Mientras el sistema frontal más devastador de los últimos años azotaba la cordillera, las grandes mineras mantuvieron a más de 1.010 trabajadores aislados en campamentos de altura, sin calefacción, sin energía y sin comunicación. La empresa canadiense Barrick Gold envió a sus trabajadores a la faena Pascua Lama “sabiendo que las condiciones no eran las adecuadas”, dejando que 39 hombres quedaran atrapados durante 11 días bajo temperaturas de hasta -20°C, con siete metros y medio de nieve y un generador de luz a punto de apagarse. Los trabajadores, en su mayoría adultos mayores, pensaban que “se iban a morir de hipotermia”. La misma lógica que prioriza la producción por sobre la vida humana se repite en la minería chilena, donde el capital no detiene sus máquinas ni siquiera cuando la naturaleza amenaza con cobrar vidas. La clase trabajadora paga con su sangre el costo de una industria que antepone las ganancias al bienestar de quienes sostienen la economía del país.
Por Equipo El Despertar
El negocio de la muerte: el costo humano de la negligencia patronal
Las mineras chilenas han demostrado una vez más que el único valor que reconocen es el que se cotiza en la bolsa. Entre el 13 y el 26 de julio de 2026, el sistema frontal más devastador de los últimos años golpeó la zona cordillerana, dejando una estela de destrucción y, sobre todo, una muestra brutal de la falta de humanidad de las grandes empresas mineras. Un informe de la Coordinadora de Trabajadores de la Minería (CTMIN) documentó que más de 1.010 trabajadores quedaron aislados en faenas cordilleranas, mientras al menos tres operaciones mayores se vieron obligadas a detener su producción y más de 600 pequeños productores paralizaron sus faenas.
El caso más emblemático de esta negligencia ocurrió en el proyecto Pascua Lama, operado por la transnacional canadiense Barrick Gold. La empresa mantuvo a 39 trabajadores aislados entre 11 y 12 días en el campamento Barriales, ubicado a más de 4.000 metros de altitud, en la comuna de Alto del Carmen, Región de Atacama. Durante ese período, los trabajadores enfrentaron temperaturas de hasta 20 grados bajo cero y una acumulación de nieve de aproximadamente 7,5 metros que dejó la faena incomunicada. Las condiciones eran tan extremas que los operarios rescatados denunciaron la interrupción de suministros críticos como la energía eléctrica y cuestionaron la falta de prevención previa al sistema frontal.
El diputado Cristián Tapia, quien acompañó a los trabajadores, fue categórico: “Llevábamos una semana llamando a la empresa Barrick Gold, al Ministerio de Minería para que ellos pudieran ser rescatados. Se entiende tal vez que hasta ayer había mucha nieve; lo que no se entiende es por qué los dejaron arriba cuando no tenían calefacción en las piezas”. El parlamentario advirtió que “con un metro de nieve tú no puedes dormir sin calefacción”, y que los trabajadores tuvieron que soportar esas condiciones extremas durante días.
El testimonio de uno de los trabajadores rescatados es la prueba más contundente de la negligencia patronal. Según su relato, la empresa los envió a la faena “sabiendo que las condiciones no eran las adecuadas”. El operativo de rescate, que debía realizarse con dos helicópteros para evacuar a ocho personas simultáneamente, se redujo a una sola aeronave que llegó con una hora de retraso. Mientras tanto, los trabajadores enfrentaban una situación límite: “El generador dura hasta hoy día en la tarde y para cargar petróleo tiene que hacerse una cadena humana. No hay acceso para poder cargarse de manera segura y tienen que los viejos arriesgar su pellejo para poder cargar el generador”. La frase “los viejos arriesgan su pellejo” resume la lógica del capital: son los trabajadores quienes deben exponer su vida para mantener en funcionamiento las operaciones de una empresa que no dudó en enviarlos a la cordillera en pleno temporal.
La geografía del abandono: cuando el Estado y las empresas se desentienden
El drama de Pascua Lama no fue un caso aislado. En Minera Los Pelambres (Antofagasta Minerals), 510 trabajadores permanecieron refugiados en el hotel mina y sector COM, y aproximadamente 360 personas enfrentaron problemas con energía, calefacción, agua y comunicaciones. En División Andina de Codelco, más de 500 personas permanecieron incomunicadas durante cinco días, con cortes de energía prolongados que comprometieron los sistemas de calefacción y abastecimiento básico. En Caserones, operación de Lundin Mining en Atacama, 949 personas permanecieron en el campamento y 287 fueron trasladadas a cuatro refugios sobre los 4.000 metros de altitud, mientras el corte de una línea eléctrica de 220 kV y el bloqueo de caminos obligaban a detener la faena.
La magnitud de la crisis fue tal que la Confederación Minera de Chile (CONFEMIN) presentó un recurso de protección ante la justicia, acusando a las autoridades regionales de no haber efectuado inspecciones presenciales ni exigido certificaciones independientes sobre las condiciones de habitabilidad y seguridad de los campamentos mineros emplazados sobre los 3.000 metros sobre el nivel del mar. El recurso advierte que diversas compañías mineras habrían anunciado el reinicio gradual de operaciones durante agosto de 2026, situación que podría implicar el reingreso de trabajadores sin una certificación previa de las condiciones de seguridad de los campamentos. Es decir, el capital está dispuesto a volver a enviar a los trabajadores a la cordillera sin garantizar que las condiciones sean seguras.
La doble moral de la minería: la seguridad como discurso, la explotación como práctica
En contraste con la negligencia de Barrick, Anglo American declaró que mantuvo operativa su faena Los Bronces con alrededor de 1.100 personas en campamento y cinco metros de nieve acumulada. La compañía dispuso de cinco refugios, implementó 13 buses de contingencia y activó teletrabajo, y aseguró que no registró trabajadores damnificados. La diferencia entre ambas empresas no es casualidad: mientras Anglo American planificó con anticipación y tomó medidas de resguardo, Barrick Gold priorizó la producción y dejó a sus trabajadores a merced de la naturaleza.
El ministro de Minería, por su parte, se limitó a llamar a los pequeños mineros a suspender las faenas, pero no hizo ninguna exigencia concreta a las grandes empresas ]. La respuesta del Estado fue una vez más la de siempre: palabras vacías, mientras el capital sigue haciendo su agosto. La CONFEMIN, al presentar el recurso de protección, dejó claro que las autoridades recurridas no habrían efectuado inspecciones presenciales ni exigido certificaciones independientes sobre las condiciones de habitabilidad y seguridad de los campamentos mineros.
La función de clase de la negligencia patronal
Desde una perspectiva marxista, lo ocurrido en Pascua Lama y otras faenas no es una anomalía ni un error de gestión. Es la expresión de la lógica de clase que gobierna la minería chilena. El capital no detiene sus máquinas ni siquiera cuando la naturaleza amenaza con cobrar vidas. La producción, la rentabilidad, el dividendo de los accionistas, son siempre lo primero. Los trabajadores son piezas intercambiables, que pueden ser enviadas a la cordillera en pleno temporal y abandonadas a su suerte cuando las condiciones se vuelven extremas.
La empresa Barrick Gold, una transnacional canadiense que opera en Chile con la complicidad del Estado, demostró que está dispuesta a arriesgar la vida de los trabajadores con tal de no interrumpir su producción. El testimonio de los mineros rescatados es lapidario: “Nos enviaron a trabajar sabiendo que las condiciones no eran las adecuadas. Lo sabían”. La frase es una confesión involuntaria de la lógica de clase que guía al capital: el riesgo siempre lo asumen los de abajo, y los de arriba se desentienden.
Epílogo: la deuda del capital con los trabajadores
El sistema frontal de julio de 2026 dejó al descubierto la podredumbre de un modelo que prioriza las ganancias de las grandes mineras por sobre la vida de los trabajadores. Los 39 trabajadores de Pascua Lama que pasaron 11 días atrapados en la cordillera, enfrentando temperaturas de -20°C y siete metros de nieve, no son una estadística. Son hombres que temieron morir de hipotermia, que tuvieron que arriesgar su “pellejo” para mantener encendido un generador, que vieron cómo la empresa los abandonaba a su suerte.
La clase trabajadora no debe olvidar que la misma lógica que dejó aislados a estos mineros es la que guía a todo el sistema: una lógica que trata la vida de los trabajadores como un costo variable, que se puede sacrificar cuando las condiciones de la producción lo exigen. La deuda del capital con los trabajadores es inmensa. Y la historia, como siempre, la cobrarán los de abajo. Como ha señalado la CONFEMIN, el reingreso de trabajadores a campamentos mineros sin certificaciones oficiales de seguridad es una violación a sus derechos fundamentales. La lucha por la seguridad de los trabajadores es la lucha por la dignidad de toda la clase trabajadora.
