Frente a la narrativa hegemónica que reduce los resultados electorales a una «polarización de caudillos», el avance de la extrema derecha y el balotaje entre Flávio Bolsonaro y Lula exponen las contradicciones de la gestión reformista del Estado y el peso estructural del capital agrofinanciero.
Por Equipo El Despertar
La primera vuelta de las elecciones generales en Brasil ha configurado un escenario marcado por el paso a balotaje del candidato de la extrema derecha, Flávio Bolsonaro, y el mandatario Luiz Inácio Lula da Silva, en paralelo a una masiva consolidación de las bancadas conservadoras en la Cámara de Diputados y el Senado. La prensa corporativa y los analistas del liberalismo internacional se han apresurado a encuadrar este resultado bajo la manida tesis de la «polarización irracional» o el «choque de personalismos». Sin embargo, desde una lectura materialista de la historia, el desenlace del proceso electoral no representa un fenómeno fortuito ni una patología del debate público, sino la consecuencia previsible de las limitaciones estructurales de la conciliación de clases y la imposibilidad de frenar a la reacción oligárquica mediante la mera administración del Estado burgués.
Durante la última gestión, la estrategia de gobernabilidad del Partido de los Trabajadores (PT) buscó articular un equilibrio imposible: garantizar las tasas de ganancia de la burguesía agroexportadora y el capital financiero mediante regímenes de disciplina fiscal, mientras se aplicaban políticas de asistencia social focalizadas para contener la miseria extrema. Esta dinámica de moderación programática no solo dejó intacta la estructura concentrada de la propiedad de la tierra y el patrón de acumulación extractivista, sino que desmovilizó a la clase trabajadora y amortiguó la lucha de clases. Al subordinar la acción política al marco de la institucionalidad tradicional, el reformismo terminó abriendo el paso para que el descontento de las masas precarizadas fuera capitalizado por la demagogia de extrema derecha, respaldada por las fracciones más reaccionarias del latifundio y el aparato mediático-religioso.
La correlación de fuerzas resultante en el Congreso Nacional —donde el Partido Liberal (PL) y los bloques del capital de las «tres B» (bala, buey y Biblia) amarraron una mayoría decisiva— confirma que el parlamento brasileño sigue funcionando como un comité de gestión de los negocios corporativos. Esta hegemonía legislativa de las élites evidencia la fragilidad de pretender transformaciones sociales profundas dentro de las reglas del juego democrático-burgués. Como señalan analistas de la izquierda de clase y dirigentes del movimiento de trabajadores en Brasil: “El resultado electoral desnuda los límites de la política de concesiones: no es posible derrotar a la extrema derecha ni defender las condiciones de vida del pueblo mientras se financia al agronegocio con recursos públicos récord y se subordina la política económica a los dictados de los acreedores financieros”.
En este horizonte, la definición de la segunda vuelta presidencial no resolverá por sí sola las contradicciones de fondo que ahogan a las mayorías explotadas de la ciudad y el campo. Mientras el gran capital utiliza las urnas como un mecanismo de arbitraje interno para ajustar las condiciones de extracción de plusvalía y explotación de los recursos naturales, la tarea urgente de la clase trabajadora brasileña pasa por superar la ilusión parlamentaria. La verdadera barrera contra el avance fascista y la única vía para conquistar demandas históricas —como la reforma agraria radical, la restitución de derechos laborales y la soberanía sobre los bienes comunes— dependerá de la recomposición de la lucha de masas, la organización autónoma en los centros de trabajo y la movilización territorial independiente de los dictados de las élites.
