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El boliviano se desploma y el pueblo paga el precio del saqueo

Jul 20, 2026
Foto BBC

El gobierno de Rodrigo Paz decretó el 29 de junio el fin del tipo de cambio fijo que había regido durante quince años, abriendo paso a un régimen flexible que ya ha provocado una devaluación del 10,5% del boliviano. Detrás del lenguaje técnico de la “flexibilización” y los aplausos del FMI se esconde la confesión de un fracaso: las reservas internacionales se han desplomado más de un 70% desde 2014, la escasez de divisas estrangula la economía y la inflación anual ya supera el 12,5%, con proyecciones del 20% para fin de año. Como siempre, el ajuste no lo pagan los que lo provocaron, sino los trabajadores: los transportistas y pequeños comerciantes ya advierten de una subida de costos, los alimentos y medicamentos comenzarán a reflejar el nuevo costo del dólar y el ingreso real de las familias se encamina a una nueva caída. El FMI ya proyecta una contracción del PIB del 3,3% para 2026, mientras el gobierno intenta vender esta nueva devaluación como una medida técnica. La clase trabajadora boliviana, que ya arrastraba meses de protestas y bloqueos, asiste a la confirmación de lo que siempre supo: la economía no se administra para su bienestar, sino para salvar las cuentas de los que siempre mandan.

Por Equipo El Despertar

El nuevo régimen cambiario de Bolivia no es el fin de una política, sino la constatación de una derrota. Durante quince años, el tipo de cambio fijo —anclado en 6,96 bolivianos por dólar desde finales de 2011— fue el pilar de una estabilidad ilusoria. Pero detrás de la fachada, las reservas internacionales se desangraban. La escasez de divisas llevó a la aparición de un mercado paralelo que ya marcaba el precio real del dólar, y el gobierno de Rodrigo Paz, en lugar de atacar las causas estructurales del descalabro, optó por oficializar la hecatombe.

La Resolución Ministerial N° 245, publicada a fines de junio, ordenó al Banco Central administrar un nuevo régimen de tipo de cambio flexible. El dólar saltó de 6,96 a 9,73 bolivianos el primer día, y en apenas dos semanas ya cotiza a 10,75, una subida del 10,5%. Los analistas más optimistas hablan de una devaluación del 10%; los más realistas, como el expresidente Evo Morales, la califican de “devaluación encubierta”. Pero la cifra exacta es lo de menos: el boliviano ha perdido valor, y ese valor perdido lo pagarán los trabajadores.

El costo de la devaluación: los de abajo pagan la factura

La letra del decreto es una cosa; la realidad de la clase trabajadora es otra. Como señala el analista económico Martín Moreira, “alimentos, medicamentos, combustibles, maquinaria, repuestos e insumos industriales comenzarán a reflejar el nuevo costo del dólar”. En un país que importa gran parte de lo que consume, cada punto de devaluación se traduce en más hambre en la mesa. La inflación, que ya alcanzaba el 12,5% en junio, se acelerará en los próximos meses, y el FMI proyecta que cerrará el año en un 20%. Los ingresos reales de las familias, advierten los analistas, serán los principales afectados.

El economista Fernando Romero fue claro: el nuevo tipo de cambio “ha develado un problema estructural de una crisis cambiaria: un mercado con mucha demanda y poca oferta”. Y advirtió que si la medida no viene acompañada de otras reformas estructurales —como incrementar las exportaciones, atraer inversión extranjera y reactivar el aparato productivo— “carece de credibilidad”. Pero el gobierno de Paz, en lugar de atacar las causas de la crisis, prefiere la solución fácil: devaluar, ajustar, y cargar el costo a los trabajadores.

La hipocresía del “mercado flexible” y el silencio de los que aplauden

La decisión ha sido aplaudida por los organismos financieros internacionales, esos mismos que durante años exigieron ajustes y recortes en nombre de la “estabilidad”. Pero mientras los tecnócratas del FMI celebran la “flexibilización”, el pueblo boliviano se prepara para una nueva ola de carestía. Los transportistas y pequeños comerciantes ya han advertido de una mayor subida de costos en sus servicios y productos. El vocero presidencial, José Luis Gálvez, pidió a la población “no alarmarse” y aseguró que la fluctuación del dólar es normal. Es la misma cantinela de siempre: los que mandan piden calma mientras los de abajo se preparan para la tormenta.

El economista Romero, sin embargo, cree que hay que tomar con cautela esas palabras: “La gente entra en pánico cuando sucede un acontecimiento político o social, empieza a demandar dólares para resguardarse”. El pánico no es irracional: es la respuesta lógica de quienes saben que, en este sistema, cada crisis termina siendo pagada con su sudor y su sangre.

El FMI y la deuda: la soga que aprieta el cuello

El Fondo Monetario Internacional proyecta un escenario sombrío para Bolivia en 2026, con una contracción del PIB del 3,3% e inflación. Al mismo tiempo, el gobierno de Paz ha tenido que recurrir a la deuda externa para tapar los agujeros. El 20 de julio, el Banco Mundial desembolsó 240 millones de dólares para apoyar la estabilización macroeconómica, mientras el gobierno se prepara para un nuevo acuerdo con el FMI. La deuda, como siempre, será pagada con más ajustes, más recortes y más sufrimiento para los trabajadores.

Epílogo: la resistencia como única salida

La devaluación del boliviano no es un fenómeno natural; es la consecuencia de un modelo económico que ha saqueado los recursos del país, que ha entregado el gas y los minerales a las transnacionales, y que ha dejado al Estado sin capacidad para proteger a los suyos. El gobierno de Paz, que llegó al poder prometiendo “estabilidad”, ha terminado aplicando la misma receta de siempre: el ajuste lo pagan los de abajo.

La clase trabajadora boliviana, que ya ha salido a las calles en las últimas semanas para exigir la renuncia del Presidente, sabe que esta devaluación no es un accidente. Es la confirmación de que el Estado está al servicio del capital, no del pueblo. La única salida no es esperar que los tecnócratas del FMI o los funcionarios del gobierno resuelvan la crisis, sino organizarse para construir un modelo económico que ponga las necesidades de las mayorías por encima de las ganancias de las minorías.

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