Frente al relato dominante que reduce el descontento a un problema de «estrategia comunicacional» o «desgaste de gestión», la contracción del respaldo al Gobierno refleja la incompatibilidad entre el ajuste del capital y la reproducción material de la clase trabajadora.
Por Equipo El Despertar
El nuevo retroceso registrado en los sondeos de opinión pública elaborados por la consultora Data Influye, que constata un descenso sistemático en la aprobación de la gestión del Presidente y del gabinete ministerial, ha desencadenado las habituales lecturas de la prensa corporativa. Presentado por las plataformas mediáticas de la burguesía como un simple «desgaste coyuntural» o una crisis de «evaluación de la agenda política», el desplome del apoyo gubernamental adquiere, desde una perspectiva materialista, una dimensión sustancial: expone la quiebra progresiva de la hegemonía del régimen frente al empeoramiento objetivo de las condiciones de vida de la mayoría asalariada.
Lejos de responder a fluctuaciones superficiales en el ánimo de los consumidores de la democracia representativa, la desaprobación mayoritaria refleja la brecha insalvable entre las exigencias de acumulación del capital transnacional y las necesidades de la masa trabajadora. La persistencia de la inflación en los alimentos de primera necesidad, el encarecimiento de los servicios básicos y la precarización del empleo operan como determinantes materiales que erosionan cualquier pretensión de legitimidad. Karl Marx explicaba en El Capital que «la producción de plusvalía y la tasa de acumulación se incrementan a expensas de la compresión del salario real, generando una contradicción antagónica entre la prosperidad de los propietarios y la pauperización del proletariado».
Por otra parte, la utilización de la demoscopia por parte de aparatos como Data Influye ilustra la función que cumple la estadística burguesa en la gestión del orden existente. Vladimir Lenin, al analizar las instituciones de la democracia liberal en El Estado y la revolución, advirtió que «la opinión pública moldeada por los medios y las encuestas burguesas busca encuadrar el conflicto de clases dentro de los márgenes tolerables para la propiedad privada, transformando el descontento en un guarismo contable que legitima el recambio de las élites administrativas». Sin embargo, cuando la desaprobación cruza umbrales críticos, las propias métricas del sistema fallan en contener la fractura social y dejan al descubierto el carácter puramente formal del consenso.
La pérdida sostenida de respaldo popular hacia el Ejecutivo y su programa no debe interpretarse como una invitación a la restauración pasiva mediante el juego parlamentario tradicional. La superación del estancamiento y la respuesta a las demandas históricas de los sectores populares no vendrán del reordenamiento de los gabinetes ni de los pactos en las cúpulas del poder económico. La tarea de la clase trabajadora y de sus organizaciones independientes reside en traducir la desafección hacia el aparato estatal en articulación política de base, cuestionando la estructura misma de la propiedad privada y la explotación que las encuestas del capital intentan, infructuosamente, enmascarar.
