Un día como hoy en 1905, al calor de la huelga general contra la autocracia zarista, la clase trabajadora rusa constituyó el primer Consejo de Diputados Obreros, superando el sindicalismo reivindicativo para levantar un órgano embrionario de dualidad de poder.
Por Equipo El Despertar
El 26 de octubre de 1905 marca un hito cualitativo en la historia del movimiento obrero internacional. En medio de la ebullición revolucionaria que sacudía al Imperio Ruso tras la masacre del “Domingo Sangriento”, los delegados electos en las principales fábricas de San Petersburgo se reunieron para dar vida al Sóviet de Diputados Obreros. Lejos de responder a un esquema trazado en gabinete por teóricos de la política, la creación del sóviet (“consejo”) fue una invención genuina de las masas en lucha, surgida de la necesidad de coordinar la huelga general política y garantizar la subsistencia y defensa del proletariado urbano ante la brutalidad del Estado autocrático.
A diferencia de las instituciones del parlamentarismo burgués, donde la ciudadanía delega su soberanía en representantes profesionales cada cierto número de años, el Sóviet de San Petersburgo articuló una democracia directa y de clase. Cada delegado era elegido en la base por un número determinado de obreros (un delegado por cada 500 trabajadores) y permanecía sujeto a revocabilidad inmediata si traicionaba o desviaba el mandato de sus compañeros. En cuestión de días, el consejo pasó de ser un comite ejecutivo de huelga a constituir un verdadero órgano de doble poder: ejercía el control sobre las imprentas para publicar la prensa revolucionaria, organizaba milicias armadas de autodefensa, regulaba los suministros de alimentos y decretaba de forma unilateral la jornada laboral de ocho horas en los talleres de la capital.
La historiografía liberal suele relegar al Sóviet de 1905 a un mero antecedente fallido o una “ensayo general” desprovisto de trascendencia inmediata, señalando la posterior represión de sus dirigentes y la disolución del organismo por parte de las tropas zaristas en diciembre de ese mismo año. Sin embargo, desde el materialismo histórico, el sóviet demostró prácticamente que la clase obrera no solo posee la capacidad de paralizar la producción del capital, sino también la aptitud histórica para asumir la dirección política de la sociedad e instituir un nuevo tipo de Estado basado en el poder de los trabajadores.
Como analizaría agudamente León Trotsky, quien fuera electo presidente del Sóviet de San Petersburgo a sus 26 años: “El Sóviet no era una organización de conspiradores, sino la organización de las masas laboriosas que se levantaban contra el despotismo. Constituyó la primera forma concreta de la dictadura del proletariado en germen, demostrando que la revolución no solo necesita destruir el viejo aparato estatal, sino erigir la autoorganización popular como la única fuerza capaz de reorganizar la vida social”.
La experiencia de 1905 dejó al descubierto el límite irreductible de las reformas constitucionales concedidas por el Zarismo mediante el Manifiesto de Octubre, cuyo único propósito era dividir al movimiento popular y ganar tiempo para la represión. Para la vanguardia militante y la clase trabajadora global, el aprendizaje fundamental del Sóviet de San Petersburgo radica en su vigencia metodológica: frente a las crisis estructurales del capitalismo y el autoritarismo de las élites, el camino para la emancipación no pasa por el perfeccionamiento de la democracia burguesa, sino por la construcción autónoma de los órganos de poder popular en cada fábrica, barrio y territorio.
