Este 14 de septiembre se cumplen 159 años de la publicación, en 1867, del primer tomo de El Capital, la obra monumental con la que Karl Marx se propuso revelar las leyes fundamentales que organizan el modo de producción capitalista. No estamos simplemente ante el aniversario de uno de los libros más influyentes de la historia moderna. Estamos ante la oportunidad de preguntarnos por qué, después de casi un siglo y medio, El Capital continúa incomodando a quienes presentan el capitalismo como el único orden económico posible.
Por Daniel Jadue
Marx no escribió un manual de economía. Tampoco intentó formular una condena moral de empresarios particularmente codiciosos. Su propósito fue mucho más profundo: descubrir las relaciones sociales que se esconden detrás de las apariencias del mercado. Allí donde la economía liberal veía intercambios entre individuos formalmente libres e iguales, Marx descubrió relaciones históricas de clase, explotación y apropiación privada de una riqueza producida socialmente.
Por eso comienza estudiando algo aparentemente tan sencillo como la mercancía. Porque detrás de las mercancías existen relaciones entre seres humanos que el capitalismo transforma en relaciones entre cosas. Es el célebre fetichismo de la mercancía: vemos precios, salarios, intereses y ganancias, pero desaparecen de nuestra mirada las relaciones sociales que los producen.
Su descubrimiento fundamental sigue siendo profundamente perturbador: la riqueza capitalista se reproduce mediante la apropiación de una parte del valor generado por el trabajo. El trabajador vende su fuerza de trabajo, pero durante la jornada produce un valor superior al necesario para reproducirla. Esa diferencia —la plusvalía— constituye el fundamento de la acumulación capitalista.
Han cambiado las fábricas, las tecnologías y las formas de organización empresarial. Tenemos plataformas digitales, inteligencia artificial, fondos de inversión y corporaciones capaces de operar simultáneamente en decenas de países. Pero la pregunta esencial de Marx permanece intacta: ¿quién produce la riqueza y quién se apropia de ella?
La extraordinaria concentración contemporánea del patrimonio, la precarización del trabajo, la financiarización de la vivienda, la mercantilización de derechos sociales y la apropiación privada de los aumentos de productividad tecnológica demuestran que las contradicciones estudiadas por Marx no desaparecieron. Cambiaron de forma.
Incluso la revolución tecnológica vuelve extraordinariamente actual otra cuestión marxista. Si las nuevas tecnologías permiten producir más utilizando menos tiempo de trabajo humano, ¿por qué ese aumento de productividad no se traduce necesariamente en jornadas más cortas, mayor tiempo libre y mejores condiciones de vida para todos? La respuesta obliga nuevamente a discutir quién controla los medios de producción y quién decide cómo se distribuyen los frutos del progreso tecnológico.
Marx escribió que “la acumulación de riqueza en un polo es, al mismo tiempo, acumulación de miseria” en el polo opuesto. No estaba formulando una profecía, sino describiendo una tendencia inherente a una sociedad organizada en torno a la acumulación privada del capital.
Leer El Capital 159 años después significa, por tanto, mucho más que rendir homenaje a Marx. Significa recuperar una herramienta crítica para comprender nuestro presente y, sobre todo, para transformarlo.
Porque mientras millones produzcan colectivamente la riqueza y unos pocos concentren sus beneficios; mientras la vivienda sea antes activo financiero que derecho; mientras los avances tecnológicos incrementen la productividad sin liberar necesariamente al ser humano del trabajo extenuante; mientras la naturaleza sea tratada como una fuente infinita de materias primas para la acumulación, la crítica de Marx conservará una inquietante actualidad.
Quizás esa sea la mejor manera de conmemorar estos 159 años: no convirtiendo El Capital en una pieza de museo ni a Marx en una estatua, sino haciendo exactamente aquello para lo cual fue escrita esta obra: comprender las contradicciones del mundo para desarrollar las fuerzas sociales capaces de transformarlo.
Porque El Capital no nos enseña que la historia está terminada.
Nos demuestra precisamente lo contrario:
que aquello que los seres humanos construyeron históricamente también puede ser históricamente transformado.
