A solo 24 horas de que el enviado comercial de la Casa Blanca recomendara un arancel general del 25% para las importaciones brasileñas, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva lanzó una andanada sin precedentes contra la familia Bolsonaro, a quien acusó de ser la verdadera autora del tarifazo. En un discurso cargado de términos como “cobarde”, “traidor” e “imbécil”, el mandatario desnudó la complicidad entre la ultraderecha local y el imperio estadounidense, que utiliza su poderío comercial para intentar inclinar la balanza electoral en Brasil. La nueva ofensiva proteccionista de Donald Trump, que pone en jaque la balanza comercial brasileña es la constatación de que la burguesía internacional está dispuesta a sacrificar los intereses de la clase trabajadora brasileña con tal de frenar el avance del petismo y garantizar que sus socios de la derecha regresen al Planalto.
Por Equipo El Despertar
Brasilia. La tregua comercial entre Brasil y Estados Unidos duró apenas unos meses. El pasado 7 de mayo, Luiz Inácio Lula da Silva (PT) había visitado Washington para una reunión de trabajo con Donald Trump en la Casa Blanca, en lo que constituyó una cumbre histórica tras un año de tensiones máximas. Aquel encuentro, realizado a puerta cerrada por petición expresa de Lula para evitar los exabruptos públicos del republicano, buscaba consolidar una frágil distensión. En aquel momento, Trump retiró la mayoría de los aranceles que él mismo había impuesto en agosto de 2025, incluidos los que gravaban la carne y el café brasileño. La administración republicana incluso levantó las sanciones contra funcionarios brasileños y redujo las tensiones ideológicas. La estrategia de Lula, que se basó en la defensa de los hechos y la publicación de artículos en la prensa estadounidense, parecía estar dando frutos.
Pero la ilusión duró lo que un viaje privado de un miembro de la oposición brasileña a Washington. El jueves 28 de mayo, el senador y precandidato del Partido Liberal, Flávio Bolsonaro (RJ), visitó la Casa Blanca y se reunió con Trump en busca de respaldo estratégico en su campaña electoral. Apenas cinco días después, el martes 2 de junio, la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) publicó un informe preliminar que acusaba a Brasil de prácticas como la protección del sistema de pagos instantáneos Pix —tachado de “injusto y discriminatorio” contra empresas estadounidenses—, la falta de regulación al etanol y el supuesto robo de propiedad intelectual. Como resultado, el gobierno de Trump propuso un arancel del 25% sobre una amplia gama de productos brasileños, afectando exportaciones por valor de miles de millones de dólares. La medida, cuya decisión final fue fijada para el 15 de julio, fue un balde de agua fría para el gobierno brasileño.
La ira de Lula y la confesión del “agente doble”
La reacción del presidente brasileño no se hizo esperar. En un encendido discurso pronunciado en la inauguración de una obra del PAC en Catalão (Goiás), Lula responsabilizó directamente a la familia Bolsonaro por el tarifazo. El mandatario recordó que, en julio de 2025, cuando Trump impuso aranceles del 50% para presionar por el juicio de Jair Bolsonaro, Flávio tuiteó: “Gracias, Trump. Libere a Brasil de nuevo. Queremos una Magnitsky”. Lula fue lapidario: “Los hijos de Bolsonaro son incluso peores que él. Son traidores a la patria. Fueron a pedirle a un país extranjero que interfiriera en las decisiones brasileñas”.
La denuncia de Lula alcanza ribetes de confesión de parte de la derecha brasileña: “Trump, patea a Lula, impónle impuestos, porque Lula va a ganar las elecciones, no lo dejes”, exclamó el mandatario, parafraseando lo que habría sido el pedido de Flávio en Washington. Y sentenció: “Imbécil. No sabe que no solo perjudicará a Lula, sino al pueblo brasileño, a los empresarios, al sector agropecuario”. Horas antes, el senador había afirmado que había pedido expresamente a Trump que no castigara a las empresas brasileñas, una versión que Lula calificó de mentirosa. La contradicción es evidente: ¿cómo se explica que, tras una reunión en la que supuestamente se pidió clemencia, Estados Unidos haya endurecido su postura? La respuesta es simple: la familia Bolsonaro es el caballo de Troya del imperialismo en la campaña electoral brasileña.
El costo del tarifazo y la hipocresía de la derecha
Las nuevas tarifas, que entrarían en vigor tras una audiencia pública el 6 de julio, amplían el espectro de productos brasileños ya gravados. Cerca del 25% de las exportaciones brasileñas a EE.UU. ya enfrentaban sobretasas bajo la Sección 232 (justificada en la “seguridad nacional”), afectando productos como el acero, el aluminio y las autopartes. La nueva arancelaria podría castigar al sector industrial, agropecuario y minero. El ministro de Desarrollo, Indústria, Comércio e Serviços estimó que el 21% de lo que Brasil exporta a EE.UU. enfrentaría la nueva barrera.
Lula fue implacable al revelar la mentira de la narrativa oficial estadounidense: recordó que la balanza comercial bilateral acumula un superávit de US$ 415.000 millones para EE.UU. en los últimos 15 años, un dato que desmonta la acusación de “prácticas desleales”. El mandatario anunció que responderá con más diplomacia y disputa de narrativas, pero advirtió que la paciencia tiene límite. Mientras, la oposición, representada por figuras como Cabo Gilberto Silva (PL), intentó desviar la responsabilidad hacia el actual gobierno, amenazando que “la responsabilidad es del gobierno Lula” si las tarifas se concretan. Es la hipocresía de la derecha, que se llena la boca con la defensa del libre mercado mientras pide aranceles para su país con tal de hacer daño electoral.
La función de clase del tarifazo y el juego sucio del imperialismo
Lo que está en juego no es solo la balanza comercial. El informe del USTR incluyó como uno de los puntos centrales de la acusación al Pix, el sistema de pagos instantáneos brasileño. La crítica de Washington no es casual: el Pix es una herramienta de inclusión financiera que ha democratizado el acceso a la economía y ha reducido la circulación de dinero en efectivo, afectando los intereses de los grandes bancos y del capital especulativo. Al tildarlo de “injusto”, la Casa Blanca está defendiendo los intereses de las corporaciones financieras estadounidenses que no logran penetrar el mercado brasileño. Es la defensa de la usura contra la soberanía popular.
Además, el gobierno de Trump presiona a Brasil para que abra sus reservas de minerales críticos (como el niobio y las tierras raras) a la inversión extranjera sin contrapartidas, en una clara política de expolio de recursos naturales. Lula tiene un mes para negociar la salida. Las elecciones de octubre son el telón de fondo. El tarifazo no es solo una medida comercial; es un mensaje: si el pueblo brasileño decide por la continuidad del proyecto popular, pagará el costo en su bolsillo. La clase trabajadora brasileña debe entender que la lucha por la soberanía nacional es inseparable de la lucha por la democracia. La alianza de la ultraderecha local con el imperialismo yanqui está dispuesta a destruir empleos y a cerrar mercados con tal de recuperar el poder. No se trata de ideología, sino de la defensa de los intereses de una clase: la de los explotadores. La respuesta no está en los aranceles, sino en la organización de los trabajadores de ambos países para construir un comercio internacional basado en la cooperación, no en la sumisión. Mientras tanto, la hipocresía de los Bolsonaro quedó al desnudo: para ellos, la patria se vende en la puerta de la Casa Blanca. Y Lula, con su furia popular, los llama por su nombre: traidores.
