A 40 días de las elecciones del 4 de octubre, la campaña presidencial en Brasil se ha convertido en el campo de batalla definitivo entre el proyecto de dignidad popular y la ofensiva de la ultraderecha global. Luiz Inácio Lula da Silva, el líder sindical que emergió de la dictadura para gobernar para los de abajo, busca un cuarto mandato frente a Flávio Bolsonaro, el heredero de una dinastía condenada por el lawfare y el golpismo, que ahora intenta revivir el legado de odio de su padre. Mientras Lula defiende el empleo, la inversión social y la soberanía de los recursos naturales, la campaña de Flávio se tambalea entre escándalos, amenazas de militarización y una alianza con el imperialismo que promete convertir a Brasil en un satélite de los intereses de Trump y Milei. Las encuestas muestran un empate técnico en el balotaje, pero la clase trabajadora brasileña sabe que, en esta contienda, no se juega solo un gobierno: se juega el futuro de la región y la posibilidad de frenar el avance del fascismo en América Latina.
Por Equipo El Despertar
La geografía de la esperanza y la trinchera del odio
El 15 de agosto, la campaña electoral brasileña arrancó con la fuerza de un volcán. En São Bernardo do Campo, el Estadio Municipal Primero de Mayo se tiñó de rojo. Allí, donde Lula se forjó como líder sindical y plantó la semilla del Partido de los Trabajadores (PT) en plena dictadura militar, el presidente de 80 años reunió a miles de militantes para reivindicar su trayectoria de lucha y defender su proyecto de país. “¿Qué futuro quieres para el pueblo brasileño si no inviertes en salud, educación, vivienda…?”, preguntó Lula a la multitud.
Al mismo tiempo, en la playa de Copacabana, Flávio Bolsonaro, de 45 años, intentaba capitalizar el bastión político de su familia. Con un chaleco antibalas bajo una camiseta amarilla que rezaba “Mi partido es Brasil”, el senador y primogénito del expresidente Jair Bolsonaro —condenado a 27 años de prisión por intento de golpe de Estado— prometió una mano dura que no es más que la continuación del mismo libreto autoritario que su padre ensayó. “Trataré a las bandas criminales como terroristas”, ha dicho, abrazando la misma retórica de militarización que el sionismo y la ultraderecha global promueven en América Latina.
El escenario de la contienda electoral confirma la polarización de clase que atraviesa Brasil. De las 13 candidaturas presidenciales, los apoyos se concentran en dos polos: Lula, la única opción viable de la izquierda, y Flávio, el heredero del bolsonarismo. Los demás candidatos —el agitador ultra Renan Santos, el exgobernador Ronaldo Caiado y el empresario Romeu Zema— no logran superar el 5% de las intenciones de voto. El resto de los votos se reparte en un 16% de electorado que, según los analistas, no logra constituir una alternativa real al pulso entre el progresismo y la derecha.
Las cifras del pulso: la incertidumbre como arma de clase
Las encuestas reflejan una batalla de pronóstico reservado, donde cada punto porcentual es una trinchera. El sondeo más reciente de Quaest, publicado el viernes 15 de agosto, arrojó un empate técnico en una eventual segunda vuelta: Lula obtendría un 43% frente al 40% de Flávio, con un 4% de indecisos que podrían definir la contienda. El margen de error de dos puntos hace que cualquier proyección sea incierta.
Otras encuestas muestran una ventaja mayor para Lula. La Confederación Nacional de Transporte, junto al Instituto MDA, otorga al actual presidente un 42,4% en primera vuelta frente al 28,7% de Flávio. Datafolha, por su parte, le da un 40% de intención de voto al mandatario. Sin embargo, el sondeo de Nexus/BTG Pactual muestra cómo la diferencia se ha estrechado: del 42% contra 33% que arrojaba en la semana anterior a principios de agosto, pasó a un 41% frente al 37% para los primeros días del mes, y la más reciente cifra indica una ventaja de apenas cuatro puntos.
La clave de la elección puede estar en el voto femenino y en la clase media. El politólogo Claudio Couto, de la Fundación Getulio Vargas, advierte que el 4% de indecisos está compuesto mayoritariamente por mujeres, electores de clase media e independientes. Esa franja, que la derecha intenta capturar con discursos de seguridad y miedo, podría ser el fiel de la balanza que defina el futuro del país.
La trinchera de los programas: empleo contra ajuste, soberanía contra sumisión
Los discursos de campaña son el reflejo nítido de la lucha de clases en Brasil. Lula ha convertido su acto de lanzamiento en una defensa de las políticas sociales y de su gestión económica. Ante miles de simpatizantes, sostuvo que su eventual próximo período debe servir para resolver “problemas estructurales” y destacó la creación de 10 millones de empleos formales. En materia de seguridad, el presidente fue contundente: la respuesta contra el crimen organizado debe concentrarse en quienes dirigen las estructuras criminales y en los recursos que permiten su funcionamiento. “Es quitándoles el dinero que vamos acabar con el crimen organizado”, afirmó.
La soberanía nacional fue otro punto central del discurso de Lula. El mandatario defendió que Brasil explote y procese sus propios minerales críticos y rechazó que Estados Unidos, Rusia, China u otras potencias controlen esos recursos. “Nosotros vamos a explotar los minerales críticos en beneficio del pueblo brasileño”, dijo. Esa declaración, que desafía los intereses del imperialismo, contrasta con la sumisión que promete la candidatura de Flávio, alineada con la agenda de Trump y Milei.
En el terreno económico, los equipos de ambos candidatos han chocado por cómo reducir las elevadas tasas de interés. El coordinador de la campaña de Lula, José Sergio Gabrielli, propuso que el Tesoro realice recompras de bonos del Estado para frenar los rendimientos a largo plazo. Por su parte, el exministro Adolfo Sachsida, que se incorporó al equipo de Flávio, calificó la propuesta como un intento artificial y “mediocre” de reducir los costos de financiación, abogando en cambio por recortes de gasto. Esa es la misma receta de ajuste que la derecha ha aplicado en Argentina y Chile: más sacrificios para los de abajo, más privilegios para los de arriba.
El lawfare y el escándalo: la dinastía del odio se desangra
La campaña de Flávio Bolsonaro ha estado marcada por una sucesión de escándalos que evidencian la podredumbre del proyecto de la ultraderecha. En mayo, un audio filtrado reveló que el candidato había pedido dinero a un banquero estafador, Daniel Vorcaro —preso por una de las mayores estafas bancarias del país— para financiar una película sobre su padre. El candidato despidió a su jefe de campaña, pero el daño ya estaba hecho.
A finales de junio, Michelle Bolsonaro, esposa del expresidente y prácticamente de la misma edad que Flávio, vertió graves denuncias contra el candidato, a quien acusó de haberla «humillado» y «maltratado» al querer dejarla en un segundo plano. La fractura interna del bolsonarismo, que alguna vez se presentó como un bloque monolítico, evidencia que la “dinastía del odio” se desangra en sus propias contradicciones.
A esto se suma la injerencia internacional. El presidente argentino, Javier Milei, lanzó insultos contra Lula durante el lanzamiento de la candidatura de Flávio en São Paulo. La escalada fue tal que Brasil retiró a su embajador en Buenos Aires y rebajó la relación a encargado de negocios. La alianza de la ultraderecha continental, que incluye a Trump, Milei y Kast, está interviniendo abiertamente para inclinar la balanza. Pero la clase trabajadora brasileña sabe que esos líderes no defienden los intereses del pueblo, sino los del capital.
El impacto continental: la batalla por el alma de América Latina
La elección brasileña trasciende las fronteras de Brasil. La región ha visto una oleada de triunfos de la derecha en Bolivia, Chile, Perú y Colombia. Una victoria de Lula sería el primer gran freno a esa ofensiva, un faro de esperanza para los movimientos populares y los gobiernos progresistas que aún resisten. Por el contrario, el triunfo de Flávio consolidaría el “eje Miami-Bogotá-Brasilia”, subordinando la mayor economía de la región a los intereses del imperialismo y el sionismo.
Lula ha sabido leer este momento histórico. En su discurso de lanzamiento, evitó nombrar a sus rivales, pero fue implícito en su mensaje: la disputa no es entre personas, sino entre proyectos de país. Por un lado, el proyecto de la inversión social, la soberanía y la dignidad. Por el otro, el proyecto del ajuste, la militarización y la sumisión.
Epílogo: la hora de los de abajo
A 40 días de las elecciones, la clase trabajadora brasileña se enfrenta a una disyuntiva histórica. Puede elegir el camino que ya conoce: el de la exclusión, la violencia y la entrega de los recursos nacionales. O puede elegir el camino de la esperanza: el de un líder que, a sus 80 años, sigue luchando por los mismos ideales que lo llevaron a fundar el PT en 1980.
Las encuestas muestran un escenario incierto. Pero la historia enseña que el pueblo, cuando está organizado y consciente de sus intereses, es capaz de torcer el rumbo de los acontecimientos. Lula ha sido claro en su convocatoria: su cuarto mandato debe servir para resolver los dilemas estructurales del país. La clase trabajadora debe responder con la movilización, la organización y el voto.
El 4 de octubre, Brasil decidirá no solo quién ocupará el Palacio de Planalto, sino también si la región continuará su deriva hacia la derecha o si, por el contrario, la resistencia popular logrará detener el avance del fascismo. La batalla final está en marcha. Y, como siempre, la historia la escriben los de abajo.
