La advertencia del organismo multilateral no es un llamado a la prudencia técnica, sino la constatación de que las contradicciones del capitalismo global —sobreexplotación, financiarización y dependencia energética— han alcanzado un punto de no retorno.
Por Equipo El Despertar
La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, advirtió esta semana que la economía mundial enfrenta una combinación explosiva: precios de la energía persistentemente altos, una deuda pública que camina hacia el 100% del PIB global y una burbuja de inversión en inteligencia artificial cuyas consecuencias financieras nadie controla. Lo que el FMI presenta como una “peligrosa combinación de riesgos” es, desde una lectura marxista, la manifestación abierta de las contradicciones estructurales que el propio capitalismo genera y que no puede resolver sin transformar sus fundamentos.
Georgieva describió una economía mundial “tironeada en dos direcciones opuestas”: un choque negativo de oferta energética derivado de los conflictos en Oriente Medio —con el petróleo rondando los 100 dólares por barril y márgenes de refinación que duplican ese costo— y un choque positivo de demanda generado por el auge inversionista en IA, que también alimenta la inflación. Lo que la funcionaria no dice es que ambos fenómenos no son accidentes externos, sino productos directos de la lógica de acumulación capitalista: la energía como mercancía cuya escasez se agudiza por la competencia imperialista por los recursos, y la IA como nueva frontera de valorización financiera en la que el capital busca refugio ante la caída tendencial de la tasa de ganancia.
La deuda: la socialización de las pérdidas del capital
El FMI reconoce que la deuda pública global se encuentra en su nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial y proyecta que superará el 100% del PIB antes de 2030. Georgieva señaló que los países avanzados son los “peores infractores” y que “ya no se puede confiar solo en tasas de crecimiento más altas para resolver los problemas fiscales”. Traducido al lenguaje de la economía política: los Estados capitalistas han absorbido con deuda pública las pérdidas del sector privado durante décadas de crisis cíclicas, rescates bancarios y estímulos monetarios, y ahora pretenden trasladar esa carga a la clase trabajadora mediante lo que el propio FMI ya denomina el regreso de la austeridad.
La funcionaria fue explícita: “No vemos una acción decisiva en las economías avanzadas de alta deuda, donde lo que se necesita son planes creíbles de consolidación fiscal a medio plazo”. Esa “consolidación fiscal” es el eufemismo técnico para recortes del gasto social, precarización del empleo público y disciplinamiento salarial. La deuda no es un problema técnico de contabilidad: es el mecanismo mediante el cual el capital financiero impone sus condiciones sobre el conjunto de la sociedad.
La IA: una nueva burbuja, las mismas contradicciones
El auge de la inteligencia artificial ilustra con particular claridad el carácter contradictorio del desarrollo tecnológico bajo el capitalismo. Georgieva admitió que “el boom de construcción de IA es inflacionario” y que el gasto en la tecnología, en relación con el tamaño de la economía, superará probablemente las olas de inversión pasadas en ferrocarriles, redes eléctricas y telecomunicaciones. Una decepción para los inversores, advirtió, podría convertirse en “un shock de gran alcance”.
La inversión en IA no responde a necesidades sociales —hospitales, escuelas, energía limpia para las mayorías— sino a la búsqueda de plusvalía en un entorno de rendimientos decrecientes. Como señala la crítica marxista, la IA bajo el capitalismo reproduce tres contradicciones entrelazadas: la monopolización tecnológica por parte de unas pocas corporaciones, la explotación del trabajo digital en cadenas globales de valor, y el colonialismo epistémico que concentra el conocimiento y la infraestructura computacional en el Norte global.
Los efectos distributivos son inequívocos. La IA profundiza lo que la economía política marxista identifica como su “sesgo de capital”: reemplaza fuerza de trabajo, reduce la demanda de empleo y presiona los salarios a la baja, mientras la riqueza se concentra en quienes controlan los medios de producción digital. Georgieva reconoció que “el impacto combinado de estas fuerzas es muy desigual” y que “el auge de la IA está dejando atrás a muchos países”. Lo que no dijo es que esa desigualdad no es un efecto colateral, sino el resultado necesario de una tecnología desarrollada bajo relaciones de propiedad privada y apropiación monopólica del conocimiento.
El invierno energético: la crisis que el capital no puede resolver
El FMI confirmó que los precios de los combustibles se mantendrán elevados al menos hasta 2027, incluso si los conflictos en el Golfo Pérsico terminaran pronto. La temporada de calefacción en el hemisferio norte intensificará la demanda mientras el suministro de gas natural licuado permanece restringido por las amenazas al transporte marítimo en el estrecho de Ormuz. La crisis energética no es un problema de escasez natural: es el resultado de la dependencia estructural de un sistema que subordina la satisfacción de necesidades humanas básicas —calefacción, electricidad, transporte— a la rentabilidad de monopolios energéticos que obtienen ganancias extraordinarias precisamente de la escasez.
Georgieva instó a los bancos centrales a mantener una “postura prudencialmente hawkish”, es decir, a priorizar el control de la inflación por encima del empleo y el crecimiento. La inflación que preocupa al FMI es la que erosiona el valor real de los activos financieros, no la que impide a millones de trabajadores calentar sus hogares o pagar el transporte. La clase trabajadora enfrenta la disyuntiva que los comunistas británicos denunciaron durante la crisis energética de 2022: calentar o comer. El capital enfrenta una disyuntiva distinta: cómo mantener la tasa de ganancia sin provocar una explosión social.
La crisis como oportunidad del capital
El FMI no convoca a transformar el sistema, sino a “medidas fiscales y monetarias de protección”. Pero la historia de las crisis capitalistas enseña que esas “medidas de protección” consisten invariablemente en socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. La deuda pública récord, la burbuja de la IA y el choque energético no son fenómenos independientes: son tres manifestaciones del mismo proceso —la financiarización extrema de una economía que ya no puede expandir la producción real al ritmo que exige la valorización del capital.
La pregunta que el FMI no formula es la que Marx respondió hace más de un siglo: cuando las contradicciones del capitalismo se agudizan, la salida no es más capitalismo con mejor gestión técnica, sino la transformación de las relaciones de producción que las generan. La advertencia de Georgieva no es un llamado a la prudencia: es el reconocimiento tácito de que el sistema que ella administra está agotando sus mecanismos de contención.
