El candidato ultraderechista Abelardo de la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, se impuso este domingo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia por un margen de apenas 250.830 votos, según el preconteo oficial. Con el 99,99% de las mesas informadas, el exsenador obtuvo 12.959.542 sufragios (49,66%) frente a los 12.708.712 votos (48,70%) del candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, heredero político del presidente Gustavo Petro. Mientras De la Espriella celebraba su victoria en Barranquilla y recibía el apoyo explícito de Donald Trump —quien lo felicitó telefónicamente—, el candidato de la izquierda anunció la impugnación de 33.000 mesas electorales y denunció un proceso viciado por irregularidades. La ultraderecha, que se alinea con la agenda de la “mano dura” de Trump, Bukele y Milei, promete poner fin a los diálogos de paz y militarizar la respuesta al conflicto social, en una ofensiva que amenaza con sepultar las conquistas del primer gobierno progresista de la historia del país. La clase trabajadora colombiana, que en las urnas mostró una participación récord del 63,6%, asiste a un nuevo capítulo de la lucha de clases, donde el capital, la Casa Blanca y las élites locales se conjuran para frenar cualquier intento de transformación social.
Por Equipo El Despertar
Bogotá, Colombia. El domingo 21 de junio de 2026 quedará grabado en la memoria de los colombianos como el día en que el péndulo político del país se desplazó violentamente hacia la derecha. Con una participación histórica que superó el 63,5% del padrón electoral, los ciudadanos acudieron masivamente a las urnas para definir el rumbo de la nación para el periodo 2026-2030. El desenlace, sin embargo, fue incierto hasta el último momento: el preconteo oficial otorgó la victoria al ultraderechista Abelardo de la Espriella, conocido como “el Tigre”, con 12.959.542 votos frente a los 12.708.712 de Iván Cepeda.
La diferencia fue de apenas 250.830 votos, menos del 1% del total. El estrecho margen desató una tormenta política que mantiene en vilo al país. El presidente Gustavo Petro, que ha denunciado en reiteradas ocasiones “irregularidades” en el proceso, fue categórico: “No se puede proclamar ninguno presidente. Es el escrutinio el que determina quién es el presidente”. El candidato derrotado, Iván Cepeda, anunció que su campaña impugnará 33.000 mesas de votación durante el escrutinio oficial, y advirtió: “No vamos a permitir, lo decimos con claridad, haciendo uso de la fuerza de la democracia, de la movilización y de la acción política que retrocedan las conquistas sociales que hemos construido en estos años en Colombia”.
El “Tigre” del capital: el giro a la derecha y la guerra contra la paz
El triunfo de De la Espriella representa un giro copernicano en la política colombiana, que pone fin a la primera experiencia de gobierno de izquierda en la historia del país, encabezada por Gustavo Petro. El nuevo mandatario, que además posee ciudadanía estadounidense, se alinea con el bloque de ultraderecha continental que lideran Donald Trump en Estados Unidos, Nayib Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina.
Su llegada al poder representa una ofensiva frontal contra el proyecto de paz y justicia social del Pacto Histórico. Durante su campaña, De la Espriella fue explícito en sus intenciones: prometió poner fin a las negociaciones de paz con los grupos insurgentes y adoptar un enfoque “militarizado” para enfrentar el conflicto. Su discurso de victoria no dejó lugar a dudas sobre su agenda represiva: “A los narcotraficantes, a los terroristas, los secuestradores, a los extorsionistas, a los corruptos que se roban los recursos del pueblo, les notifico esta noche que Colombia vuelve a tener gobierno”. Y añadió: “No existe libertad sin seguridad, no existe democracia sin autoridad y no existe nación sin héroes como nuestros policías y soldados”.
La amenaza es clara: la militarización de la vida social, la criminalización de la protesta y el desmantelamiento de los canales de diálogo con los movimientos sociales y las comunidades campesinas. Para la clase trabajadora, la llegada del “Tigre” significa el regreso de la mano dura, la represión y el terrorismo de Estado disfrazado de “seguridad”.
El imperio y sus lacayos: la felicitación de Trump y la hipocresía de la “democracia”
El triunfo de De la Espriella fue celebrado con entusiasmo por la Casa Blanca. El propio candidato confirmó que recibió una llamada del presidente Donald Trump, quien le manifestó “su apoyo y su reconocimiento a nuestra victoria”. La injerencia del imperialismo estadounidense en el proceso electoral colombiano no fue un secreto: durante toda la campaña, Trump apoyó abiertamente a la opción de la derecha, en una estrategia que busca consolidar un cerco conservador en América Latina.
Desde una perspectiva marxista, esta felicitación no es más que la constatación de la función de clase del imperialismo. El capital transnacional, que ve en el proyecto de Petro una amenaza a sus intereses, ha encontrado en De la Espriella al títere que necesitaba para restaurar el orden de los negocios en el país. La llamada de Trump no es un gesto de cortesía diplomática; es la señal de que la Casa Blanca respalda la ofensiva contra los derechos de los trabajadores y las conquistas sociales del gobierno de Petro.
Las calles reclaman: protestas, disturbios y la represión que se avecina
La ajustada derrota de Cepeda no fue aceptada en silencio por sus simpatizantes. Tras conocerse los resultados del preconteo, se registraron protestas en distintas partes del país. En Bogotá, los seguidores del Pacto Histórico se movilizaron hasta Corferias, el mayor puesto de votación del país, para vigilar el escrutinio. En Cali, epicentro del estallido social de 2021, se registraron disturbios y enfrentamientos entre manifestantes y la policía. Las autoridades reportaron daños en infraestructuras públicas y varios heridos y detenidos.
Las protestas son el síntoma de la indignación popular ante lo que muchos consideran un robo electoral. Pero también son el preludio de lo que vendrá. La represión que De la Espriella ha prometido no se limitará a los grupos insurgentes: se extenderá a los movimientos sociales, a los sindicatos y a todo aquel que se atreva a desafiar el orden neoliberal. El nuevo presidente ha dejado claro que no tolerará la disidencia. La clase trabajadora debe prepararse para una ofensiva de largo aliento.
El giro a la derecha en el continente y la ofensiva del capital
La victoria de De la Espriella no es un hecho aislado. Se inscribe en una tendencia regional que ha visto el avance de la ultraderecha en Argentina, El Salvador y, ahora, Colombia. Esta ofensiva del capital, que se disfraza de “lucha contra la corrupción” y “mano dura contra la delincuencia”, tiene un objetivo claro: desmantelar los gobiernos progresistas y restaurar las condiciones de explotación que benefician a las élites locales y al capital transnacional.
La primera experiencia de gobierno de izquierda en Colombia, liderada por Gustavo Petro, logró avances significativos en materia de reforma agraria, justicia social y diálogo de paz. La llegada de De la Espriella al poder significa la liquidación de esos avances y el retorno a las políticas neoliberales de ajuste, represión y entrega de los recursos naturales a las multinacionales. Para la clase trabajadora, el triunfo de la ultraderecha es una derrota, pero no una derrota definitiva.
Epílogo: la batalla continúa
El preconteo da como ganador a Abelardo de la Espriella, pero la batalla política no ha terminado. Iván Cepeda y el Pacto Histórico han anunciado que impugnarán los resultados, y el escrutinio oficial determinará el desenlace final. Mientras tanto, las calles de Colombia se preparan para una nueva ola de movilizaciones.
La clase trabajadora no debe resignarse. La ofensiva de la ultraderecha es un desafío, pero también una oportunidad para reconstruir la organización popular y la conciencia de clase. Como advirtió Cepeda en su discurso de reconocimiento del preconteo, “no vamos a permitir que retrocedan las conquistas sociales”. La lucha por la justicia social y la paz en Colombia continuará, en las calles, en los sindicatos y en las comunidades. La historia no la escriben los tigres del capital, sino los pueblos que se niegan a ser domesticados.
