El diputado israelí de extrema derecha Zvi Sukkot, miembro del partido Sionismo Religioso, fue grabado este martes mientras destruía a martillazos un memorial en honor a los “mártires” palestinos en la aldea de Madama, al sur de Nablus, en Cisjordania ocupada. El acto de vandalismo, perpetrado bajo escolta militar, no fue una provocación aislada: fue la ejecución en vivo de la política de borramiento sistemático que el Estado sionista aplica contra la memoria y la existencia del pueblo palestino. Mientras los soldados israelíes vigilaban la escena, Sukkot golpeaba el monumento que recordaba a los caídos palestinos desde 1968 hasta la actualidad, en un gesto que el propio ejército calificó como “engañoso y manipulador” y que el primer ministro Benjamin Netanyahu consideró “inaceptable”. La clase trabajadora del mundo asiste, una vez más, a la confirmación de una verdad incómoda: el colonialismo sionista no solo roba tierras, sino que también intenta robar la historia y la dignidad de los pueblos que oprime.
Por Equipo El Despertar
Madama, Cisjordania ocupada. La mañana del 25 de agosto de 2026, el diputado Zvi Sukkot, de 35 años, miembro del partido Sionismo Religioso y colono de la ocupación, arribó a la aldea palestina de Madama, al sur de Nablus, en el norte de Cisjordania. No llegó solo. Lo acompañaban varios de sus asistentes y, sobre todo, una escolta de soldados israelíes que habían sido desviados de sus funciones operativas para garantizar su seguridad. El objetivo de la “visita” no era otro que destruir un memorial erigido en el centro de la aldea. Las imágenes que circularon rápidamente muestran a Sukkot, en primer plano, blandiendo un mazo contra la estructura de piedra, mientras otros miembros de su equipo se sumaban al ataque y los soldados observaban desde unos metros de distancia. El diputado subió a la cima del monumento y lo golpeó repetidamente con fuerza. Más tarde, publicó en sus redes sociales un video de la agresión, junto con un mensaje: “Hace unos días, exigí que el ejército tomara medidas para retirar los monumentos que conmemoran a terroristas en las aldeas de Madama y Burin. Desafortunadamente, permanecieron en su lugar. Así que fui yo mismo y tomé medidas para eliminarlos” .
El memorial que Sukkot intentó destruir no era un monumento cualquiera. Rami Nassar, jefe del concejo de la aldea, explicó a la AFP que la estructura, ubicada en el centro de Madama, incluía los nombres de los caídos en una batalla de 1968, en la primera y segunda intifadas, y hasta la actualidad. En uno de sus costados, el monumento mostraba el mapa de Palestina con su nombre escrito en árabe y la bandera palestina emergiendo de él. En el otro, rendía homenaje a al menos seis palestinos a los que se refería como “mártires”. Para el ocupante sionista, esos nombres no son memoria de una resistencia legítima contra la ocupación, sino una provocación que debe ser erradicada.
La complicidad del Estado en el borramiento
La reacción del ejército israelí fue, como siempre, una mezcla de cinismo y contradicción. Por un lado, el portavoz militar confirmó que la visita había sido autorizada y que Sukkot y sus asistentes habían recibido protección de soldados desviados de sus tareas para ese fin. Pero, al mismo tiempo, el ejército emitió un comunicado en el que acusaba al diputado de haber actuado de manera “engañosa y manipuladora” y de haber violado el marco de coordinación al destruir el monumento. Las tropas desplegadas, afirmó la institución, fueron puestas “innecesariamente en riesgo”. La declaración es una confesión involuntaria: el problema para el ejército no fue la destrucción de la memoria palestina en sí misma, sino que Sukkot haya roto el guion acordado.
La hipocresía alcanza su punto máximo cuando se recuerda que el propio ejército israelí ha demolido sistemáticamente este tipo de memoriales en el pasado. En su comunicado, el portavoz militar admitió que las fuerzas “demuelen regularmente monumentos y símbolos de incitación”, sujetos a las aprobaciones pertinentes. Es decir, el Estado sionista no solo tolera el borramiento de la memoria palestina, sino que lo institucionaliza como parte de su política de ocupación. Sukkot no hizo más que ejecutar, con la brutalidad de un martillo, lo que el propio Estado aplica con la frialdad de un decreto.
Las grietas en el bloque de la ocupación
A pesar de la complicidad estructural, el acto de Sukkot generó un terremoto político en el establishment israelí. El primer ministro Benjamin Netanyahu calificó la acción como “inaceptable”. El exjefe del Estado Mayor y principal rival de Netanyahu en las próximas elecciones, Gadi Eisenkot, fue más duro: “El comportamiento de Zvi Sukkot es una vergüenza para cualquiera que pretenda representar al público y ser un líder” , escribió en X. “Netanyahu permite que anarquistas como Zvi Sukkot y los de su calaña hagan lo que quieran, poniendo en peligro la seguridad en los asentamientos y dañando la posición de Israel en el mundo”.
El líder de la oposición, Yair Golan, acusó a Sukkot de intentar “encender otro fuego y otra guerra”. El diputado del Partido Demócrata, Gilad Kariv, denunció la hipocresía del ejército, señalando que mientras a los legisladores de izquierda se les negaban visitas coordinadas a aldeas palestinas por falta de tropas, al “piromaníaco” de Sukkot se le asignaba una escolta completa para destruir un monumento. Estas críticas, sin embargo, no son un cuestionamiento del sistema colonial, sino una disputa entre facciones de la burguesía sionista sobre cómo gestionar mejor la dominación. Sukkot encarna la versión más descarnada de la ideología de la ocupación, mientras que sus críticos representan el ala que prefiere una dominación con mejores relaciones públicas.
La función de clase del martillo
Desde una perspectiva marxista, el acto de Sukkot no es una excepción, sino la expresión más brutal de la lógica de clase del colonialismo sionista. El capital y el imperio necesitan que los pueblos oprimidos olviden su historia para poder dominarlos. La memoria de la resistencia es una amenaza para el orden establecido. Por eso, el martillo no solo golpea piedra; golpea la conciencia de un pueblo que se niega a ser borrado.
La memoria de los de abajo no es un lujo, es una necesidad de clase. Sukkot lo sabe. Por eso, al golpear el monumento, no intentaba destruir una estructura, sino la posibilidad de que la resistencia palestina tenga un pasado que contar y un futuro que construir. La clase trabajadora del mundo debe entender que la lucha de los palestinos no es solo por la tierra, sino también por su historia y su dignidad. Mientras el ocupante siga golpeando memoriales, la memoria de los de abajo seguirá resistiendo. Como bien lo demostró Sukkot con su martillo, el ocupante puede golpear, pero no puede borrar. La historia, como la resistencia, no se destruye con un mazo.
