El contundente castigo recibido por el Partido Republicano en las elecciones de medio término expone la crisis de legitimidad del trumpismo, pero el recambio hacia el dominio demócrata en el Congreso no alterará la doctrina de agresión colonial, saqueo de recursos y dominación global del capital estadounidense.
Por Equipo El Despertar
Los resultados de las recientes elecciones de medio término en Estados Unidos, que confirmaron una severa derrota para Donald Trump y el Partido Republicano al perder el control de posiciones clave en el Capitolio, han desatado una ola de triunfalismo en las cancillerías de la OTAN y los medios corporativos de Occidente. Sin embargo, descartando la narrativa hegemónica que celebra este desenlace como la “restauración de la democracia”, el “retorno a la cordura institucional” o la “derrota definitiva del autoritarismo”, el análisis desde el materialismo histórico exige desmontar la ilusión: la sustitución de la administración de la extrema derecha por la burocracia del Partido Demócrata representa un mero relevo en la gerencia del Estado imperial, incapaz de modificar la naturaleza explotadora y belicista de la superpotencia.
Para el resto del mundo, y particularmente para los pueblos empobrecidos del Sur Global, la diferencia entre una legislatura dominada por republicanos o por demócratas es fundamentalmente estética y táctica, pero nunca sustancial. Mientras el trumpismo promovía la rapiña mediante una retórica chovinista, unilateral y desvergonzada, el Partido Demócrata ejecuta exactamente la misma agenda de dominación de clase bajo la envoltura de la “cooperación multilateral”, los “derechos humanos” y el “derecho internacional”. Las bases del complejo militar-industrial, la expansión de las bases navales, la imposición de medidas coercitivas unilaterales sobre naciones soberanas y el saqueo de recursos naturales en América Latina, África y Asia permanecen como pilares inamovibles de la política exterior estadounidense, sin importar qué facción del bipartidismo ostente la mayoría parlamentaria.
Frente al entusiasmo desmedido de los sectores liberales e instituciones reformistas que auguran una etapa de “pacificación internacional”, referentes del movimiento antiimperialista, sindicalistas de base y militantes de la izquierda clasista han caracterizado el momento geopolítico sin dobleces: “El pueblo trabajador de Estados Unidos castigó en las urnas el ajuste, el racismo de Estado y la demagogia de Trump, pero la clase trabajadora mundial no tiene nada que celebrar en la victoria demócrata. Ambas facciones del bipartidismo burgués responden al mismo directorio de Wall Street y al mismo complejo armamentista. La historia nos ha enseñado que las bombas, las invasiones y el saqueo de nuestras materias primas continúan de forma ininterrumpida, cambie o no el color de la bancada en Washington”.
Desde la perspectiva del materialismo histórico, el reordenamiento del mapa político en la metrópoli imperial no debe inducir a la pasividad ni a la confianza en los mecanismos de la democracia burguesa. Si bien la parálisis política interna derivada del recambio parlamentario puede tensionar la fluidez con que el Pentágono y el Departamento de Estado ejecutan sus planes agresivos en el corto plazo, la maquinaria del capital financiero buscará recomponer rápidamente su hegemonía. La tarea impostergable para el proletariado internacional y los movimientos de liberación reside en profundizar la lucha antiimperialista autónoma, denunciando la impostura del bipartidismo estadounidense y consolidando la solidaridad militante entre las y los trabajadores del mundo frente al enemigo común: el sistema imperialista global.
