Más de 3.200 colonos israelíes, liderados por el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, irrumpieron este jueves en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén para conmemorar la destrucción del Templo judío, violando el statu quo que reserva el recinto al culto musulmán. La imagen de un ministro israelí izando la bandera de la ocupación frente a la Cúpula de la Roca, mientras la policía blindaba el acceso a los fieles palestinos, es un eco siniestro de la visita que Ariel Sharon realizó al mismo lugar en septiembre de 2000, un acto que desencadenó la segunda intifada y sumió a la región en años de sangre y destrucción.
Por Equipo El Despertar
Jerusalén Este ocupada. La mañana del 23 de julio de 2026, la Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar más sagrado del Islam, fue escenario de una nueva profanación. Más de 3.200 colonos israelíes, escoltados por un imponente despliegue policial, ingresaron en el complejo de Al Aqsa en el marco de la festividad judía de Tisha B’Av, que conmemora la destrucción del Primer y Segundo Templo. La irrupción fue liderada por el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, un colono ultraderechista conocido por su agenda de anexión, acompañado por diputados del partido Likud.
Los colonos, en grupos sucesivos de aproximadamente 150 personas, desplegaron banderas israelíes, entonaron el himno nacional y realizaron rituales talmúdicos frente a la Mezquita de la Cúpula de la Roca. Ben Gvir, visiblemente exaltado, fue grabado increpando a palestinos en el lugar: “yo mando aquí, esta tierra es mía y un día te echaré de aquí, recuérdalo bien”. La policía israelí, lejos de contener la provocación, instaló carpas para facilitar las oraciones de los colonos y restringió el acceso de los fieles musulmanes, impidiendo que la mayoría pudiera realizar la oración del amanecer.
El espectro de la segunda intifada
La escena evoca inevitablemente la visita de Ariel Sharon al mismo lugar el 28 de septiembre de 2000. En aquella ocasión, el entonces líder de la oposición israelí, acompañado por más de 1.000 policías armados, irrumpió en la Explanada en un acto calculado para desafiar la soberanía palestina sobre el lugar sagrada. Aquella provocación fue el detonante de la segunda intifada, un levantamiento popular que se extendió por más de cuatro años y dejó un saldo de más de 3.300 palestinos y 970 israelíes muertos. La imagen del niño palestino Mohammed Durra, abatido en brazos de su padre, se convirtió en el símbolo de aquella guerra de ocupación.
Veintiséis años después, la historia parece repetirse con la misma lógica de la provocación y la fuerza. El gobierno de Benjamín Netanyahu, atrapado en una crisis de legitimidad interna y presionado por el ala más radical del sionismo religioso, ha decidido jugar la carta de la escalada religiosa para desviar la atención de sus problemas y consolidar su dominio sobre Jerusalén. La participación directa de un ministro en funciones en la violación del statu quo no es un exceso aislado, sino una política de Estado que busca imponer por la fuerza la “judaización” de la ciudad sagrada.
La hipocresía del “status quo”
El statu quo vigente desde 1967 establece que la Explanada está reservada al culto musulmán, mientras que los judíos solo pueden ingresar como visitantes, sin realizar rezos ni rituales. Sin embargo, esta norma ha sido sistemáticamente violada por los colonos con la connivencia de la policía, que actúa como un brazo armado del proyecto de anexión. La entrada masiva de 3.200 colonos no es un acto espontáneo de fervor religioso, sino una operación coordinada por el Estado para alterar la realidad sobre el terreno, dividir el espacio sagrado y consolidar la soberanía israelí sobre el lugar más sensible de Jerusalén.
El Ministerio de Asuntos Religiosos y Dotaciones de Jerusalén, la autoridad islámica que administra el complejo, condenó la incursión como una “flagrante violación del estatus histórico y legal del tercer sitio más sagrado del Islam”. La Gobernación de Jerusalén advirtió que la participación directa de ministros y legisladores “confirma la adopción oficial del programa extremista por parte de la cúpula política del régimen israelí. Hamás, por su parte, calificó el asalto como una “peligrosa escalada” y advirtió que “los actos flagrantes de agresión se volverán en contra de la ocupación”.
La función de clase de la provocación
Desde una perspectiva marxista, el asalto de Ben Gvir a Al Aqsa no es un conflicto religioso, sino una maniobra política de la clase dominante israelí para profundizar la ocupación y desviar la atención de las contradicciones internas de su propio régimen. La “guerra religiosa” que el gobierno de Netanyahu intenta desatar es una cortina de humo para ocultar la crisis económica, la fractura social y la ilegitimidad de un gobierno que se sostiene gracias a una alianza con los sectores más reaccionarios del sionismo.
La clase trabajadora palestina, que vive bajo la ocupación más brutal y prolongada del siglo XXI, es la principal víctima de esta escalada. La restricción del acceso a la mezquita, la violencia de los colonos y la complicidad de la policía son parte de un sistema de apartheid que niega a los palestinos sus derechos más elementales. La provocación de Al Aqsa no es un fin en sí mismo, sino un medio para consolidar la anexión de Jerusalén Este y perpetuar la dominación colonial.
La “comunidad internacional”, que tan rápido se moviliza para condenar a gobiernos progresistas, guarda un silencio cómplice ante esta nueva provocación. Los gobiernos árabes, que han normalizado sus relaciones con Israel en los últimos años, también han optado por el silencio o por condenas tibias que no alteran el statu quo de la ocupación. La condena de Jordania y Hamás, aunque legítima, no es suficiente para detener una escalada que amenaza con desatar una nueva guerra en la región [7†L28-L29].
Epílogo: la historia se repite
El asalto de Ben Gvir a Al Aqsa es un recordatorio de que el sionismo, en su esencia, es un proyecto colonial que no conoce límites. La provocación de 2000, que desencadenó la segunda intifada, no fue un error de cálculo, sino una estrategia deliberada para aplastar cualquier posibilidad de paz. La provocación de 2026, en un contexto de mayor debilidad del imperialismo estadounidense y de ascenso de la resistencia palestina, podría tener consecuencias aún más impredecibles.
La clase trabajadora del mundo debe leer este evento con otros ojos: no se trata de un conflicto religioso, sino de una lucha de clases a escala global, donde el Estado sionista actúa como el brazo armado del imperialismo en Oriente Medio. La resistencia palestina, que ha demostrado su capacidad de lucha en Gaza, Cisjordania y Jerusalén, es la única fuerza que puede poner freno a esta escalada. La solidaridad internacional con el pueblo palestino no es una opción, sino una necesidad para detener el avance del fascismo religioso y la ocupación colonial.
