Con el escrutinio oficial superando el 85% de las mesas, la movilización de las masas populares y la periferia urbana inclina la balanza a favor del Partido dos Trabalhadores, asestando un golpe al proyecto del gran capital y el bolsonarismo.
Por Equipo El Despertar
El avance del escrutinio oficial en la segunda vuelta presidencial de Brasil, que con más del 85% de las mesas computadas por el Tribunal Superior Eleitoral (TSE) otorga a Luiz Inácio Lula da Silva una ventaja superior al 51,5% de los votos válidos frente al 48,4% de Flávio Bolsonaro, marca una tendencia matemáticamente irreversible. Lejos de la narrativa liberal que reduce este proceso a una mera “polarización política” o a un “ejercicio de alternancia democrática”, el resultado electoral expresa el choque de fondo entre las fuerzas del capital financiero e industrial y la resistencia organizada de la clase trabajadora, los movimientos sin tierra, las mujeres y la juventud empobrecida.
La ampliación constante de la brecha a favor de Lula en el tramo final del recuento —superando los 3 millones de votos de diferencia— no es un hecho fortuito: responde al ingreso de los sufragios provenientes del Nordeste y de las vastas periferias metropolitanas de São Paulo, Rio de Janeiro y Belo Horizonte. Es en estos territorios, castigados por la precarización laboral, el endeudamiento familiar y la retirada violenta del Estado, donde la población ha utilizado la papeleta como una trinchera para frenar la ofensiva de la extrema derecha y la profundización del programa de austeridad.
Frente a la inminente confirmación de la victoria, la prensa patronal y los analistas del mercado financiero apresuran llamados a la “gobernabilidad”, la “pacificación nacional” y la “responsabilidad fiscal”, exigiendo al futuro gobierno garantías para los grandes grupos económicos. Como han denunciado dirigencias del sindicalismo de base y de los movimientos sociales brasileños ante el triunfo inminente: “El pueblo no fue a las urnas a ratificar el ajuste ni a pactar con los banqueros, sino a derrotar al fascismo y a recuperar el derecho al pan, al trabajo digno y a la tierra. La victoria no pertenece a las cúpulas de la política institucional, pertenece a las y los trabajadores que sostuvieron la resistencia en las calles”.
Este resultado confirma que la movilización popular es capaz de desarticular la maquinaria de propaganda y la coacción del poder económico. Sin embargo, desde la perspectiva del materialismo histórico, el triunfo electoral sobre la extrema derecha no clausura la lucha de clases, sino que abre un nuevo capítulo. Frente a un Congreso dominado por la burguesía agraria y financiera, el próximo ciclo político exigirá que la clase trabajadora mantenga su independencia de clase y la presión en las calles, entendiendo que las transformaciones de fondo en salud, educación, trabajo y soberanía no se concederán en los pasillos institucionales, sino que deberán ser conquistadas mediante la organización autónoma del pueblo.
