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6 de octubre de 1973: la guerra que estremeció Medio Oriente y cambió el equilibrio mundial

Oct 6, 2026

El 6 de octubre de 1973, Egipto y Siria lanzaron una ofensiva contra las fuerzas israelíes desplegadas en el Sinaí y los Altos del Golán, territorios ocupados por Israel desde la guerra de 1967. La llamada Guerra de Octubre —o Guerra del Yom Kippur— duró pocas semanas, pero modificó profundamente la política regional, desencadenó una crisis energética mundial y preparó el terreno para una nueva etapa diplomática. Vista desde una perspectiva materialista y anticolonial, también obliga a preguntarse por territorio, soberanía, recursos, intervención de las grandes potencias y por una cuestión palestina que aquella guerra no resolvió.

Por Equipo El Despertar

El 6 de octubre de 1973, mientras Israel celebraba Yom Kippur y coincidía además con el mes musulmán de Ramadán, fuerzas egipcias atravesaron el canal de Suez y atacaron las posiciones israelíes en el Sinaí. Simultáneamente, Siria abrió un frente en los Altos del Golán. Comenzaba una guerra que recibiría nombres distintos según quién la recordara: Guerra del Yom Kippur en Israel, Guerra de Octubre o Guerra de Ramadán en buena parte del mundo árabe.

Los nombres importan porque la memoria nunca es completamente ajena a la historia. Pero antes de interpretar aquel conflicto es necesario establecer su punto de partida: Egipto y Siria intentaban recuperar territorios que Israel había ocupado durante la Guerra de los Seis Días de junio de 1967. El Sinaí pertenecía a Egipto; los Altos del Golán, a Siria. La Resolución 242 del Consejo de Seguridad, adoptada después de aquella guerra, había establecido principios destinados a alcanzar una solución basada, entre otros elementos, en la retirada israelí de territorios ocupados y en el derecho de los Estados de la región a vivir en paz y seguridad.

Seis años después, esa solución no había llegado. Y cuando la diplomacia permanece bloqueada mientras una ocupación territorial se prolonga, la geografía deja de ser simplemente geografía. Se convierte en una relación de poder.

Aquí comienza una lectura materialista de 1973.

Un territorio no es solamente una superficie dibujada sobre un mapa. Contiene rutas, agua, recursos, infraestructura, posiciones militares, ciudades, comunidades y posibilidades económicas. Controlar un territorio significa también condicionar quién puede circular por él, quién explota sus recursos y quién determina su futuro político.

Por eso las guerras de Medio Oriente no pueden comprenderse exclusivamente como conflictos religiosos milenarios. Esa explicación, además de simplificadora, oculta precisamente aquello que una perspectiva materialista intenta hacer visible: territorio, Estado, colonialismo, intereses económicos, nacionalismos, recursos estratégicos y competencia entre grandes potencias.

En 1973, además, el mundo estaba dividido por la Guerra Fría.

Estados Unidos respaldaba decisivamente a Israel. La Unión Soviética había proporcionado importantes cantidades de armamento a Egipto y Siria. Cuando comenzó la guerra, ambas superpotencias intensificaron su apoyo a sus respectivos aliados, mientras intentaban simultáneamente evitar que la confrontación regional terminara convirtiéndose en un choque directo entre ellas.

Medio Oriente aparecía así como una expresión particularmente peligrosa de una característica central del orden internacional de aquella época: pueblos y Estados podían desarrollar sus propias estrategias y proyectos nacionales, pero actuaban dentro de una estructura mundial condicionada por dos grandes bloques militares y políticos.

Sin embargo, sería también un error reducir a Egipto, Siria o Israel a simples piezas manipuladas desde Washington o Moscú. Los actores regionales poseían intereses, proyectos y capacidades propias. La Guerra Fría condicionaba sus decisiones, pero no las determinaba mecánicamente.

Esa distinción es fundamental.

La herida de 1967

Para comprender por qué Anwar el-Sadat decidió llevar a Egipto nuevamente a la guerra hay que volver a junio de 1967.

La derrota árabe había sido devastadora. Israel ocupó el Sinaí, Gaza, Cisjordania, Jerusalén Oriental y los Altos del Golán. Para el nacionalismo árabe representó no solamente una derrota militar, sino una profunda crisis política.

Gamal Abdel Nasser, símbolo del panarabismo y de una determinada búsqueda de soberanía poscolonial, murió en 1970. Sadat heredó un país que necesitaba recuperar el territorio perdido, pero también romper un estancamiento diplomático.

La estrategia egipcia de 1973 no puede entenderse únicamente como una búsqueda de victoria militar total. Sadat pretendía modificar una situación que después de 1967 parecía congelada. Una ofensiva capaz de demostrar que la ocupación tenía costos podía alterar la correlación política y obligar a las grandes potencias a reactivar negociaciones.

La guerra, paradójicamente, fue concebida también como instrumento para abrir posteriormente una vía diplomática.

Cruzar el canal

El éxito inicial egipcio sorprendió a Israel. Las fuerzas egipcias cruzaron el canal de Suez, superaron posiciones defensivas israelíes y establecieron cabezas de puente en la ribera oriental. Siria consiguió también avances iniciales en el Golán. La imagen tuvo enorme importancia simbólica en el mundo árabe.

Después de la derrota de 1967, el ejército israelí había adquirido una reputación de prácticamente invencible. Las primeras jornadas de octubre destruyeron esa percepción. Pero la guerra cambió rápidamente.

Israel movilizó sus reservas, estabilizó los frentes y lanzó contraofensivas. En el Sinaí, fuerzas israelíes terminaron cruzando hacia el lado occidental del canal de Suez y amenazaron las comunicaciones del Tercer Ejército egipcio. En el frente sirio, Israel recuperó el terreno inicialmente perdido y avanzó posteriormente más allá de las líneas anteriores.

Aquello reveló nuevamente una vieja enseñanza de la historia militar y política: una victoria táctica inicial no determina necesariamente el resultado estratégico de una guerra.

Pero tampoco una superioridad militar posterior determina automáticamente su significado político.

Egipto no consiguió destruir militarmente a Israel ni recuperar por la fuerza todo el Sinaí en 1973. Sin embargo, logró modificar las condiciones políticas existentes antes del conflicto. Israel, aunque consiguió revertir los avances iniciales y terminó en una posición militar favorable en varios aspectos, descubrió que el statu quo surgido de 1967 no era estable ni podía darse por garantizado.

Ambas sociedades extrajeron, por razones diferentes, conclusiones profundas de aquella experiencia.

Entonces apareció el petróleo

La guerra produjo además una transformación que trascendió Medio Oriente. Los países árabes productores de petróleo utilizaron el recurso energético como instrumento de presión política. La reducción de producción y el embargo dirigido contra determinados países que apoyaban a Israel contribuyeron a disparar los precios internacionales del petróleo.

La crisis energética de 1973 sacudió las economías industrializadas. De pronto quedó expuesta una contradicción que durante décadas había permanecido parcialmente oculta: las principales potencias capitalistas dependían profundamente de recursos naturales localizados en territorios que durante generaciones habían sido tratados como periferias subordinadas del sistema mundial.

Aquí Samir Amin ofrece una clave interpretativa particularmente fértil. El capitalismo mundial no se desarrolla sobre territorios equivalentes. Construye relaciones entre centros y periferias donde tecnología, finanzas, recursos naturales, comercio y capacidad política se distribuyen de manera profundamente desigual. El petróleo hizo visible esa estructura.

Durante décadas las grandes compañías occidentales habían desempeñado un papel central en la explotación y comercialización de los hidrocarburos de Medio Oriente. Cuando los Estados productores comenzaron a utilizar ese recurso como instrumento de soberanía y negociación internacional, la relación entre economía y geopolítica quedó expuesta de manera brutal.

La energía nunca había sido simplemente energía. Era poder.

¿Y Palestina?

Aquí aparece una cuestión que cualquier lectura crítica de 1973 debe enfrentar. La guerra fue protagonizada fundamentalmente por Estados: Egipto y Siria contra Israel. El pueblo palestino formaba parte del conflicto histórico más amplio de la región, pero la Guerra de Octubre no fue principalmente una guerra palestina.

Y esto importa porque el resultado posterior modificaría profundamente la estrategia regional sin resolver la cuestión palestina.

La ocupación de Cisjordania, Jerusalén Oriental y Gaza, iniciada en 1967, continuó después de 1973. Las aspiraciones nacionales palestinas no encontraron entonces una solución política definitiva.

Edward Said insistiría posteriormente en algo esencial para comprender el problema: Palestina no podía reducirse a una variable secundaria dentro de las estrategias de los Estados árabes ni únicamente a una cuestión humanitaria. Existía un pueblo con memoria, territorio, identidad y aspiraciones políticas propias.

La historia posterior demostraría precisamente esa autonomía de la cuestión palestina.

Egipto recuperaría finalmente el Sinaí mediante un proceso diplomático bilateral. Siria no recuperaría el Golán. Y los palestinos continuarían buscando una solución a su propia situación nacional.

De la guerra a Camp David

Después de varias resoluciones y negociaciones, el conflicto militar abrió paso gradualmente a una transformación diplomática.

La Resolución 338 del Consejo de Seguridad, adoptada el 22 de octubre de 1973, llamó al cese del fuego y a la implementación de la Resolución 242, además de impulsar negociaciones para alcanzar una paz duradera.

La trayectoria que comenzó entonces acabaría llevando a Sadat a Jerusalén en 1977, a los Acuerdos de Camp David de 1978 y al tratado de paz entre Egipto e Israel de 1979.

Israel terminó retirándose del Sinaí, completando esa retirada en 1982.

Desde la perspectiva egipcia, recuperar el territorio nacional constituía un objetivo histórico fundamental. Desde otra perspectiva árabe y palestina, la decisión de Egipto de alcanzar una paz bilateral significó también la pérdida del Estado árabe militarmente más poderoso dentro del frente de confrontación con Israel.

Ambas dimensiones forman parte de la historia.

La política internacional rara vez produce resultados sin contradicciones.

Una lectura desde Fanon

Frantz Fanon murió antes de estas guerras, pero algunas de sus preguntas atraviesan la experiencia de Medio Oriente.

Fanon comprendió que la descolonización no terminaba necesariamente con la independencia formal. Los nuevos Estados podían conquistar soberanía jurídica y continuar insertos en relaciones internacionales profundamente desiguales.

Esta observación permite mirar 1973 desde una perspectiva más amplia.

Egipto había alcanzado formalmente su independencia mucho antes, pero seguía luchando por controlar plenamente su territorio y por determinar autónomamente su posición dentro del sistema internacional. La nacionalización del canal de Suez por Nasser en 1956 había sido precisamente una expresión de esa búsqueda de soberanía material.

La guerra de 1973 puede insertarse dentro de esa historia más extensa de formación de Estados poscoloniales, nacionalismo árabe, intervención extranjera y disputa por recursos estratégicos.

Pero Fanon también advertía contra otra tentación: creer que el nacionalismo por sí mismo resolvía las contradicciones sociales. Una bandera nacional puede enfrentar una dominación externa sin eliminar necesariamente las desigualdades internas. Ahí el análisis marxista introduce otra pregunta. ¿Soberanía para quién?

No basta con preguntar quién controla una frontera. También hay que preguntar quién controla la tierra, el petróleo, las empresas, el trabajo y el excedente producido por una sociedad.

Ni una guerra religiosa ni una historia sencilla

Quizás una de las mayores deformaciones contemporáneas consiste en presentar el conflicto de Medio Oriente como una guerra eterna entre judíos y musulmanes. La historia demuestra algo mucho más complejo.

El conflicto contemporáneo tiene dimensiones nacionales, territoriales, coloniales, estratégicas, religiosas y geopolíticas que se han transformado a lo largo del tiempo. Reducirlo a identidades religiosas supuestamente destinadas a enfrentarse eternamente elimina la historia y, con ella, la posibilidad misma de comprender políticamente el conflicto.

También facilita una consecuencia particularmente peligrosa: convertir decisiones de Estados y gobiernos en características atribuidas colectivamente a pueblos enteros.

Criticar las políticas del Estado de Israel no significa responsabilizar al pueblo judío. Analizar las estrategias de gobiernos árabes tampoco significa atribuirlas a todos los árabes o musulmanes. Y reconocer los derechos nacionales palestinos no exige negar los derechos ni la seguridad de la población israelí.

El análisis histórico necesita distinguir pueblos, gobiernos, Estados, movimientos políticos y estructuras de poder. Sin esa distinción, la historia se convierte fácilmente en propaganda.

La guerra que cambió muchas cosas sin resolver lo fundamental

La Guerra de Octubre duró apenas unas semanas. Pero sus consecuencias atravesaron décadas. Destruyó la idea de que el orden territorial posterior a 1967 podía mantenerse indefinidamente sin costos. Transformó la política israelí. Recuperó parte de la confianza política egipcia. Contribuyó a reorientar a Egipto desde la órbita soviética hacia una relación cada vez más estrecha con Estados Unidos. Demostró el enorme poder geopolítico del petróleo. Alteró la economía mundial. Y abrió el proceso que terminaría devolviendo el Sinaí a Egipto.

Pero dejó también cuestiones fundamentales sin resolver. El Golán continuó bajo control israelí. La cuestión palestina permaneció abierta. La ocupación iniciada en 1967 continuó en los territorios palestinos. Y Medio Oriente siguió siendo uno de los espacios donde intereses locales, regionales y globales se entrecruzaban con extraordinaria intensidad.

Por eso el 6 de octubre de 1973 merece ser recordado no solamente como el comienzo de una guerra. Permite comprender algo mucho más profundo. Los mapas políticos no son simples dibujos. Detrás de cada frontera existen relaciones de fuerza. Detrás de cada recurso estratégico existen disputas por su control. Detrás de cada ocupación existe una pregunta sobre soberanía. Y detrás de cada alianza internacional existen intereses que rara vez coinciden perfectamente con los de los pueblos involucrados.

Desde una perspectiva materialista, ésa quizá sea la enseñanza más fértil de octubre de 1973: la historia de Medio Oriente no puede comprenderse separando territorio, economía, colonialismo, recursos naturales y poder internacional.

Y desde una perspectiva decolonial queda una pregunta todavía más incómoda. ¿Cuándo termina realmente una relación colonial? ¿Cuando aparece un nuevo Estado en el mapa? ¿Cuando se recupera una frontera? ¿Cuando se retira un ejército? ¿O solamente cuando los pueblos adquieren capacidad efectiva para decidir sobre su territorio, sus recursos y su futuro?

La Guerra de Octubre no respondió definitivamente esas preguntas. Las hizo imposibles de ignorar.

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