Dom. Jul 26th, 2026

Los cien años de Fidel: palabras para el centenario de su natalicio

Jul 26, 2026

En 1961, apenas dos años después del triunfo, cientos de miles de brigadistas, muchos de ellos adolescentes de catorce y quince años, se fueron a los campos, a las montañas, a los rincones más apartados de la isla, con un candil, una hamaca y una cartilla, a enseñar a leer y a escribir a un millón de cubanos que hasta entonces no habían tenido esa oportunidad. En diez meses, Cuba erradicó el analfabetismo. No lo redujo. Lo erradicó. Y lo hizo un país que, cuarenta años antes, tenía los mismos niveles de miseria educativa que buena parte de nuestro continente. La UNESCO lo reconoció entonces, y lo sigue citando hoy como uno de los procesos de alfabetización más exitosos y más rápidos del siglo veinte.

Por Daniel Jadue

Compañeras, compañeros, hermanos y hermanas de esta patria grande que no cabe en ninguna frontera:

Cien años en el horizonte de nuestras vidas puede parecer una eternidad. Pero en la historia de los pueblos cien años es apenas lo que un segundo en un día. Hace cien años, el 13 de agosto de 1926, nació en Birán, en el oriente de Cuba, en el seno de una familia de terratenientes, un niño al que nadie, ni siquiera su propio padre, hubiera podido imaginar convertido en la piedra en el zapato del imperio más poderoso de la historia de la humanidad. Y sin embargo así fue. Así fue, y así sigue siendo, cien años después, cuando el mismo imperio que no pudo derrotarlo en vida sigue gastando energías, decretos y amenazas contra el país que él ayudó a parir.

No vengo aquí a contarles la vida de un santo. Fidel no lo hubiera querido así, y quien lo convierte en estampita, en icono de camiseta vaciado de contenido, le hace un flaco favor a su memoria. Vengo a hablarles de un proceso, de un pueblo, y de las lecciones que ese pueblo nos sigue dando, sesenta y siete años después de aquel primero de enero en que un puñado de guerrilleros bajó de la Sierra Maestra para cambiarle la historia no solo a Cuba, sino a este continente entero.

I. Lo que se construyó

Empecemos por lo que se construyó, porque a la Revolución Cubana se le ha querido reducir, durante décadas, a un catálogo de carencias. Que si las colas, que si el apagón, que si la balsa. Y nosotros, los que miramos la historia con honestidad, no vamos a negar que hay dificultades, las hay, y hablaremos de ellas con la misma franqueza con que Fidel exigía hablar. Pero antes hay que decir, con la frente en alto, lo que ese pueblo pequeño construyó bajo el bloqueo más largo y más cruel que registra la historia de la humanidad.

En 1961, apenas dos años después del triunfo, cientos de miles de brigadistas, muchos de ellos adolescentes de catorce y quince años, se fueron a los campos, a las montañas, a los rincones más apartados de la isla, con un candil, una hamaca y una cartilla, a enseñar a leer y a escribir a un millón de cubanos que hasta entonces no habían tenido esa oportunidad. En diez meses, Cuba erradicó el analfabetismo. No lo redujo. Lo erradicó. Y lo hizo un país que, cuarenta años antes, tenía los mismos niveles de miseria educativa que buena parte de nuestro continente. La UNESCO lo reconoció entonces, y lo sigue citando hoy como uno de los procesos de alfabetización más exitosos y más rápidos del siglo veinte.

Ese mismo año, 1961, la Revolución tuvo que defenderse con las armas. En Playa Girón, en la Bahía de Cochinos, una fuerza mercenaria organizada, financiada y armada por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos desembarcó con la intención de destruir el proceso revolucionario en menos de setenta y dos horas. Y en menos de setenta y dos horas, efectivamente, esa invasión fue derrotada, no por un ejército profesional de potencia mundial, sino por milicias populares recién formadas, por campesinos con fusiles que apenas sabían usar, por un pueblo que decidió que no iba a permitir que le devolvieran, a sangre y fuego, el país que acababan de arrebatarle a Batista. Fue la primera derrota militar del imperialismo norteamericano en este continente, y ocurrió a noventa millas de sus costas.

Un año después, en octubre de 1962, el mundo entero contuvo la respiración durante trece días en los que Cuba estuvo, literalmente, en el centro de la posibilidad de una guerra nuclear. La Crisis de los Misiles, la Crisis de Octubre como la llamamos nosotros, puso a prueba algo que pocos pueblos pequeños han tenido que probar en la historia moderna, la disposición a sostenerse firmes bajo la amenaza directa de aniquilación total. Cuba no cedió. Y de esa crisis salió fortalecida una convicción que atravesó toda la Revolución hasta el último día de vida de Fidel, que la soberanía no se negocia a cambio de tranquilidad.

De esa misma vocación de resistencia nació un sistema de salud que, pese al bloqueo, pese a la falta de insumos básicos que ese mismo bloqueo provoca deliberadamente, formó más médicos por habitante que casi cualquier país del mundo. Cuba creó la Escuela Latinoamericana de Medicina, el ELAM, que ha formado gratuitamente a decenas de miles de médicos provenientes de los barrios más pobres de este continente, de Asia y de África, jóvenes que jamás hubieran podido pagar una carrera de medicina en sus propios países, y que hoy atienden a sus propias comunidades. Y Cuba envió, gratuitamente, brigadas médicas a atender a los pueblos más pobres del planeta. Cuando un terremoto sacudía Pakistán en 2005, ahí estaba la brigada médica cubana, en las montañas, donde ningún otro país había llegado. Cuando el ébola devastaba a Sierra Leona y a Liberia en 2014, y los países ricos cerraban sus fronteras por miedo al contagio, Cuba mandó a más de doscientos profesionales de la salud a plantarle cara a la epidemia, sin cobrar un centavo por ese gesto de humanidad. Eso no lo dice la propaganda de La Habana. Lo dice la propia Organización Mundial de la Salud, que reconoció públicamente esa contribución como ejemplo para el planeta entero.

Y cuando llegó la pandemia de covid-19, y el mundo entero dependía de que las grandes farmacéuticas de los países ricos quisieran, o no, compartir sus vacunas, Cuba hizo algo que ningún otro país de renta media del planeta logró hacer, desarrolló sus propias vacunas, Soberana y Abdala, con ciencia cubana, con investigadores formados en Cuba, bajo el mismo bloqueo que le impide comprar hasta una jeringa en el mercado estadounidense. Y no solo vacunó a su propia población, la ofreció a otros países del Sur global que tampoco tenían acceso a las vacunas de las grandes potencias.

Hablemos también, porque a veces se nos olvida, del internacionalismo que le costó sangre cubana en tierra ajena por causas que bajo la mirada eoista del sistema capitalista, podrían haber sido consideradas como impropias, pero que bajo la mirada socialista sí lo eran, porque la libertad de un pueblo negro en Angola o en Namibia era, para Fidel, la misma causa que la libertad de un pueblo negro en La Habana o de un pueblo arabe en en Palestina. Decenas de miles de cubanos combatieron en Angola contra el apartheid sudafricano, en una campaña que se prolongó más de una década, y en la batalla de Cuito Cuanavale, en 1988, el propio Nelson Mandela reconoció como decisiva para el fin del régimen racista en Sudáfrica y para la independencia de Namibia. Mandela lo dijo con esas palabras exactas, en su primera visita a Cuba tras salir de prisión, que los internacionalistas cubanos habían hecho más por la liberación de África que cualquier otro pueblo del planeta, y que jamás olvidaría esa deuda. Ese es el tamaño de lo que estamos conmemorando hoy.

Y hay un dato que quiero dejarles muy claro, porque a veces se discute en abstracto y conviene bajarlo a números concretos. Cuba, un país bloqueado durante más de sesenta años, sin acceso normal a créditos internacionales, sin poder comprar en el mercado más grande del planeta, logró durante décadas indicadores de mortalidad infantil comparables, y en muchos años mejores, que los de Estados Unidos, el país que la bloquea. Logró una esperanza de vida al nacer que compite con la de las economías más ricas del mundo. Eso no es propaganda, son cifras que organismos internacionales independientes, no controlados por La Habana, han verificado una y otra vez. Y quiero que lo piensen bien, compañeros, porque no es un logro cualquiera, es la demostración práctica, sostenida durante más de medio siglo, de que otro modelo de desarrollo es posible, uno que no mida el éxito de un país solamente por el tamaño de su producto interno bruto, sino por la salud, la educación y la dignidad concreta de su gente.

Todo esto, compañeros y compañeras, no se hizo en condiciones normales. Se hizo bajo el bloqueo económico, comercial y financiero más prolongado que registra la historia contemporánea, un cerco que Naciones Unidas ha condenado año tras año, durante más de tres décadas consecutivas, con el voto casi unánime del planeta entero, y que Estados Unidos ha ignorado sistemáticamente, como ignora todo lo que no le conviene escuchar. Y se hizo también resistiendo el golpe brutal de 1991, cuando cayó la Unión Soviética y Cuba perdió, de la noche a la mañana, más del ochenta por ciento de su comercio exterior. Ese fue el llamado Período Especial, años de apagones de doce horas diarias, de bicicletas chinas repartidas por millones porque no había combustible, de hambre real en muchas mesas cubanas. Y aun así, compañeros, aun en ese momento límite, Cuba no cerró una sola escuela, no cerró un solo hospital, no privatizó la salud ni la educación para sobrevivir, como sí lo hicieron tantos gobiernos de este continente frente a crisis mucho menores. Como lo hace este gobierno hoy en nuestro país con los recortes, que en el caso de la comuna de Recoleta ya ha significado el cierre de una parte de la atención del consultorio Cristo Vive, de la fundación del mismo nombre, lo que afecta a mas de 10.000 personas de la comuna. Esa decisión de Cuba, tomada en el peor momento económico de la Revolución, dice más sobre las prioridades reales de ese proceso que mil discursos.

Y quiero detenerme un momento en algo que casi nunca se cuenta en las notas de prensa sobre Cuba, la dignidad cotidiana que ese proceso construyó en terrenos que no son solamente la salud o la educación formal. Cuba, una isla de once millones de habitantes, ha ganado a lo largo de su historia olímpica más medallas por habitante que casi cualquier país del planeta, en boxeo, en atletismo, en voleibol, formando a esos atletas en escuelas deportivas gratuitas, abiertas a cualquier niño o niña sin importar el barrio del que viniera. Cuba tiene más orquestas sinfónicas, más escuelas de arte, más ballet nacional, per cápita, que economías diez veces más ricas. Eso no ocurre por generación espontánea. Ocurre porque un Estado decidió, desde el primer día, que la cultura y el deporte no eran un lujo reservado para quien pudiera pagarlos, sino un derecho tan básico como el pan.

Y ocurre también porque Fidel entendió, mucho antes que la mayoría de los dirigentes de su generación, que la batalla contra el imperialismo no se libraba solamente con fusiles, sino con lo que él mismo llamó, en los años finales de su vida activa, la Batalla de Ideas, la disputa por la conciencia, por la formación, por la cultura general de un pueblo que, mientras más supiera, más difícil sería de engañar, de comprar, o de someter con hambre.

II. Lo que Fidel vino a aprender, y a enseñar, en Chile

Quiero traerlos ahora a un momento muy concreto, muy nuestro, muy chileno, porque a veces olvidamos que Fidel no fue solamente el líder de Cuba, fue también un hombre que caminó estas tierras, que habló con nuestros mineros del cobre y del salitre en Chuquicamata y en Pedro de Valdivia, que se sentó a conversar con nuestros estudiantes, con nuestras mujeres, con nuestros curas progresistas, con nuestros militares. En noviembre y diciembre de 1971, Fidel pasó veinticinco días en Chile, invitado por el compañero Presidente Salvador Allende, en plena construcción de la Unidad Popular. Y lo que dijo en esos veinticinco días sigue teniendo, cincuenta y cinco años después, una vigencia que a veces asusta.

En Chuquicamata, frente a los obreros del cobre recién nacionalizado, Fidel no pronunció un discurso solemne y distante. Se puso a preguntar, en público, cuánto cobre se producía, qué reservas quedaban, qué inversión hacía falta para sostener la mina más allá del corto plazo. Y cuando un ingeniero le explicó que la antigua propietaria extranjera había dejado apenas seis meses de reservas minerales preparadas, cuando lo razonable hubiera sido año y medio, Fidel entendió y le hizo entender a todo un país algo esencial, que nacionalizar un recurso no es solamente izar una bandera nueva sobre la misma mina, es heredar también el desgaste, la negligencia y el abandono que el capital extranjero deja atrás cuando sabe que ya no será dueño para siempre.

En el acto de despedida, en el Estadio Nacional, ante decenas de miles de chilenos, Fidel dijo algo que deberíamos tener tallado en la memoria de toda la izquierda de este continente. Dijo que el arma del revolucionario no es la mentira, sino la verdad. Que el revolucionario no puede mentir, porque la mentira es el arma de quien no tiene razón, el arma de quien desprecia al pueblo. Y agregó, con esa fuerza que solo él tenía, que el arma del revolucionario es la razón, es la idea, es el pensamiento, es la conciencia, es la cultura.

Piensen en esto, compañeros, en un mundo saturado de noticias falsas, de algoritmos diseñados para la mentira rentable, de campañas de desprestigio fabricadas en oficinas de Washington y de Miami contra cualquier gobierno o liderazgo que se atreva a levantar la voz. Fidel nos dijo, hace más de medio siglo, que la batalla decisiva no se gana con el engaño sino con el argumento sostenido, con la verdad dicha sin miedo. Esa es una enseñanza que no ha envejecido un solo día.

En ese mismo discurso, Fidel hizo algo que hoy, con la ventaja trágica de conocer lo que vino después, nos eriza la piel. Advirtió que ningún sistema social que se ve amenazado se resigna a desaparecer pacíficamente, que cuando las clases dominantes ven que sus propias instituciones legales empiezan a jugar en su contra, las destruyen ellas mismas, sin ningún respeto por la legalidad que juraron defender. Lo dijo en Chile, en 1971, hablando de un proceso que él mismo calificó de insólito, único en la historia, el intento de construir el socialismo por la vía pacífica, electoral, constitucional. Advirtió también que el desenlace dependería de una batalla concreta, la disputa por las capas medias de la población, esas capas que el fascismo, dijo textualmente, trata de ganarse sembrando el miedo, el chovinismo, la mentira más inverosímil, mientras los revolucionarios solo cuentan con el argumento honesto para disputarlas. Dos años después, el 11 de septiembre de 1973, los tanques rodearon La Moneda y el compañero Allende fue asesinado defendiendo ese mismo proceso que Fidel había venido a estudiar con tanto respeto. La advertencia se cumplió con una precisión que todavía nos duele.

Y hay algo más que Fidel dijo en Chile, y que quiero rescatar, porque conecta directamente con la Cuba de hoy. Habló de la diferencia entre la oligarquía cubana de 1959, que se creía protegida eternamente por Washington y por eso no se preparó para resistir un cambio revolucionario, y la oligarquía chilena de 1971, mucho más organizada, con ciento cincuenta años de tradición institucional propia. Esa distinción nos enseña algo que la izquierda latinoamericana no puede permitirse olvidar nunca, que la fuerza del enemigo no se mide solamente por sus armas, sino por su capacidad de organización, por su paciencia, por su disposición a esperar el momento exacto para golpear. Cuba resiste hace sesenta y siete años, compañeros, no por casualidad, sino porque aprendió, desde el primer día, a organizar esa misma paciencia y esa misma disciplina del lado del pueblo.

No puedo dejar pasar tampoco lo que Fidel dijo en Santiago, en el barrio de San Miguel, cuando le tocó hablar de su compañero de armas, Ernesto Che Guevara. No lo presentó como una escultura de bronce, sino como un hombre de carne y hueso, asmático, terco, capaz de discutir con sus propios compañeros de comando, capaz de errar y de reconocerlo. Y esa manera de hablar del Che, sin idealizarlo hasta volverlo irreal, es la misma manera en que deberíamos hablar hoy de Fidel, un hombre extraordinario, sí, pero un hombre, con las contradicciones y las decisiones difíciles que toda vida dedicada a una causa tan grande necesariamente arrastra.

Y tampoco quiero dejar pasar lo que Fidel dijo en el Estadio Santa Laura, en el único acto de toda esa gira dedicado específicamente a las mujeres chilenas, porque ahí habló de la incorporación de la mujer cubana al trabajo, a la educación, a la vida pública, como condición misma de cualquier proceso que se atreva a llamarse revolucionario. Esa tarea, compañeras, compañeros, sigue inconclusa en Cuba y en todos nuestros países, y sería una falta de honestidad no decirlo en esta misma tribuna.

III. Los desafíos de hoy

Y aquí llegamos al presente, un presente que no me deja mentirles con optimismos fáciles, porque la situación de Cuba hoy, en este mismo 2026 que estamos viviendo, es de una gravedad que merece que hablemos con toda la claridad posible.

Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, en enero de 2025, el bloqueo contra Cuba entró en una fase que analistas serios, no solamente la propaganda cubana, han calificado como de una crueldad sistemática sin precedentes recientes. En mayo de este año, el propio secretario de Estado, Marco Rubio, un hombre que ha construido buena parte de su carrera política sobre el odio a la Revolución Cubana, anunció públicamente nuevas sanciones dirigidas no solo contra funcionarios individuales, sino contra las entidades económicas centrales del Estado cubano, contra su sector energético, su sector minero, su sistema financiero. Cualquier banco, cualquier empresa extranjera que se atreva a operar con esas entidades queda amenazado de exclusión del sistema financiero estadounidense, una forma absolutamente ilegal de extraterritorialidad que castiga no solo a Cuba, sino a terceros países que simplemente quieren comerciar con normalidad.

En enero de este mismo año se impuso, además, un cerco específico al combustible, con aranceles a cualquier país que se atreva a venderle petróleo a Cuba. Y la propia Oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, no un vocero cubano, ha señalado, sin ambigüedad, que esa escasez deliberada de combustible ha comprometido el suministro de alimentos, ha afectado los sistemas de agua potable, ha golpeado directamente el funcionamiento de los hospitales cubanos, esos mismos hospitales que un día mandaron médicos gratis a medio mundo. Y como si la crueldad no fuera ya suficiente, el huracán Melissa azotó la isla en medio de esta asfixia energética, complicando aún más la distribución de ayuda humanitaria en un país que ya no tenía combustible ni para las ambulancias.

Y por si esto fuera poco, compañeros, en febrero de este año el propio Trump, con esa desfachatez y esa idiotez criminal que ya no sorprende a nadie, declaró ante la prensa que su gobierno estaba considerando lo que llamó, textualmente, “una toma amistosa y controlada” de Cuba. Escúchenlo bien, “una toma”, dicho así, con la misma liviandad con que se anuncia la compra de un edificio. Y no quedó en una frase suelta, porque en enero firmó una orden ejecutiva calificando a Cuba como “amenaza inusual y extraordinaria” a la seguridad de Estados Unidos, la misma fórmula jurídica que Washington ha usado históricamente para justificar intervenciones directas. Ese lenguaje, compañeros, es la continuidad de una doctrina que este continente conoce de memoria, la doctrina que ya se aplicó contra Guatemala en 1954, contra República Dominicana en 1965, contra Chile en 1973, contra Granada en 1983, contra Panamá en 1989. La doctrina que dice que nuestros pueblos no tienen derecho a decidir su propio destino si esa decisión incomoda a Washington.

Frente a esto, ¿cuál ha sido la respuesta del gobierno cubano? La misma que Fidel enseñó, firmeza sin negociar bajo presión y sin cambiar el sistema político a cambio de que se levante el bloqueo. Se puede estar de acuerdo o no con cada decisión de las autoridades cubanas actuales, y esa discusión es legítima y necesaria dentro de la propia izquierda, porque Fidel mismo nos enseñó a no callar las debilidades propias por miedo a que el enemigo las use. Pero lo que no se puede es dejar de ver lo que está ocurriendo, un país pequeño, de apenas once millones de habitantes, resistiendo casi solo, con las manos muchas veces vacías, la presión combinada del país más poderoso del planeta, en momentos en que ese mismo país ha demostrado, en otros escenarios recientes de este mismo año, que no tiene reparos en financiar genocidios, alimentar guerras y usar la fuerza militar directa para conseguir lo que quiere.

Y digo casi solo, compañeros, porque tampoco es del todo cierto que Cuba esté aislada. Cada año, en la Asamblea General de Naciones Unidas, más de ciento ochenta países, la inmensa mayoría del planeta, votan a favor de una resolución que exige el fin del bloqueo. Solamente Estados Unidos y, en años recientes, algún aliado ocasional, votan en contra o se abstienen. Esa cifra no es un dato menor, es la prueba de que el aislamiento real no lo sufre Cuba en el concierto de las naciones, lo sufre Washington, cada vez más solo en su obsesión anacrónica contra una isla que nunca ha representado, para nadie con sentido común y honestidad intelectual, ninguna amenaza real a la seguridad de nadie. Y sin embargo, ese aislamiento diplomático de Estados Unidos no se ha traducido, hasta ahora, en la fuerza suficiente para torcerle el brazo a un poder que sigue actuando con total impunidad frente al derecho internacional que dice defender.

IV. Lo que no podemos callar

Y aquí, compañeros, tengo que ser fiel a lo que el propio Fidel exigía, que el revolucionario no miente, ni siquiera quitando de en medio las verdades incómodas de su propio proceso. Porque hablar con honestidad de Cuba no es hablar solamente de sus logros, sino también de lo que sigue doliendo.

Cientos de miles de cubanos, sobre todo jóvenes, han salido de la isla en los últimos años, muchos de ellos en balsas precarias alentados por el mismo verdugo que los afixia, otros por rutas migratorias larguísimas a través de toda nuestra América hasta llegar a la frontera de Estados Unidos. Esa migración no es solamente producto del bloqueo, aunque el bloqueo la agrava de manera criminal, es también producto de un cansancio real, de una generación que no vivió el triunfo de 1959 ni la solidaridad de Girón, y que hoy convive con apagones, con escasez, con salarios que no alcanzan, y que legítimamente busca un futuro distinto. No hacerse cargo de ese cansancio, no escucharlo, sería repetir el mismo error que tantas burocracias cometieron en otros procesos socialistas del siglo pasado, confundir la crítica del pueblo propio con la propaganda del enemigo.

Fidel mismo, en sus últimos años, habló de errores propios, de un modelo económico que necesitaba actualizarse, de una burocracia que a veces asfixiaba la iniciativa que la propia Revolución debía premiar. Esa autocrítica no debilita la memoria de Fidel, la fortalece, porque un pensamiento que no puede corregirse a sí mismo termina convertido en dogma, y Fidel, en Chile, dijo algo clarísimo sobre eso, que ningún sistema social puede pretenderse eterno, que la historia no se detiene ni siquiera para las revoluciones que uno más ama. Por lo mismo hago un llamado a apoyar sin duda, las medidas que ha tomado la dirección política de la revolución y a seguir solidarizando con el pueblo y con el gobierno cubano con todas nuestras fuerzas.

V. Lo que nos toca hacer, aquí y ahora

Entonces, compañeros, la pregunta que nos deja este centenario no es solamente cómo recordamos a Fidel. La pregunta es qué hacemos nosotros, hoy, en Chile, en Argentina, en México, en cada rincón de esta América que él soñó unida para devolver la mano a Cuba.

Fidel nos dejó dicho, en ese mismo Estadio Nacional, que llegarán los tiempos en que todos tengamos la misma ciudadanía latinoamericana, sin perder por eso el amor a nuestra propia tierra, y que ese día llegará cuando hayamos derrotado los nacionalismos estrechos, los chovinismos ridículos que el imperialismo usa para mantenernos divididos, peleando entre hermanos que hablan el mismo idioma. Esa tarea sigue pendiente, y no solo entre los pueblos de Nuestramérica, tambien dentro de la izquierda. Y no se cumple con discursos como este, se cumple con solidaridad concreta, con presión diplomática concreta, con la exigencia clara y sostenida, en cada foro internacional al que tengamos acceso, del fin de un bloqueo que la comunidad internacional entera ha condenado durante más de treinta años consecutivos en la Asamblea General de la ONU.

Se cumple también, y esto Fidel lo dijo con una honestidad que a veces incomoda, reconociendo nuestras propias debilidades. Él mismo advirtió, hablando de Chile, que el enemigo aprende rápido, que se organiza, que no se duerme sobre los laureles, y que la única defensa posible es una izquierda unida, sin sectarismos, capaz de disputar el corazón y la cabeza de las capas medias con argumentos y no con consignas vacías, tampoco maltratándolas o infantilizándolas como muchos suelen hacer hoy con aquella parte de la clase trabajadora que no esta con nosotros porque hace rato que la abandonamos.. Esa lección la seguimos necesitando, quizás hoy más que nunca, en un continente donde la derecha ha aprendido a hablarle a la rabia y a la angustia de la gente con una eficacia que a nosotros, muchas veces, nos ha costado igualar.

Y hay una tarea más concreta todavía, compañeros, que no requiere esperar a que cambien las correlaciones de fuerza mundiales. Cada gobierno de este continente, cada organización social, cada sindicato, tiene hoy la posibilidad de tomar posición pública y sostenida contra el recrudecimiento del bloqueo, de exigirle a su propio parlamento que condene formalmente cualquier intento de intervención militar o de cambio de régimen forzado contra Cuba, de organizar brigadas de solidaridad, de comercio justo, de intercambio médico y educativo que reduzcan, aunque sea en un pequeño margen, el efecto de ese cerco criminal. No hace falta ser gobierno para hacer algo. Cada gesto de solidaridad concreta, por pequeño que parezca, es una grieta más en el muro que Washington quiere construir alrededor de esa isla.

Y hace falta, sobre todo, no permitir que la palabra Cuba se convierta, en boca de nuestros propios adversarios internos, mucho menos en nuestras y nuestros militantes, en sinónimo de fracaso, de miseria, de dictadura sin matices. Esa simplificación, repetida hasta el cansancio por los mismos medios que nunca mencionan el bloqueo, es parte de la misma guerra ideológica que Fidel identificó hace más de medio siglo en este mismo país. Contra esa simplificación no hay mejor arma que la que él mismo nos enseñó, la verdad completa, con sus luces y también con sus sombras, dicha sin miedo y sin medias tintas.

Cierre

Termino, compañeros, como Fidel terminó tantas veces sus palabras en esta misma tierra chilena, con la certeza de que la historia, por más que se demore, por más que retroceda a veces, termina poniendo a cada quien en el lugar que se ganó con su lucha. Cien años después de su nacimiento, el imperio sigue gastando decretos, sanciones y amenazas contra una isla pequeña que se negó, y se sigue negando, a arrodillarse. Eso, compañeros, ya es una victoria, aunque no sea la única que hace falta.

Pensemos por un instante en lo que significa que, cien años después del nacimiento de un hombre, el gobierno más poderoso del planeta siga necesitando dedicarle órdenes ejecutivas, discursos de su secretario de Estado, amenazas veladas de intervención militar. Ningún imperio gasta ese nivel de energía en algo que considera irrelevante o fracasado. Si Cuba fuera, como quieren hacernos creer, un experimento fracasado, un país sin importancia, condenado por sus propios errores al colapso, no haría falta bloquearlo, no haría falta perseguir a cada banco que se atreva a comerciar con ella, no haría falta amenazar con “tomarla”. Se la dejaría, sencillamente, morir sola. Que Washington no pueda darse ese lujo, que necesite seguir invirtiendo poder político, diplomático y económico en asfixiar a una isla de once millones de habitantes, es la confesión más honesta que el propio imperio podría hacer sobre el miedo que ese pequeño país todavía le provoca debido a su propio fracaso imperial.

Y ese miedo, compañeros, no es a un ejército, Cuba no amenaza a nadie con sus fuerzas armadas. Es miedo a un ejemplo. Es miedo a que otros pueblos de este continente miren hacia esa isla y se pregunten por qué, con tan pocos recursos y bajo tanta presión, allá se garantiza gratuitamente lo que aquí, en países infinitamente más ricos, se nos cobra como privilegio, la salud, la educación, un techo. Ese es el verdadero contagio que Washington teme desde 1959, no el de un virus ni el de un misil, sino el contagio de una idea, la idea de que la dignidad de un pueblo no se mide por su producto interno bruto sino por la manera en que trata a su gente más humilde.

Fidel lo dijo con una claridad que no ha perdido ni un gramo de vigencia, que los anacronismos de la historia subsisten mientras los pueblos no tienen fuerza suficiente para cambiarlos, pero que esa falta de fuerza en un momento dado no significa, jamás, que esos anacronismos vayan a ser eternos. El bloqueo es uno de esos anacronismos. Sesenta y tantos años de una política que ha fracasado en su objetivo declarado, que nunca logró doblegar a la Revolución, que solamente ha logrado hacer sufrir a un pueblo entero por decisiones que no le pertenecen a ese pueblo, sino a los gobernantes que eligió libremente. Ese anacronismo caerá. No sabemos cuándo, Fidel mismo nos enseñó a no prometer fechas que no podemos garantizar. Pero caerá, porque ninguna injusticia sostenida durante generaciones ha logrado, en la historia larga de la humanidad, sobrevivir para siempre.

Que el centenario de Fidel no sea nostalgia, entonces. Que no sea un acto de duelo disfrazado de celebración, ni una fecha más en el calendario de la izquierda para repetirnos consignas que ya nos sabemos de memoria. Que sea, como él hubiera querido, una convocatoria concreta a seguir peleando, con la verdad como arma, con la razón como escudo, con la memoria de Girón y de Cuito Cuanavale como recordatorio de que los pueblos pequeños, cuando están unidos y saben lo que defienden, pueden más que los imperios que los subestiman. Y con la certeza, finalmente, de que ningún bloqueo, por cruel que sea, por prolongado que sea, ha logrado nunca, ni logrará jamás, apagar la dignidad de un pueblo que decidió, hace ya cien años y sesenta y siete años, ser libre.

¡Hasta la victoria siempre! ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!

Concepción, 25 de Julio de 2026

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