Los últimos datos de la encuesta Pulso Ciudadano ubican el respaldo al Mandatario en un mínimo histórico de 22,1% y la desaprobación en un 67,5%, mientras la desconfianza en el Ejecutivo escala al 61,2% tras los escándalos de impunidad y el ahogamiento económico de la clase trabajadora.
Por Equipo El Despertar
La publicación de los recientes resultados de la encuesta Pulso Ciudadano, que registran el desplome del respaldo al Presidente José Antonio Kast a un mínimo histórico del 22,1% —acompañado por un repunte de la desaprobación hasta el 67,5% y un nivel de desconfianza que supera el 61%—, ha desatado una marejada de preocupación en las cúpulas empresariales y el aparato político tradicional. Sin embargo, descartando la narrativa hegemónica que insiste en catalogar este escenario como un mero “problema de comunicación” o una “crisis de gabinete”, la acelerada sangría política del Ejecutivo revela una contradicción estructural insalvable: la incompatibilidad objetiva entre la agenda del capital financiero y las necesidades materiales de la mayoría proletaria.
El mito de la “mano dura” y la “excelencia técnica”, agitado demagógicamente por la extrema derecha para encauzar el descontento social, se estrella hoy contra el costo de la vida, el desempleo y los privilegios concedidos a las élites. Los episodios recientes —encabezados por la indignación masiva ante los decretos de beneficios penitenciarios firmados en el Ministerio de Justicia encabezado por Fernando Rabat— no actúan como causas aisladas, sino como catalizadores que desnudan la verdadera naturaleza del régimen: la aplicación rigurosa del castigo y el cerco policial sobre las poblaciones trabajadoras, en contraste con la impunidad y flexibilidad reservadas para los sectores dominantes.
Ante la evidencia del desgaste, la burguesía y sus analistas de plaza apresuran fórmulas de “rescate institucional”, sugiriendo cambios de vocería o pactos de contención en el Congreso para amortiguar el impacto. No obstante, referentes de la vanguardia sindical y movimientos territoriales han desbaratado ese libreto burocrático: “La caída del gobierno en los estudios de opinión no se resuelve cambiando un par de ministros ni mejorando las pautas de prensa. El pueblo rechaza a esta administración porque siente a diario la carestía, los bajos sueldos y la prepotencia patronal. La desconfianza masiva es la respuesta natural frente a un Ejecutivo que gobierna para las grandes corporaciones mientras pretende que los platos rotos de la crisis los pague la clase trabajadora”.
Desde la perspectiva del materialismo histórico, el desplome en los índices de aprobación de la administración de Kast señala una severa crisis de hegemonía en el bloque dominante, donde el aparato estatal perdiendo el consenso de las masas intenta apoyarse únicamente en la coerción. Sin embargo, el repliegue cuantitativo en los sondeos del capital no se traducirá automáticamente en conquistas sociales. La tarea fundamental para el movimiento popular reside en transformar la desafección pasiva y el malestar difuso en organización autónoma de clase, impulsando un Plan de Luchas desde los centros de trabajo y los barrios para disputar la agenda económica y poner un freno definitivo al proyecto del gran capital.
