Pero construir mayoría no significa únicamente sumar partidos o negociar acuerdos parlamentarios. Significa reconstruir el vínculo cotidiano entre la política y la vida concreta de las personas. Significa volver a los territorios, a los sindicatos, a las juntas de vecinos, a los centros culturales, a los clubes deportivos, a los comités de vivienda, a las organizaciones de mujeres, de jóvenes y de personas mayores. Significa comprender que la política recupera legitimidad cuando vuelve a resolver problemas reales y deja de hablar exclusivamente desde las instituciones.
Por Daniel Jasdue
Cada cierto tiempo la historia acelera su marcha y obliga a quienes participan en ella a abandonar la comodidad del análisis rutinario. Son momentos en que las certezas se resquebrajan, los viejos equilibrios dejan de funcionar y las decisiones políticas adquieren un peso mucho mayor que en épocas de estabilidad. Vivimos precisamente uno de esos momentos.
Durante décadas se nos enseñó que el neoliberalismo representaba el punto de llegada de la historia. Se nos dijo que el mercado resolvería mejor que cualquier Estado las necesidades de la sociedad, que la competencia sustituiría a la solidaridad y que la política debía limitarse a administrar un modelo considerado incuestionable. Hoy, ese relato hace agua por todos lados. La desigualdad crece, las guerras se multiplican, la crisis climática se profundiza y las propias potencias que diseñaron las reglas del orden internacional comienzan a desconocerlas cuando dejan de servir a sus intereses. El problema ya no consiste únicamente en una crisis económica. Lo que está en discusión es el modelo de civilización construido durante las últimas décadas.
Chile no permanece al margen de ese proceso. Por el contrario, constituye uno de sus laboratorios más visibles. El actual gobierno no representa simplemente una alternancia política entre coaliciones. Expresa un proyecto de restauración neoliberal que busca consolidar un Estado aún más reducido, devolver al mercado espacios que habían sido recuperados por la sociedad y debilitar toda forma de organización colectiva capaz de disputar poder al gran capital. La agenda laboral, la reducción del financiamiento municipal, la ofensiva contra los derechos de las mujeres, las amenazas de privatización de CODELCO y el debilitamiento de las políticas de derechos humanos no son iniciativas aisladas. Forman parte de una misma concepción de país.
Quienes observan cada una de estas medidas por separado difícilmente alcanzarán a comprender su verdadero sentido. Pero cuando se las mira en conjunto aparece con claridad un patrón común. Se trata de trasladar poder, recursos y capacidad de decisión desde la sociedad hacia los grandes grupos económicos. Allí donde existía un derecho, se instala un negocio. Allí donde existía un servicio público, se abre un nuevo espacio para la rentabilidad privada. Allí donde existía organización sindical o comunitaria, se intenta imponer la fragmentación y el individualismo.
La experiencia reciente demuestra, sin embargo, que ninguna restauración es inevitable. Tampoco basta con esperar que el desgaste del gobierno produzca por sí solo un cambio político. La historia enseña exactamente lo contrario. Las crisis pueden abrir caminos emancipadores, pero también pueden fortalecer proyectos profundamente autoritarios si las fuerzas populares no logran organizar una alternativa capaz de representar el malestar social.
Esa constituye probablemente la principal lección que deja este momento político. No basta con tener razón en el diagnóstico. Es indispensable construir mayoría.
Pero construir mayoría no significa únicamente sumar partidos o negociar acuerdos parlamentarios. Significa reconstruir el vínculo cotidiano entre la política y la vida concreta de las personas. Significa volver a los territorios, a los sindicatos, a las juntas de vecinos, a los centros culturales, a los clubes deportivos, a los comités de vivienda, a las organizaciones de mujeres, de jóvenes y de personas mayores. Significa comprender que la política recupera legitimidad cuando vuelve a resolver problemas reales y deja de hablar exclusivamente desde las instituciones.
Durante demasiado tiempo buena parte de la izquierda concentró sus esfuerzos en la disputa institucional, mientras el tejido social se debilitaba progresivamente. Esa experiencia obliga hoy a realizar una autocrítica honesta. Las transformaciones profundas nunca descansan únicamente sobre mayorías parlamentarias. Descansan, sobre todo, en mayorías sociales organizadas. Cuando estas desaparecen, incluso las mejores reformas quedan expuestas a la reversión. Cuando existen, en cambio, ninguna restauración consigue consolidarse plenamente.
La tarea que enfrentamos no consiste, entonces, únicamente en resistir la ofensiva conservadora. Consiste en ofrecer una alternativa creíble de futuro. Una alternativa que defienda el trabajo digno frente a la precarización, que fortalezca los municipios como primer espacio de protección social, que preserve el patrimonio estratégico del país, que garantice los derechos conquistados por las mujeres y que recupere la convicción de que el desarrollo debe medirse por la calidad de vida de las personas y no únicamente por los balances de las grandes empresas.
En un escenario internacional atravesado por profundas incertidumbres, donde el viejo orden pierde legitimidad sin que el nuevo termine aún de nacer, Chile deberá decidir de qué lado de la historia quiere situarse. Esa decisión no será adoptada únicamente en las próximas elecciones ni en el Congreso Nacional. Se definirá, sobre todo, en la capacidad que tenga el pueblo para volver a organizarse, deliberar y construir poder desde abajo.
Porque las mayorías no aparecen espontáneamente. No nacen de las encuestas ni de los algoritmos. Se forman mediante el trabajo político, la organización social, la solidaridad cotidiana y la construcción paciente de una esperanza compartida.
La historia ofrece pocas garantías, pero sí una enseñanza permanente. Cada vez que los pueblos han logrado transformar su realidad, primero fueron capaces de organizarse. Todo lo demás vino después.
