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El carnaval de los oportunistas: el PDG se desangra en su propia farsa mientras la derecha baila al ritmo de la comparsa

Jul 27, 2026
Foto La Cuarta

Entre querellas por falsificación de firmas, balances rechazados por el Servel, una directiva que no logra instalarse y una bancada que vende sus votos al mejor postor, el Partido de la Gente (PDG) de Franco Parisi atraviesa la crisis más profunda de su corta existencia. La misma colectividad que se presentó como la “voz de la clase media” y el “antídoto contra la casta” se ha transformado en una suerte de partido-mecanismo, un engranaje sin programa ni principios cuya única función es arbitrar la política nacional a cambio de prebendas. La derecha tradicional, que lo desprecia, no puede prescindir de él; la izquierda, que lo denuncia, no logra desactivarlo. Mientras el Servel amenaza con su disolución por tres balances consecutivos rechazados y una investigación fiscal por falsificación de documentos amenaza con destapar la cloaca de su financiamiento, los diputados del PDG siguen ejerciendo su oficio de mercenarios legislativos.


Por Equipo El Despertar

El expediente judicial del PDG: cuando la burocracia estatal se convierte en el único límite

El Partido de la Gente nunca fue un partido en el sentido clásico del término. Fue, desde su origen en 2021, una máquina electoral montada al servicio de una figura: Franco Parisi. Su estructura orgánica siempre fue frágil, su disciplina, un chiste, y su programa, una colección de eslóganes. Pero lo que hoy enfrenta la colectividad va más allá de la debilidad organizativa: es la podredumbre de un sistema político que permite que un partido sobreviva sin balances aprobados, sin rendición de cuentas y sin un mínimo de probidad.

El Servel ha anunciado que denunciará al PDG ante la Fiscalía Nacional por gastos no acreditados que serían constitutivos de delito. La medida, adoptada por el director del organismo, Raúl García, tiene como principal foco a Miguel Azar, ex administrador general de fondos del partido, quien habría concretado “pagos de arriendo a partes relacionadas y operaciones bancarias sin el respaldo correspondiente”. La denuncia se suma a una investigación que la Fiscalía de Alta Complejidad Centro Norte ya abrió en 2024 contra el expresidente del PDG, Luis Moreno, por una presunta falsificación de documentos para la obtención fraudulenta de fondos públicos.

Pero el escenario más grave es el de la disolución. Si el Servel rechaza el balance financiero de 2025, el PDG acumularía tres periodos consecutivos con balances rechazados (2023, 2024 y 2025), lo que gatillaría su disolución legal. Esta es una eventualidad real: el partido no logra aprobar sus balances desde 2023. En 2023, la misma causal llevó a la cancelación de la personalidad jurídica del partido Comunes.

La querella Passadore-Moreno: la guerra de las firmas falsas

A esta crisis financiera se suma una querella criminal que agudiza la descomposición interna del PDG. El exvicepresidente del partido, Jorge Passadore, presentó una acción penal contra el extimonel Luis Moreno por falsificación de instrumento privado, suplantación de identidad y administración fraudulenta de fondos públicos.

Según la querella, Moreno falsificó las firmas de Passadore y de la exdiputada Yovana Ahumada para abrir y gestionar cuentas corrientes del partido en el Banco Estado. El documento habría sido utilizado para “la administración irregular de fondos públicos” entregados por el Servel. La acción penal, admitida a trámite por el Séptimo Juzgado de Garantía, describe cómo Moreno habría manipulado un acta de una sesión del directorio central del PDG realizada en agosto de 2021 en Coronel, y luego la habría protocolizado ante notaría para obtener poderes amplios para operar cuentas corrientes, créditos y actos de disposición patrimonial.

La querella Passadore-Moreno no es un episodio aislado. Es la confirmación de que el PDG ha funcionado como una empresa familiar donde las formas legales son un mero decorado para la extracción de recursos públicos. Como escribió Lenin en El Estado y la revolución, “la burocracia es un organismo parasitario que se alimenta del Estado”. En el caso del PDG, la burocracia partidaria se ha convertido en un botín que sus dirigentes saquean sin pudor.

El perreo del PDG: la música del oportunismo

Pero la crisis del PDG no es solo judicial; es también política. La colectividad se ha consolidado como un actor clave en el Congreso, no por su programa o su coherencia, sino por su capacidad de condicionar la agenda legislativa a cambio de prebendas. El patrón es simple y en el Congreso ya nadie se hace ilusiones con él: el PDG no negocia programa, negocia precio, proyecto por proyecto.

La derecha lo desprecia, pero no puede prescindir de él. El gobierno de Kast ha tenido que poner urgencia al proyecto estrella de Parisi —la devolución de IVA en medicamentos y pañales— para amarrar sus votos en la Ley Miscelánea. Horas después, los 14 diputados del PDG anunciaron que igual rechazarían artículos clave del proyecto. El timonel republicano, Arturo Squella, disparó en X: “la mora purga la mora”. Pero la derecha sigue bailando al ritmo de la comparsa, porque el PDG tiene los votos que el oficialismo necesita.

Como escribió Marx en el Manifiesto Comunista, la burguesía “ha convertido en mercancías la dignidad personal, el amor, las convicciones religiosas y los deberes cívicos”. El PDG ha llevado esta lógica al extremo: ha convertido los votos legislativos en mercancías, la política en un mercado y la dignidad parlamentaria en una moneda de cambio. No es un partido de derecha ni de izquierda; es un partido de la transacción.

La función de clase del oportunismo: la crisis del PDG como síntoma

Desde una perspectiva marxista, la crisis del PDG no es un accidente ni una anomalía. Es el síntoma de una crisis más profunda del sistema político chileno: la descomposición de los partidos tradicionales, la fragmentación del espectro político y la reducción de la política a una disputa por el control del Estado.

El PDG no es un partido popular, como pretende, sino una expresión del populismo de derecha en su fase más descarnada. Su discurso contra la “casta” es una coartada para ocultar su propia naturaleza de casta. Su apelación a la “clase media” es un espejismo para ocultar su alineamiento con los intereses del gran capital. Como escribió Gramsci, la crisis de hegemonía se expresa en la incapacidad de la clase dominante para imponer su dirección moral e intelectual. En ese vacío, emergen figuras como Parisi, que no representan una alternativa al sistema, sino su versión más cínica y descarada.

La subordinación del PDG a la ultraderecha no es una traición a sus votantes, sino la consecuencia lógica de su naturaleza de clase. No tiene programa porque su programa es el mercado. No tiene principios porque su principio es el negocio. No tiene futuro porque su futuro es el presente.

Epílogo: el interregno del oportunismo

El PDG puede sobrevivir a la crisis judicial. Puede esquivar la disolución. Puede seguir vendiendo sus votos en el Congreso. Pero su destino ya está escrito: es el de un partido que ha hecho de la podredumbre su razón de ser y del oportunismo su única ideología.

La clase trabajadora no debe dejarse engañar por el espectáculo del PDG. No es un partido de la gente, sino un partido de los negocios. No es una alternativa al sistema, sino su expresión más descarnada. Mientras la derecha baila al ritmo de la comparsa, y el PDG sigue vendiendo sus votos al mejor postor, los de abajo siguen esperando que alguien represente sus intereses. Pero ese alguien no será Parisi ni su partido-mecanismo. Será la organización de los que se niegan a ser mercancía.

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