El lanzamiento del Escudo de las Américas (Shield of the Americas) el 7 de marzo en Miami y la reciente activación de la Fuerza de Tarea Conjunta del Hemisferio Occidental (JTF-WHEM) el 3 de agosto marcan la reconfiguración más profunda de la seguridad hemisférica desde el fin de la Guerra Fría. Bajo la aparente bandera de la lucha contra el narcotráfico, Washington ha montado una coalición militar selectiva que, con la participación de Chile y otros 16 países, busca contener el avance de China y disciplinar a los gobiernos que se resisten al “dominio estadounidense en el hemisferio occidental”. La Doctrina Monroe, resucitada por la administración Trump, ha vuelto a imponer la lógica del “patio trasero” y la sumisión de los Estados latinoamericanos a los designios del Pentágono. La clase trabajadora del continente, una vez más, paga los costos de una guerra que no es suya: la militarización de la seguridad pública, la criminalización de los movimientos sociales y la transferencia de recursos desde la salud y la educación hacia la maquinaria de guerra del imperio.
Por Equipo El despertar
Washington / Miami. El 7 de marzo de 2026, en una fastuosa ceremonia en Doral, Florida, Donald Trump anunció la creación del Escudo de las Américas, una alianza geopolítica que reúne a 17 países de la región bajo el pretexto de combatir el narcotráfico y el “narcoterrorismo”. El Presidente electo de Chile, José Antonio Kast, fue uno de los mandatarios invitados a la cumbre, en un gesto que evidenció el alineamiento de la nueva administración chilena con la estrategia de Washington.
Pero la iniciativa, que ha sido seguida por la activación de la Fuerza de Tarea Conjunta del Hemisferio Occidental el 3 de agosto, no es una mera operación antinarcóticos. Como señala el análisis estratégico de Asimetrics, el Escudo “constituye la reconfiguración más profunda del sistema de seguridad regional en el hemisferio occidental desde el fin de la Guerra Fría”. Su objetivo real es triple: redefinir la arquitectura de seguridad hemisférica, reposicionar la influencia estratégica de Estados Unidos frente al avance de China en la región, y conceptualizar a las organizaciones criminales como amenazas estratégicas, lo que permite ampliar las herramientas militares y de inteligencia para combatirlas.
El regreso de la Doctrina Monroe
El 11 de agosto de 2026, el Departamento de Estado retomó oficialmente la Doctrina Monroe, reivindicándola en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional. El video de presentación del Departamento de Estado culmina con una declaración lapidaria de Trump: “El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado”. Como señala un análisis del IEEE, la administración Trump está “resucitando” una doctrina que ha guiado la política exterior de Estados Unidos desde el siglo XIX, pero con un énfasis renovado en la coerción y la acción unilateral.
El académico Juan Gabriel Tokatlian, en diálogo con Página/12, advierte que el fortalecimiento de la estructura militar estadounidense responde a una estrategia orientada a ampliar las capacidades de Washington para respaldar futuros objetivos geopolíticos en la región. “Si Estados Unidos dice que quiere comprar Groenlandia, anexar Canadá, recuperar el canal de Panamá o quedarse con el petróleo de Venezuela, el lugar de lo militar y de los comandos va a ser decisivo”, afirmó.
La selectividad estratégica: el “club de seguridad” y la fragmentación regional
La nueva arquitectura de seguridad no es inclusiva. El Escudo de las Américas y la Coalición Contra los Cárteles de las Américas, que integran 18 países —incluyendo Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador y Colombia—, dejan fuera a México, Brasil y Colombia en su fase inaugural. Como señala un análisis de Escenario Mundial, la nueva doctrina desplaza la diplomacia normativa “por una arquitectura de seguridad basada en el alineamiento táctico, donde la estabilidad del hemisferio ya no se gestiona en foros comunes, sino a través de nodos de poder que comparten una misma visión”.
El resultado es la formación de un “club de seguridad” de dos velocidades, donde los países aliados obtienen acceso a capacidades de inteligencia y financiamiento militar que antes eran prohibitivas. La selectividad estratégica premia la lealtad política, y la cooperación militar se convierte en el medio para consolidar una red de Estados que funcionan como amortiguadores de los intereses de seguridad nacional estadounidenses.
Las implicancias para Chile: entre la subordinación y la autonomía
El alineamiento del gobierno de Kast con el Escudo de las Américas tiene implicancias profundas para la soberanía chilena. Como advierte Cristián Fuentes en el Foro Permanente de Política Exterior, la estrategia de Washington busca contener el avance de China y forzar a los países de la región a alinearse con uno u otro bloque, al estilo de la Guerra Fría. Chile ya ha firmado un memorándum de entendimiento con Washington para impulsar la exploración de minerales críticos (litio, cobre, tierras raras), y ha anunciado mecanismos de evaluación para inversiones extranjeras que protejan la seguridad nacional.
El desafío para Chile, señala El Radar, será “no quedar fuera de la conversación hemisférica, pero tampoco aceptar sin debate una ampliación automática del rol militar en seguridad interior”. La participación en mecanismos regionales que mezclen defensa, seguridad interior e inteligencia transnacional afecta la discusión sobre fronteras, vigilancia marítima y aérea, y coordinación con vecinos.
La función de clase de la nueva arquitectura de seguridad
Desde una perspectiva marxista, la redefinición de la arquitectura de seguridad hemisférica no es una respuesta a la amenaza del narcotráfico, sino una ofensiva de clase del imperialismo para disciplinar a los países de la región y garantizar el control de sus recursos estratégicos. La Doctrina Monroe, que el Departamento de Estado ha reivindicado con orgullo, es la expresión más cruda de la lógica del “patio trasero”: América Latina como zona de influencia exclusiva de Estados Unidos, donde cualquier intento de autonomía debe ser sofocado.
El Escudo de las Américas y la JTF-WHEM no son herramientas para combatir el crimen organizado, sino instrumentos de control social y militarización. La conceptualización de los cárteles como “amenazas estratégicas” y “amenazas híbridas” permite ampliar el uso de fuerzas militares y de inteligencia no solo contra el narcotráfico, sino contra cualquier movimiento social que cuestione el orden establecido. Como señala el informe de Asimetrics, el cambio doctrinal permite “ampliar las herramientas jurídicas, financieras y operacionales disponibles” para combatir a las organizaciones criminales. Pero esas herramientas también pueden ser utilizadas contra sindicatos, organizaciones indígenas, movimientos estudiantiles y cualquier expresión de resistencia popular.
El costo de esta militarización lo pagan los trabajadores. Los recursos que se destinan a la cooperación militar y a la compra de tecnología de vigilancia son recursos que se sustraen de la salud, la educación y la vivienda. La seguridad hemisférica no es una garantía para la clase trabajadora; es una coartada para profundizar la explotación y el control.
Epílogo: la resistencia como única salida
La redefinición de la arquitectura de seguridad hemisférica no es un fenómeno aislado. Es parte de una ofensiva global del imperialismo que, bajo el liderazgo de Trump, busca restaurar la hegemonía de Estados Unidos en un mundo cada vez más multipolar. La Doctrina Monroe, el Escudo de las Américas y la JTF-WHEM son los pilares de un nuevo orden de seguridad que subordina a América Latina a los intereses del Pentágono y del capital transnacional.
La clase trabajadora del continente no debe dejarse engañar por la retórica de la “lucha contra el narcotráfico”. La verdadera batalla es otra: la defensa de la soberanía, la autonomía y los derechos de los pueblos frente a la embestida del imperio. La única salida no es alinearse con uno u otro bloque, como pretende Washington, sino organizarse para construir una alternativa que ponga la vida de los de abajo por encima de las ganancias de los de arriba. La seguridad hemisférica no se construye con misiles, sino con justicia social.
