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El carnaval de los miserables: Milei echa leña al fuego de la crisis diplomática con Brasil para ocultar la podredumbre de su propio gobierno y servir a los designios del imperio

Jul 27, 2026
Foto La Nacion

La crisis diplomática más grave entre Argentina y Brasil en medio siglo, desatada por los insultos del presidente Javier Milei contra su par Lula da Silva durante un acto bolsonarista en San Pablo, no es un exabrupto personal ni un conflicto aislado: es la expresión de una estrategia de clase al servicio de la ultraderecha continental y el imperialismo estadounidense. Mientras Milei califica a Lula de “presidiario” y “ladrón” y acusa a Brasil de financiar una supuesta “campaña antiargentina” sin aportar una sola prueba, el gobierno de Lula responde con el llamado a consultas de su embajador en Buenos Aires y la convocatoria del representante argentino en Brasilia, una escalada que los propios diplomáticos califican de “inédita” en la historia bilateral.


Por Equipo El Despertar

El origen de la tormenta: un discurso de odio en tierra ajena

El sábado 26 de julio, Javier Milei viajó a San Pablo para participar en la Convención Nacional del Partido Liberal (PL), donde oficializó su respaldo a la candidatura presidencial del senador Flávio Bolsonaro para las elecciones de octubre. Lo que debía ser un acto de apoyo a la ultraderecha brasileña se convirtió en un ejercicio de provocación diplomática sin precedentes. Durante su discurso, Milei calificó a Lula de “ladrón”, “presidiario” y “totalitario”, e insultó al juez del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, a quien llamó “basura calva”.

La reacción de Brasilia fue inmediata. La Cancillería brasileña, encabezada por Mauro Vieira, llamó a consultas al embajador brasileño en Buenos Aires, Julio Bitelli, y convocó al embajador argentino, Daniel Raimondi, para transmitirle su “repulsa” y exigir explicaciones. El comunicado oficial fue lapidario: “no hay precedentes” de un “episodio infamante” como este, en el que “un presidente extranjero en territorio nacional haya acumulado agresiones y ofensas contra el jefe de Estado” y otras instituciones democráticas.

La escalada de Milei: la teoría de la conspiración como escudo

Lejos de rectificar, Milei redobló la apuesta. En una entrevista con Radio Mitre, acusó al “gobierno de Brasil” de haber financiado una supuesta “campaña antiargentina”, de la que no aportó pruebas. Afirmó que el 25% de los recursos de esa campaña provinieron de Brasil, en una aparente alusión a las críticas que recibió la selección argentina durante el Mundial de fútbol. También reflotó los fantasmas de la campaña electoral de 2023, asegurando que “un grupo de brasileños que mandó Lula jugaron activamente” contra él.

El exembajador argentino en Brasil, Diego Guelar, calificó la escalada como “innecesaria” y advirtió que “va a tener un impacto negativo en la relación bilateral”. Pero la lógica de Milei no es la de la diplomacia, sino la de la confrontación permanente. Como escribió Rosa Luxemburgo, “la burguesía se vuelve reaccionaria antes de ser derribada”. Milei, acorralado por el fracaso de su propio ajuste, la debacle de su popularidad y la erosión de su base política, ha decidido externalizar la crisis: el enemigo no está en la pobreza que genera su modelo, sino en el “zurdo” de Brasil y en la “casta” internacional que supuestamente lo persigue.

La función de clase del conflicto: ¿choque de personalidades o guerra de intereses?

La prensa hegemónica ha presentado la crisis como un choque de personalidades entre un “liberal excéntrico” y un “progresista veterano”. Pero la realidad es mucho más prosaica y mucho más brutal. El conflicto entre Milei y Lula no es un capricho personal; es la expresión de la lucha interimperialista por el control de la región y la alineación de las clases dominantes de ambos países con los intereses del capital transnacional.

El respaldo de Milei a la candidatura de Flávio Bolsonaro no es un gesto de simpatía ideológica; es un acto de subordinación a la dinastía Bolsonaro y, a través de ella, a la administración Trump, que ha convertido a la ultraderecha latinoamericana en el brazo ejecutor de su política de dominación. Como señaló Guelar, Milei confundió “una afinidad político-ideológica con la relación institucional que deben sostener dos países con más de dos siglos de historia compartida y un vínculo estratégico consolidado”.

El hecho de que Milei haya viajado a San Pablo por tercera vez sin mantener reuniones con las autoridades brasileñas revela la naturaleza de su estrategia: no busca construir puentes, sino quemarlos. Su objetivo no es fortalecer la integración regional, sino debilitar a Lula y allanar el camino a la derecha bolsonarista, que ya ha anunciado su intención de alinear a Brasil con la agenda trumpista de desregulación, ajuste y sumisión al capital financiero.

El costo de la confrontación: los trabajadores pagan la factura

Mientras los presidentes intercambian insultos y los embajadores son llamados a consultas, la clase trabajadora de ambos países sigue pagando el costo de una confrontación que no ha elegido. Argentina y Brasil son los principales socios del Mercosur, y su relación comercial es vital para millones de trabajadores. La crisis diplomática no ha afectado aún el intercambio comercial, pero el daño político ya está hecho. La incertidumbre genera desconfianza, y la desconfianza frena la inversión y el empleo.

Como escribió Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo, “el capital financiero es la fuerza motriz de la política imperialista”. La confrontación entre Milei y Lula no es un conflicto entre naciones, sino una disputa entre fracciones del capital transnacional: una que apuesta por la integración regional y la soberanía (representada por Lula y el PT), y otra que apuesta por la subordinación a Washington y la desregulación salvaje (representada por Milei, Bolsonaro y Trump). En esta guerra, los trabajadores son meros peones en un tablero que no controlan.

Epílogo: el interregno de la barbarie

La crisis diplomática entre Argentina y Brasil no se resolverá con un gesto de buena voluntad ni con una disculpa de Milei. El presidente argentino ha dejado claro que no pedirá disculpas, y Lula, por su parte, ha declarado que gobernará “sin injerencia de nadie”. La confrontación seguirá su curso, alimentada por la dinámica de una derecha que necesita del enemigo externo para ocultar su fracaso interno.

Como escribió Antonio Gramsci, la crisis consiste en que “lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”. En este interregno, la barbarie se ha convertido en la norma. Milei, atrapado en su propia retórica, ha decidido incendiar la relación con el principal socio comercial de Argentina para satisfacer a sus amos de Washington y a la dinastía Bolsonaro. La clase trabajadora de ambos países, que no tiene nada que ganar con esta confrontación, debe alzar la voz para exigir que los intereses del capital no sigan dictando el rumbo de la política exterior. La integración regional, la soberanía y la justicia social no se construyen con insultos, sino con cooperación y solidaridad de clase.

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