ¿quién se beneficia de esta guerra? No son los trabajadores de Asia que pierden sus empleos, ni los campesinos de África que ven cómo sus cosechas se marchitan sin fertilizantes, ni los obreros de Europa que no pueden pagar la calefacción. Los beneficiarios son los mismos de siempre: los fabricantes de armas, las petroleras, los especuladores financieros y los políticos que sirven a sus intereses.
Epílogo: la única salida es la organización de los de abajo
El recrudecimiento de la guerra contra Irán no es un conflicto lejano. Es una ofensiva directa contra el nivel de vida de la clase trabajadora global. Cada misil que cae sobre Teherán es un golpe al bolsillo de un trabajador en Bombay, Lagos o Santiago. Cada día que el estrecho de Ormuz permanece cerrado es un día de hambre para millones de personas.
La paz no vendrá de la Casa Blanca ni de Tel Aviv. Vendrá cuando los trabajadores del mundo comprendan que su enemigo no está al otro lado del estrecho, sino en los palacios del poder que envían a los soldados a morir por las ganancias de las transnacionales del petróleo. La lucha por detener esta guerra es la lucha por la supervivencia de la clase trabajadora. La organización internacional, la solidaridad sin fronteras y la conciencia de clase son las únicas armas que pueden derrotar al imperialismo. Mientras los de arriba deciden la guerra, los de abajo debemos decidir la paz.
