El repunte de los alimentos a niveles inéditos en años no responde a una escasez natural, sino a la especulación financiera en los mercados de futuros y al monopolio de la cadena agroalimentaria.
Por Equipo El Despertar
El Índice de Precios de los Alimentos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) escaló a los 136 puntos, registrando su nivel más alto desde fines de 2022. Alimentos fundamentales de la dieta popular —como los cereales, el azúcar y los aceites vegetales— han encabezado este encarecimiento acelerado, arrastrando a millones de familias trabajadoras hacia la inseguridad alimentaria. Sin embargo, la narrativa hegemónica difundida por los organismos financieros y la prensa corporativa atribuye de forma tautológica esta crisis a “factores climáticos impredecibles”, a la “inflación inercial” o a “rigideces en la oferta”, ocultando la verdadera contradicción: la transformación del derecho humano a la alimentación en una fuente inagotable de extracción de plusvalía y renta especulativa.
Desde una lectura materialista, el constante encarecimiento de la canasta básica no es producto de una penuria física absoluta de alimentos en el planeta. La producción agrícola mundial mantiene volúmenes de cosechas récord o sumamente elevados; no obstante, la distribución y fijación de precios de los bienes básicos están capturadas por la oligopolización del mercado mundial. Un reducidísimo puñado de corporaciones transnacionales del agronegocio controla las fases críticas de acopio, insumos, procesamiento y comercialización marítima. Esta concentración permite a las multinacionales manipular la oferta mundial y convertir cualquier tensión geopolítica o contingencia climática en una oportunidad para inflar los márgenes de ganancia mediante la especulación en las bolsas de materias primas de Chicago o Londres.
El mecanismo de fijación de precios opera desligado de los costos reales de producción y del valor de la fuerza de trabajo agrícola. A través de instrumentos financieros derivados, los grandes fondos de inversión y gigantes del comercio de granos compran y venden contratos de cosechas futuras que ni siquiera han sido sembradas, apostando al alza de los bienes esenciales. Esta financierización de la agricultura convierte la mesa de la clase trabajadora en un casino global, donde la subida del precio del trigo o del maíz se traduce automáticamente en superbeneficios para los accionistas y en desnutrición para los sectores populares del Sur Global y las periferias urbanas del centro capitalista.
Frente a esta dinámica, los gobiernos burgueses suelen recurrir a subsidios focalizados o a ajustes monetarios que solo terminan precarizando aún más las arcas públicas en beneficio de los especuladores. Como señalan analistas y movimientos sociales por la soberanía alimentaria: “No estamos ante un problema de escasez técnica de alimentos, sino ante una crisis de acceso provocado por la dictadura del mercado, donde el alimento no se produce para satisfacer el hambre de los pueblos, sino para garantizar la tasa de acumulación del capital agroindustrial”.
La escalada de los precios de los alimentos pone al descubierto los límites inhumanos del modo de producción capitalista. Mientras el capital especulativo destruye el poder adquisitivo de los salarios mediante el encarecimiento arbitrario de la subsistencia, se hace indispensable cuestionar la propiedad privada sobre la tierra y la cadena de suministros. La erradicación del hambre no provendrá de los mecanismos del libre mercado, sino de la planificación democrática de la producción, la desfinancierización de los bienes básicos y el establecimiento de una verdadera soberanía alimentaria al servicio de las necesidades de la clase trabajadora.
