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El humo de la negligencia: el incendio en el Metro de Santiago expone la podredumbre de un sistema que antepone el lucro a la vida

Jul 27, 2026
Foto La Tercera

Un vagón de la Línea 5 del Metro de Santiago ardió esta tarde en la estación Santa Isabel, desatando el caos en la capital, movilizando a 14 compañías de bomberos y dejando a diez personas afectadas por inhalación de humo . Mientras el humo negro se elevaba sobre la ciudad, la empresa estatal y las autoridades políticas se apresuraron a declarar que el incidente fue “un problema puntual” y a descartar la intervención de terceros . Sin embargo, el verdadero trasfondo del siniestro es la crónica de una infraestructura pública abandonada a su suerte, el reflejo de una sociedad donde el lucro y la especulación financiera han reemplazado a la seguridad y el bienestar de los trabajadores. Como escribió Karl Marx, “la maquinaria es el medio más poderoso para aumentar la jornada de trabajo”, pero también el instrumento que, cuando falla bajo el peso del desgaste y la falta de inversión, expone la podredumbre de un sistema que prioriza los dividendos de los accionistas por sobre la vida de los pasajeros.


Por Equipo El Despertar

El humo como metáfora: el colapso de la infraestructura de clase

El incendio de este lunes no fue un accidente aislado. Fue la expresión de un sistema de transporte que, bajo la fachada de la “modernización” y la “eficiencia”, ha sido desangrado por décadas de políticas que privilegian el ahorro fiscal sobre la inversión en mantención. El Metro de Santiago, otrora orgullo de la ciudad, se ha convertido en un espejo de la desigualdad: mientras las estaciones de las comunas acomodadas se mantienen con relativa decencia, los tramos que cruzan los barrios populares acumulan fallas técnicas, demoras y, como hoy, incendios que ponen en riesgo la vida de miles de trabajadores.

El conductor del tren afectado fue quien, al cerrar las puertas, detectó el humo bajo el vagón y activó el protocolo de evacuación . Su rápida acción evitó una tragedia mayor. Pero la pregunta que la clase trabajadora debe formularse es: ¿por qué un trabajador de a pie debe asumir la responsabilidad que el Estado y la empresa han eludido durante años? La respuesta es evidente: la infraestructura pública se sostiene sobre la heroicidad cotidiana de los trabajadores, mientras los directivos y accionistas se embolsan las ganancias.

El comandante del Cuerpo de Bomberos de Santiago, Giorgio Tromben, informó que el fuego afectó principalmente a los neumáticos portadores del vagón . La investigación determinará si el origen fue una falla técnica o un elemento en la vía . Pero la verdadera causa no se encuentra en los informes periciales, sino en el presupuesto: la falta de recursos destinados al mantenimiento de una red que transporta a millones de trabajadores cada día. Mientras el gobierno de José Antonio Kast recorta el gasto público y anuncia nuevas rebajas de impuestos para las grandes empresas, el Metro sigue operando con una infraestructura quebradiza, que se incendia y colapsa como un recordatorio de que el Estado ha dejado de ser un garante de derechos para convertirse en un administrador de la precariedad.

La respuesta de las autoridades: la normalidad de la barbarie

El delegado presidencial de la Región Metropolitana, Germán Codina, descartó la presencia de lesionados, aunque reconoció que varias personas afectadas por el humo “salieron en camilla” . La gerenta de operaciones de Metro, Pamela Barros, insistió en que el incidente fue “un problema puntual” . El gerente corporativo de Planificación y Clientes, Carlos Melo, se limitó a destacar que “no existen personas lesionadas” y que los protocolos de evacuación se activaron según lo establecido . Ninguna autoridad mencionó la necesidad de una inversión estructural en el sistema de transporte. Ninguna autoridad reconoció que este tipo de incidentes es la consecuencia de un modelo que ha priorizado la acumulación del capital por sobre la seguridad de los trabajadores.

Frente a los problemas estructurales, el poder político se refugia en el triunfalismo de la normalidad. El protocolo se cumplió, el fuego se controló y la vida sigue. Pero esa normalidad es la normalidad de la barbarie: una sociedad donde los incendios en el Metro son “puntuales” y las fallas en la infraestructura son “incidentes aislados”. Mientras los trabajadores son evacuados por los túneles y los bomberos arriesgan su vida para extinguir el fuego, los verdaderos responsables siguen disfrutando de sus privilegios, ajenos al drama cotidiano de una clase trabajadora que se desplaza en un sistema de transporte que es un monumento a la negligencia del capital.

La función de clase del desastre: la acumulación por desposesión

Desde una perspectiva marxista, el incendio en el Metro de Santiago no es una fatalidad, sino una consecuencia. La infraestructura pública, como los servicios de salud, educación y transporte, ha sido desmantelada sistemáticamente para transferir recursos al capital privado. El Estado, que debiera garantizar el bienestar de la población, se ha convertido en el administrador de la pobreza, recortando presupuestos mientras las empresas se frotan las manos con las millonarias concesiones.

El Metro de Santiago, que debiera ser un servicio público de calidad, ha sido sometido a una lógica de mercado que prioriza la eficiencia económica sobre la seguridad. Los recortes en mantenimiento, la tercerización de servicios y la presión por aumentar la frecuencia de los trenes sin las inversiones correspondientes son la receta para el desastre. El incendio de Santa Isabel es una advertencia de lo que puede ocurrir cuando la lógica del lucro se impone sobre la lógica de la vida.

Epílogo: el humo sobre la ciudad

El incendio en el Metro de Santiago es un recordatorio de que la lucha por el transporte público es también la lucha por la vida. El humo negro que se elevó sobre la ciudad no es solo el producto de un vagón incendiado: es el humo de un sistema que se quema a sí mismo, de una infraestructura abandonada a su suerte y de un Estado que ha renunciado a su responsabilidad de proteger a los trabajadores.

La clase trabajadora no debe dejar que este incidente sea olvidado. No debe aceptar la narrativa del “problema puntual”. Debe exigir una investigación que vaya más allá de las causas técnicas y que cuestione las decisiones políticas que han llevado al desmantelamiento del transporte público. Como escribió Rosa Luxemburgo, “la libertad solo para los partidarios del gobierno, solo para los miembros de un partido —por numeroso que sea— no es libertad”. La libertad de desplazarse sin miedo a un incendio es un derecho que la clase trabajadora debe conquistar. Mientras el humo se disipa y las estaciones reabren, la pregunta sigue en el aire: ¿cuántos incendios más tendrán que ocurrir antes de que el Estado y el capital comprendan que la seguridad no es un gasto, sino una inversión en la vida de las personas?

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