Mientras la atención mundial se concentra, con razón, en la guerra de Ucrania y el genocidio en Gaza, la coalición liderada por Arabia Saudita —con el respaldo militar y diplomático de Estados Unidos y el Reino Unido— continúa perpetrando una de las masacres más prolongadas y silenciadas de la historia reciente. Los bombardeos de los últimos días sobre prisiones, viviendas, escuelas y funerales han dejado decenas de civiles muertos, entre ellos niños, mientras el bloqueo naval y aéreo mantiene a 17 millones de personas en situación de hambre aguda y a 3,6 millones de niños con desnutrición. La clase trabajadora yemení no muere solo por las bombas: muere por el saqueo imperialista que convierte su país en un campo de pruebas para las armas occidentales y en un peón en la disputa por el control de las rutas energéticas del Mar Rojo.
Por Equipo El Despertar
Sanaá. La cifra debería estremecer al mundo, pero el mundo ha decidido no escuchar. Desde marzo de 2015, cuando Arabia Saudita lanzó su coalición militar para restaurar al gobierno de Abdo Rabu Mansur Hadi y frenar el avance de los hutíes, Yemen ha sido sometido a una campaña de bombardeos que no distingue entre objetivos militares y civiles. Diez años después, el país más pobre de la península arábiga yace en ruinas, con más de 150.000 muertos según estimaciones de Naciones Unidas y una crisis humanitaria que la ONU ha calificado como la peor del mundo.
La escalada de los últimos días ha sido particularmente brutal. El lunes 7 de septiembre, aviones de la coalición saudí bombardearon la prisión central de la gobernación de Al-Jawf, en el norte de Yemen. El ataque causó la muerte de al menos 17 reclusos, entre ellos un niño que se encontraba visitando a familiares encarcelados, y dejó siete heridos, incluida una mujer. Las labores de rescate continuaban horas después, y el balance no era definitivo. “Esta masacre confirma la brutalidad del enemigo saudí y su falta de valores humanos o morales, en vista del silencio internacional ante los continuos ataques contra civiles e instalaciones vitales”, denunció el ministro de Sanidad hutí, Anees Alasbahi.
Ese mismo día, la coalición lanzó ataques aéreos contra una vivienda civil en el área de ‘Akhdu’ Asfal, en el distrito de Maqbanah, gobernación de Taiz. Una madre y tres de sus hijas resultaron heridas. La Autoridad Nacional de Derechos Humanos de Yemen calificó el hecho como “un crimen de guerra en toda regla”, citando el artículo 51 del Protocolo Adicional I de los Convenios de Ginebra, que prohíbe los ataques directos contra la población civil. “Atacar a civiles durante eventos sociales constituye un crimen contra la humanidad”, agregó el organismo, refiriéndose al bombardeo de los alrededores de la escuela ‘Othman’ en Taiz mientras se celebraba un funeral.
El miércoles 9 de septiembre, la coalición lanzó 43 agresiones contra las gobernaciones de Marib, Al-Jawf, Taiz y Hodeidah. La cifra de mártires por el ataque a la prisión de Al-Jawf ascendió a 32. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Yemen envió cartas idénticas al Secretario General de la ONU y al Presidente del Consejo de Seguridad, denunciando que el régimen saudí había lanzado una “brutal agresión” durante tres días contra cinco gobernaciones, cometiendo “numerosos crímenes” y violando flagrantemente el derecho internacional humanitario.
El hambre como arma de guerra
Pero las bombas son solo una parte de la masacre. La otra es el bloqueo. Desde 2015, Arabia Saudita ha mantenido un cerco económico y naval sobre Yemen que impide la entrada de alimentos, medicinas y combustible. El Aeropuerto Internacional de Saná permanece cerrado, los puertos bloqueados y los salarios de los funcionarios retenidos. El resultado es una catástrofe humana de proporciones bíblicas.
El Ministerio de Salud y Medio Ambiente de Yemen, con sede en Saná, advirtió en julio de 2026 que el bloqueo continuo ha tenido “consecuencias graves y de gran alcance” para el sector sanitario. “Casi 17 millones de personas experimentan hambre aguda, mientras que más de 3,6 millones de niños menores de cinco años sufren desnutrición aguda, incluidos 630.000 casos de desnutrición aguda grave. De ellos, alrededor de 400.000 niños enfrentan un riesgo de muerte por inanición”, señaló el comunicado. “Más de 20 millones de yemeníes carecen de acceso a servicios básicos de salud”.
Los datos de Médicos Sin Fronteras confirman la gravedad de la situación. Entre enero y junio de 2026, los equipos de MSF en el Hospital Al Salam ingresaron a 1.296 niños con desnutrición aguda grave y complicaciones médicas, frente a los 798 registrados en el mismo período de 2025, un aumento del 62%. En el Hospital General de Abs, en Hajjah, MSF trató a 1.216 niños entre enero y mayo de 2026, incluidos 1.106 con desnutrición aguda grave, un 19% más que el año anterior.
“El impacto indirecto del conflicto supera el daño directo”, señaló el Ministerio de Salud yemení, citando “la dificultad de medir el impacto de la escasez prolongada de medicamentos y servicios de atención médica”. Los pacientes con enfermedades crónicas —cáncer, insuficiencia renal, diabetes— enfrentan “una muerte lenta” debido a las interrupciones en el tratamiento. El bloqueo, en palabras del gobierno yemení, ha “privado a mujeres y niños del acceso a la atención médica esencial” y ha provocado “un aumento de la mortalidad maternoinfantil, un empeoramiento de la desnutrición que se acerca a condiciones de hambruna”.
La complicidad del imperio
Detrás de cada bomba saudí hay un avión británico, un misil estadounidense, un contrato de armas europeo. La coalición liderada por Arabia Saudita no podría sostener su campaña de exterminio sin el respaldo militar y diplomático de las potencias occidentales. Estados Unidos ha vendido armas a Riad por miles de millones de dólares, ha proporcionado inteligencia y reabastecimiento en vuelo, y ha bloqueado repetidamente las resoluciones del Consejo de Seguridad que condenaban los crímenes saudíes. El Reino Unido, por su parte, ha entrenado a las fuerzas saudíes y ha autorizado la venta de armamento que se ha utilizado en ataques contra civiles yemeníes.
La presidenta del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), Mirjana Spoljaric, alertó esta semana que la escalada militar en Yemen y Arabia Saudita “conlleva el riesgo de una mayor expansión del conflicto en la región” y que, “de no contenerse, esta situación podría agravar el ya devastador panorama humanitario que enfrentan millones de personas”. Spoljaric subrayó que “la acción humanitaria es fundamental para responder a las consecuencias del conflicto”, pero “nunca puede sustituir el respeto por el Derecho Internacional Humanitario ni el compromiso político de reducir la tensión”.
La funcionaria advirtió que, si los combates continúan, el CICR teme que “provoquen más muertes y heridos, desplazamientos de población y una interrupción potencialmente catastrófica de los servicios e infraestructuras esenciales, tales como la atención sanitaria, el suministro de agua, el combustible y la electricidad”. La advertencia no es nueva. Las agencias humanitarias llevan años repitiendo que Yemen se desmorona. Pero el silencio de la “comunidad internacional” es ensordecedor. No hay cumbres de emergencia. No hay sanciones contra Riad. No hay tribunales internacionales. No hay indignación.
La razón es simple: Yemen no tiene petróleo. No tiene gas. No tiene rutas comerciales estratégicas que el imperio necesite controlar directamente. Lo único que tiene es una población de 30 millones de personas que se niegan a ser sometidas, y un movimiento hutí que ha osado desafiar a Arabia Saudita y a sus amos occidentales. Por eso, Yemen puede ser masacrado sin consecuencias. Por eso, los niños yemeníes pueden morir de hambre mientras el mundo mira hacia otro lado.
La respuesta de la Resistencia: bloqueo por bloqueo
El pueblo yemení no se ha quedado de brazos cruzados. El 20 de julio de 2026, las fuerzas armadas yemeníes declararon un bloqueo naval contra Arabia Saudita, cerrando el estrecho de Bab al-Mandeb a los petroleros saudíes. “La ecuación de embargo por embargo” se ha convertido en la respuesta de la Resistencia a doce años de asedio. Desde entonces, ocho petroleros saudíes han sido atacados y el régimen saudí enfrenta “nuevos dilemas” en el Mar Rojo.
El Ministerio de Salud yemení expresó su apoyo a esta medida: “Las fuerzas armadas anunciaron un bloqueo marítimo contra Arabia Saudita bajo la política declarada de bloqueo por bloqueo, expresando su apoyo a las restricciones a los puertos saudíes en respuesta a la campaña militar saudí y el bloqueo de Yemen durante los últimos 12 años”.
La escalada, sin embargo, tiene un costo. Los enfrentamientos de los últimos días han dejado más de 500 muertos en Yemen, en su mayoría combatientes, pero también al menos 29 civiles. Cerca de 20.000 personas han sido desplazadas en las provincias de Taiz y Hodeidah, y se teme que el conflicto pueda volver a una guerra a gran escala. “Es una catástrofe, y los ataques continúan”, declaró Mohammed Khudairi, uno de los desplazados, a la AFP, desde un campamento cerca de Khokha, en la costa del Mar Rojo.
Epílogo: la masacre que no cesa
Yemen no es un conflicto olvidado por casualidad. Es un conflicto olvidado por diseño. La maquinaria mediática del imperio se concentra en Ucrania, en Gaza, en las elecciones estadounidenses, mientras los aviones saudíes —fabricados en Estados Unidos, armados en el Reino Unido, mantenidos por Europa— bombardean escuelas, prisiones y funerales yemeníes. La clase trabajadora yemení no muere solo por las bombas: muere por el bloqueo que le niega el pan, las medicinas, el agua. Muere por el silencio de un mundo que ha decidido que su vida no vale lo suficiente como para interrumpir una cumbre, emitir una condena o detener una venta de armas.
Mientras Arabia Saudita y sus amos imperialistas celebran sus negocios y sus alianzas, el pueblo yemení sigue resistiendo. Las cartas enviadas por el Ministerio de Relaciones Exteriores al Consejo de Seguridad, las denuncias de la Autoridad Nacional de Derechos Humanos, las operaciones de la Resistencia contra los petroleros saudíes, son los gestos de un pueblo que se niega a ser enterrado en el silencio. La historia, como siempre, juzgará a los verdugos y a los cómplices. Y Yemen, a pesar de todo, sigue en pie.
