Guillermo cuenta que al verla por primera vez algo dentro suyo simplemente dijo: “Ella es el amor de mi vida.” Puede parecernos exagerado. Puede parecernos romántico. Puede parecernos incluso ingenuo. Pero después de leer más de doscientas páginas descubrimos que esa frase pronunciada por un muchacho de diecisiete años termina siendo una especie de hilo conductor de treinta años de existencia.
Daniel Jadue
Compañeras y compañeros:
Presentar un libro siempre es una invitación a entrar en la intimidad de otro ser humano. Pero presentar un libro escrito por un compañero que hoy se encuentra privado de libertad tiene inevitablemente una significación distinta.
Porque Guillermo Bermejo no puede estar aquí simplemente como podría estar cualquier escritor acompañando a sus lectores. Hoy se encuentra encarcelado después de una condena judicial que su defensa ha cuestionado y recurrido, en un proceso que para sus compañeros, sus defensores y una parte importante de la izquierda peruana y latinoamericana, constituye un ejemplo de persecución política mediante instrumentos judiciales. La justicia peruana, por su parte, sostiene que existieron antecedentes suficientes para condenarlo, sin embargo en los dos juicios previos, que fueron anulados por el mismo aparato que termino condenan dolo, fue absuelto de todas las acusaciones porque carecían del más minimo fundamento. Esa controversia debe decirse con claridad, porque la solidaridad política no necesita esconder los hechos: necesita discutirlos.
Guillermo es un dirigente político peruano, militante de izquierda, luchador social y parlamentario. Pero el hombre que encontramos en estas páginas es bastante más que eso. Y quizás allí reside la primera sorpresa de este libro.
Porque quien espere encontrar un tratado político, un conjunto de discursos parlamentarios o una autobiografía tradicional de un dirigente de izquierda, va a encontrarse con algo completamente diferente. Va a encontrarse con un hombre hablando de amor. De sus errores. De sus contradicciones. De sus derrotas. De sus convicciones. De la familia. De la amistad. De la política. De la fe. Y, fundamentalmente, del tiempo.
El propio Guillermo abre el libro diciendo algo extraordinariamente sencillo:
“Les voy a contar una historia, mi historia.”
Y eso es exactamente lo que hace. Nos lleva al Perú de 1993 y nos presenta a un muchacho de diecisiete años que cree tener perfectamente ordenado su futuro. Ha perdido tempranamente a su madre. Lee mucho. Discute de política. Quiere estudiar en Cuba. Ha sufrido ya problemas escolares por anunciar, antes de que ocurriera, que se aproximaba un golpe de Estado.
Es un adolescente que, como él mismo reconoce, tiene “más libros que amigos”. Y aparece entonces Fabiola. El militante que creía poder explicarlo todo descubre algo que no encuentra explicado en ninguno de sus libros. El amor. Y eso me parece hermoso porque allí comienza realmente este libro: cuando la vida derrota a nuestras certezas.
Guillermo cuenta que al verla por primera vez algo dentro suyo simplemente dijo: “Ella es el amor de mi vida.” Puede parecernos exagerado. Puede parecernos romántico. Puede parecernos incluso ingenuo. Pero después de leer más de doscientas páginas descubrimos que esa frase pronunciada por un muchacho de diecisiete años termina siendo una especie de hilo conductor de treinta años de existencia.
Y aquí aparece algo que, desde una perspectiva marxista, me parece particularmente interesante. Nosotros hablamos permanentemente de estructuras. De clases sociales. De relaciones de producción. De imperialismo. De explotación. De dominación. Y tenemos razón en hacerlo.
Pero el marxismo jamás pretendió construir seres humanos sin sentimientos. Marx escribió poesía. Lenin amaba la literatura. Rosa Luxemburgo escribía desde la prisión sobre pájaros, flores y nubes. El Che escribía cartas profundamente afectivas mientras hacía una revolución. Porque aspiramos a transformar las estructuras precisamente para que los seres humanos puedan vivir plenamente.
¿Para qué queremos transformar el mundo si no es para poder amar, crear, cuidar, aprender, compartir y vivir dignamente? Ese es, para mí, uno de los aspectos más interesantes del libro de Guillermo.
La política aparece permanentemente, pero nunca consigue expulsar a la vida. Desde adolescente, Bermejo discute sobre socialismo. En una escena particularmente reveladora recuerda cómo respondió a una compañera que asociaba socialismo y terrorismo. Le preguntó si había leído a Marx, Lenin o, siendo peruana, por lo menos a Mariátegui. Y después lanzó una de esas frases que revelan al polemista que conocemos:
“Con los ignorantes no se debate, se les educa.”Pero inmediatamente aparece Fabiola para reprenderlo por haber humillado públicamente a otra persona.
Y allí está condensado buena parte del libro. Guillermo tiene argumentos. Fabiola le enseña humanidad. Él quiere ganar la discusión. Ella le recuerda que también importa cómo tratamos al otro. Y quizás una de las formas más profundas del amor sea precisamente esa: alguien que no pretende transformarnos en otra persona, pero que nos obliga a preguntarnos permanentemente si podemos ser una mejor versión de nosotros mismos.
Hay además una dimensión profundamente peruana y latinoamericana en estas páginas. Aparecen Lima, Lince, Surco, Ica, Chincha, las familias migrantes, la marinera, la música, el fútbol, Cuba, Venezuela, la dictadura de Fujimori, las organizaciones políticas, las persecuciones, las cárceles.
El amor ocurre dentro de la historia. Nunca fuera de ella. Fabiola cuenta orgullosamente cómo su padre llegó desde Pomata, en Puno, junto a sus hermanos, buscando abrirse camino en Lima. Guillermo observa en esa historia el sacrificio de miles de familias que construyeron las grandes ciudades latinoamericanas sin que nuestras ciudades necesariamente las reconocieran como constructoras de su propia historia.
Y aquí el libro deja de ser solamente la historia de dos personas. Porque detrás de cada biografía existe una sociedad. Mariátegui comprendió mejor que muchos marxistas de su tiempo que no podíamos copiar mecánicamente las categorías europeas para explicar América Latina. Había que mirar nuestros pueblos concretos, nuestras culturas, nuestros indígenas, nuestros campesinos, nuestras ciudades y nuestras contradicciones.
Y este libro, sin pretender ser un ensayo sociológico, está lleno de esas pequeñas huellas. Pero hay un segundo movimiento mucho más doloroso. La historia de Guillermo y Fabiola se rompe. La vida toma otros caminos. Fabiola construye otra familia. Guillermo continúa su trayectoria política. Llega incluso el momento en que ella se casa y él debe aceptar que aparentemente todo terminó.
Entonces el libro cambia. El muchacho orgulloso, combativo, acostumbrado a enfrentar adversarios políticos, descubre que existen derrotas para las cuales ninguna formación militante nos prepara. Él mismo cuenta que abandonó durante un período la universidad, el fútbol, los amigos, la política y el trabajo.
No quiero detenerme demasiado en esa parte porque creo que debe descubrirla cada lector. Pero allí aparece la segunda gran enseñanza del libro: tocar fondo no necesariamente significa haber llegado al final.
A veces significa encontrarse frente a uno mismo. Y aquí aparece también la transformación espiritual de Guillermo. El joven que comenzó esta historia definiéndose prácticamente como ateo termina reconstruyendo su relación con la fe. Puede compartirse o no esa transformación. Pero sería absurdo desconocer su importancia dentro de la arquitectura narrativa del libro.
El amor modifica también sus certezas. En determinado momento recuerda que comenzó a preguntarse si su ateísmo no contenía también cierta radicalidad innecesaria. Y reconoce que aquella joven que amaba tenía la capacidad de moldear para bien aquello que él describe como un barro bastante seco.
Pero la historia todavía tenía preparada otra vuelta. Décadas después, los caminos vuelven a cruzarse. Y aquí comienza probablemente la parte más extraordinaria del relato.
No porque tenga algo sobrenatural, sino porque tiene algo profundamente humano: dos personas que han vivido vidas completas descubren que aquello que quedó inconcluso seguía existiendo en algún lugar de sus biografías. Cuando vuelven a encontrarse ya no son aquellos adolescentes. Han sufrido. Han tenido otras experiencias. Existen hijos, familias, responsabilidades, heridas.
Guillermo ha vivido persecución política, exilio y cárcel. Él mismo cuenta que Venezuela lo acogió como exiliado porque sus conflictos políticos en Perú habían llegado a poner en riesgo su vida, y recuerda también otro período anterior de encarcelamiento.
Por eso el reencuentro no consiste simplemente en recuperar el pasado. Consiste en preguntarse si todavía pueden construir futuro. Y ocurre algo que me parece especialmente significativo. La historia que comenzó en una banca de Ica vuelve, treinta años después, exactamente a aquella banca. Guillermo organiza junto con familiares y amigos el regreso al lugar donde alguna vez declaró su amor. Allí se arrodilla nuevamente y pregunta:
“Aquí, donde te pedí que fueras mi enamorada hace treinta años, quiero preguntarte si te quieres casar conmigo.”
Y Fabiola responde: “¡Sí, acepto!” Treinta años. ¿Cuántas cosas pueden ocurrir en treinta años? Puede caer una dictadura. Puede transformarse un país. Puede desaparecer un sistema político. Podemos conocer el exilio, la cárcel, las victorias y las derrotas. Podemos convertirnos en personas completamente diferentes. Y, sin embargo, determinadas experiencias permanecen.
Pero quiero detenerme en otro aspecto que considero incluso más profundo. Cuando Fabiola enfrenta una grave enfermedad, Guillermo escribe que su prioridad cambia completamente. La campaña política pasa a segundo plano y dedica sus esfuerzos a buscar atención, exámenes, especialistas y alternativas para ella. El diagnóstico resulta extremadamente serio, aunque posteriormente el tratamiento y seguimiento ofrecen razones para la esperanza.
Y aquí el amor deja definitivamente de ser enamoramiento. Se convierte en cuidado. Eso me parece fundamental. Porque nuestra sociedad ha convertido el amor en una mercancía más. Nos vende flores. Canciones. Viajes. Matrimonios. Fotografías. Pero habla muy poco del trabajo cotidiano de cuidar.
Silvia Federici nos ha enseñado cuánto de ese trabajo invisible ha recaído históricamente sobre las mujeres. Este libro permite observar también a un hombre aprendiendo que amar significa cuidar, acompañar y asumir responsabilidades.
Incluso existe una reflexión autocrítica que considero valiosa. Cuando Guillermo recuerda su deseo de tener un hijo con Fabiola, termina reconociendo que aquello podía convertirse en una presión injusta y escribe que una mujer no puede ser considerada simplemente como una “fábrica de herederos”.
No es una reflexión menor. Porque el amor emancipador no puede fundarse en la posesión. Debe fundarse en la libertad.
Compañeras y compañeros:
¿Por qué presentar hoy este libro? Precisamente porque su autor está preso. Y porque existe una dimensión profundamente humana en leer las palabras de alguien cuya libertad está restringida. Las cárceles pueden encerrar cuerpos. No pueden encarcelar recuerdos. No pueden encarcelar ideas. No pueden encarcelar afectos. No pueden encarcelar la memoria.
Y mucho menos pueden impedir que una historia viaje desde Perú hasta Chile y encuentre aquí lectores dispuestos a discutirla. Pero tampoco quiero presentar a Guillermo como una víctima desprovista de historia propia. Sería injusto con él. Guillermo es un militante. Ha escogido intervenir en las contradicciones de su tiempo.
Ha cometido errores y los reconoce en estas páginas con una franqueza que a veces sorprende. Se ríe de sí mismo. Confiesa sus orgullos, sus excesos, sus contradicciones y sus derrotas. Eso también es política.
Porque quienes militamos en proyectos transformadores debemos aprender que la autocrítica no nos debilita. Nos humaniza. Mariátegui decía que el socialismo latinoamericano no podía ser “calco y copia”, sino creación heroica. Quizás podríamos trasladar esa intuición a nuestras propias vidas. Tampoco el amor puede ser calco y copia. Cada ser humano debe construirlo. Equivocarse. Aprender. Volver a intentarlo.
Y asumir que ninguna revolución merece ese nombre si no transforma también nuestras relaciones humanas. El capitalismo nos educa para competir. El amor nos enseña a cuidar. El capitalismo nos dice que el tiempo es dinero. El amor nos demuestra que el tiempo es vida. El capitalismo convierte prácticamente todo en mercancía. El amor verdadero pertenece todavía a ese territorio extraordinario de las relaciones humanas que no puede medirse por su precio. Tal vez por eso este libro político que aparentemente no habla principalmente de política termina siendo profundamente político.
Porque habla de aquello por lo cual vale la pena luchar. Cuando terminamos sus páginas, comprendemos que aquella frase pronunciada por el adolescente de diecisiete años —“ella es el amor de mi vida”— ya no significa lo mismo. Al principio era intuición. Después fue deseo. Luego ausencia. Más tarde memoria. Finalmente se convirtió en decisión. Y quizás esa sea la palabra fundamental: decisión.
Porque amar no es solamente sentir. Es decidir cuidar. Decidir permanecer. Decidir escuchar. Decidir corregirse. Decidir volver. Decidir construir. También la política revolucionaria es, en último término, una decisión semejante: decidir que no aceptaremos como natural un mundo construido sobre la explotación, la desigualdad y la injusticia. Por eso quiero terminar hablando directamente a Guillermo. Compañero: Hoy otros pueden controlar las puertas que se abren y se cierran a tu alrededor. Pueden determinar horarios. Pueden limitar desplazamientos. Pueden privarte de muchas cosas. Pero hay algo sobre lo cual ningún tribunal tiene jurisdicción: tu memoria. Tu capacidad de amar. Tus convicciones. Y tu derecho a seguir soñando con un mundo diferente. Este libro demuestra precisamente eso. Que después de tocar fondo podemos volver a levantarnos. Que después de treinta años los caminos pueden volver a encontrarse. Que después de una derrota puede existir otra batalla. Y que mientras exista alguien dispuesto a amar, luchar y construir colectivamente, ninguna cárcel consigue tener la última palabra.
Porque los pueblos latinoamericanos sabemos algo después de siglos de derrotas y resistencias: podrán encarcelar a los hombres y mujeres. Podrán perseguir dirigentes. Podrán intentar proscribir proyectos políticos. Pero jamás podrán encarcelar aquello que lleva a un pueblo a levantarse nuevamente.
Y este libro, desde otro lugar, mucho más íntimo, nos recuerda exactamente lo mismo: mientras haya amor, memoria y esperanza, siempre habrá futuro.
Muchas gracias.
